Por muchas décadas, los encargados de las instituciones y de los gobiernos en el mundo, basaron su mayor desafío social, para incluir a los excluidos, partiendo del hecho de la alfabetización; sin embargo, la pandemia ha recordado que aquellas personas ajenas a las nuevas tecnologías son analfabetas digitales… y algunos probablemente doblemente analfabetas, esto es, doblemente excluidos en África, en muchas partes de Asia y por supuesto en América Latina; aunque también Europa tiene grupos minoritarios de inmigrantes fundamentalmente y varios colectivos vulnerables.

Anualmente la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) publica un documento para monitorear a la educación en el mundo, en el informe GEM 2020 relacionado con la inclusión en la educación “all means all”, en español “todos significa todos”, el organismo aborda que la tasa mundial de alfabetización (86%) indica que 750 millones de adultos en el mundo son analfabetos.

De hecho, remarca que “los analfabetos mayores de 65 años de edad son casi un 40% más numerosos que los jóvenes”, ahora la preocupación pasa porque nuevamente aumente el número de analfabetos jóvenes y se convierta en una generación Covid-19 marcada por el fracaso escolar.

¿Bajo qué criterios? Una pandemia larga, que dificulta la presencia adentro de las aulas en los centros escolares de los alumnos debido al incremento en los casos de contagio que obligue, en primera instancia, al cierre de las escuelas y a continuar los estudios en el hogar; lograrán concluir aquellos con los medios digitales suficientes para mantenerse al día con las clases, los deberes, la entrega de trabajos y los exámenes… en el camino quedarán detrás aquellos que, aunque quieran estudiar, carezcan de los medios digitales para sumarse al resto de sus compañeros.

Segundo, muchos niños están en zonas de pobreza sobre todo en África Subsahariana, en la que persiste la extrema pobreza y otros en Asia en zonas de conflicto civil, guerras o inestabilidades; en el período de 2013 a 2017, hubo más de 12 mil 700 “ataques a centros educativos en diversas partes del mundo” afectando a 21 mil alumnos y educadores.

Hay que añadir otros datos dramáticos con niños, adolescentes y jóvenes inmigrantes solos o en calidad de refugiados con sus progenitores en otros países que no están recibiendo ninguna atención educativa.

Aunados a los problemas endémicos en torno al sector educativo hay prácticas que siguen persistiendo: “Dos países de África siguen prohibiendo la escolarización de las niñas embarazadas; 117 permiten los matrimonios infantiles, mientras que 20 todavía no han ratificado el Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo, que prohíbe el trabajo infantil. En varios países de Europa central y oriental, los niños romaníes son segregados en las

escuelas normales y en Asia, las personas desplazadas, como los rohingya, reciben enseñanza en sistemas educativos paralelos”.

La UNESCO estima que el gasto anual de educación en el mundo es de 4.7 billones de dólares, distribuidos de la siguiente forma: 1) El 65% es gastado por los países de más alto ingreso, es decir, 3 billones de dólares; 2) el 0.5% en países de bajos ingresos, unos 22 mil millones de dólares.

A COLACIÓN

Los gobiernos aportan el 79% del gasto total y los hogares el 20 por ciento. La ayuda a la educación, pese a haber alcanzado un pico en 2016, representa el 12% del gasto total de educación en los países de bajos ingresos y el 2% en países de ingresos medianos bajos. Para atender a las necesidades más básicas de los niños en situaciones de crisis el porcentaje de la educación en la ayuda humanitaria debería multiplicarse por diez.

No hay esa capacidad de respuesta, lo que queda por delante es la capacidad de aprendizaje para corregir lo que, hasta ahora, se venía haciendo mal y que la pandemia ha dejado al descubierto.

Hasta el momento, la UNESCO habla de “una exacerbación de la exclusión” durante la pandemia y cree que “alrededor del 40% de los países de ingresos bajos y medios bajos” no han apoyado a los alumnos desfavorecidos durante el cierre de escuelas.

“Incluso antes de la pandemia, 258 millones de niños y jóvenes estaban totalmente excluidos de la educación, siendo la pobreza el principal obstáculo para su acceso. En los países de ingresos bajos y medios, es tres veces más probable que los adolescentes del 20% más rico de todos los hogares terminen el primer ciclo de enseñanza secundaria que aquellos de los hogares más pobres”, enfatiza el organismo.

Sin duda, el coronavirus podría dejar una generación lastrada de nuevos ninis, jóvenes que ni estudian ni trabajan, socialmente es peligroso porque profundizará las brechas y económicamente se trata de un desperdicio de capacidades importantes.

No estamos para ello, hay que estructurar un nuevo modelo educativo más acorde para las necesidades reales del mundo del siglo XXI, hay que dar sí o sí las herramientas tecnológicas a todos los educandos son su nueva mochila muy imprescindible.

 

Claudia Luna Palencia