Soy parte de esa generación de la izquierda con pretensiones de neo-ilustrada que veía con pesimismo la posibilidad de atestiguar el arribo de un presidente ajeno al PRI. Como una buena parte de la oposición no panista, viví con emoción del ascenso de la candidatura de Vicente Fox en los meses previos a la elección, me inscribí en la corriente del voto útil en su favor en el último tramo de la contienda; y, cual corresponde, celebré la primera alternancia en el Zócalo la noche del 2 de julio del año 2000.

Me identifico con esa vertiente intelectual que ingenuamente dio por hecho que, con la derrota del PRI en el preludio del nuevo siglo y milenio, sobrevendría una nueva era en nuestro país, necesariamente mejor a la del autoritarismo presidencialista, artífice de más de siete décadas de estabilidad política sin desarrollo. Por esa curiosa proclividad humana a confundir los deseos con la realidad, y ante promisorio escenario del bono democrático de la primera alternancia, igual di por el hecho que el cazador de las víboras pintas y las tepocatas sería el arquitecto del nuevo México político.

A la distancia de casi tres sexenios, el desencanto con la alternancia ha tenido efectos pedagógicos en la generalidad de los librepensadores de la izquierda. La magnitud de las disonancias entre la narrativa epopéyica de la transición a la que nos acogimos y el decurso posterior de los acontecimientos es tal que resulta inevitable proceder a una revaloración del significado histórico de la derrota del PRI hace 17 años y, por cierto, de su inopinado comportamiento cívico ante la derrota.

La ilusión óptica que nos atrapó por varios años, sin mayores objeciones de por medio, fue la de un PAN genuinamente opositor, que materializó el ensueño opositor: la derrota del PRI. Liberados del velo de lo iluso, se yergue frente a nosotros el genuino Vicente Fox, el plan “B” de la coalición dominante, para contrapesar el eventual fracaso del plan “A”, el priista Francisco Labastida. Ni duda cabe que la coalición dominante había extraído la lección de los acontecimientos presidenciales de 1988: tener un segundo as bajo la manga, en caso de que el primero entrara en desgracia ante vendavales como el provocado por Cuauhtémoc Cárdenas, so riesgo de la necesidad de incurrir en el uso de remedios grotescos.

En perspectiva histórica, así, más que una innovación, lo que las elecciones del año 2000 pusieron de manifiesto fue una reedición corregida y aumentada de la candidatura del panista Diego Fernández de Cevallos, auspiciada por los Pinos y sincronizada a favor de con la candidatura de Ernesto Zedillo, el plan A de las elecciones de 1994.

A la distancia, la década de la democratización del régimen (1991-2000) devela la parte oculta de la historia: la construcción por parte de la coalición dominante de las bases para encauzar la alternancia presidencial a dos opciones igualmente aceptables: el PRI y el PAN. El cometido estratégico es simple: impedir que candidatos opositores por fuera de éstos alteraran el arreglo plutocrático vigente, sobre todo si se trataba de candidatos de izquierda.

Podría pensarse, muy al estilo de la izquierda romántica, que Vicente Fox iba en serio y con todo por el sendero correcto, pero que en algún momento extravió el camino. Más consistente con las actuales evidencias, sin embargo, resulta la suposición de que jamás abandonó el script que se había trazado: heredar la silla presidencial tal como estaba, administrar las crisis de la mejor manera posible, y sacar el máximo provecho para sí y los suyos.

Jugar con dos cartas bien sincronizadas (el PRI y el PAN) en lugar de hacerlo sólo con una, sin duda, fue una salida innovadora e inteligente. Porque, además, con un entramado electoral mucho menos permisivo al fraude como el construido en la década de los noventa del siglo pasado, resultaba punto menos que suicida poner todos los huevos en la misma canasta.

La primera prueba de fuego para el matrimonio por conveniencia de la coalición de gobierno entre el PRI y el PAN fue con motivo del cambio de estafeta en el año 2000. El reconocimiento por parte del PRI de su derrota, si se abre la mirada, poco o nada tiene que ver con una supuesta vocación democrática; y mucho o todo tiene que ver con que el destinatario de la estafeta es parte del contubernio plutocrático. Consistente con tal enfoque es el comportamiento escandaloso exhibido por Fox y el propio Calderón a favor de la candidatura de Enrique Peña Nieto, su supuesto adversario, de cara a una situación de apremio por la debilidad ostensible de la candidatura de Josefina Vázquez Mota (supuesto Plan A del PAN y Felipe Calderón) y el peligro que representaba la candidatura de AMLO.

El desencuentro, quizás incluso la polaridad irreversible, entre el PAN, liderado por Ricardo Anaya; y el PRI, comandado por EPN, cobra significado como una ruptura de incalculables consecuencias en el brazo político-electoral (prianista) celosamente construido por la plutocracia dominante en el último cuarto de siglo.

No faltarán los juicios apresurados, mucho menos los obtusos, que intenten hacer pasar la ruptura del prianismo como un mentís a la crítica que históricamente les ha endilgado AMLO, de que son lo mismo. Habrá otros todavía más limitados que llevarán las cosas al extremo, colocando el desencuentro entre el PRI y el PAN como prueba de que representan intereses estratégicos opuestos.

Por mi parte, no habiendo debate que eche luz sobre un divorcio en la visión e intereses que ambos partidos representan, advierto de mayor relevancia la pregunta de si la coalición partidocrática estará dispuesta a que sus brazos político-electorales tomen caminos separados, incluso encontrados, en esta coyuntura política de alta incertidumbre; o si, por el contrario, veremos en un plazo bastante corto las huellas de los actos disciplinarios de la coalición dominante en sus rijosos lacayos.

Menos lugar hay a la duda de que mudó el escenario de 2018 y de que los partícipes en la competencia tendrán que ajustar sus cálculos y estrategias en los próximos meses. Todavía es demasiado pronto para pronosticar ganancias y pérdidas netas. Hago votos, eso sí, para que esta disputa dificulte preservar el manto de la impunidad, que es hoy uno de los imperativos más caros para los beneficiarios de la corrupción política.

 

*Analista político

@franbedolla