En Estados Unidos las marchas y las manifestaciones de protesta contra atropellos como el asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd superaron el miedo a la pandemia e invadieron 140 ciudades de ese ese país.

No tenía razón de ser la respuesta al exceso de violencia con la que el policía Derek Chauvin sometió a Floyd, presuntamente relacionado con la portación de un billete falso de 200 dólares. El caso se convirtió en uno más de discriminación racial de los que abundan en Estados Unidos.

En México, la muerte del albañil Giovannni López por parte de policías del estado de Jalisco, aparentemente porque se negaba a utilizar cubrebocas, también generó reclamos y marchas.

La semana anterior una adolescente de 16 años que participaba en una marcha en la Ciudad de México fue pateada por oficiales capitalinos, quienes la sometieron a puntapiés mientras se encontraba tirada en el suelo. La muchacha no portaba ni armas ni bombas Molotov o algún otro tipo de explosivo u objeto punzocortante, pero los policías que arremetieron en su contra parecía que estaban exterminando con sus pesadas botas una víbora venenosa.

A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, los actos violentos ocurridos en nuestro país por parte de la autoridad policial reflejan desprecio por las personas de un estrato social bajo y por las mujeres, para colmo jóvenes.

En los tres casos las autoridades civiles correspondientes actuaron contra los efectivos policiales que se sobrepasaron y en todos hay investigación y reclusión de los agentes.

Sin duda que la pandemia, la crisis económica, la inactividad, el desorden en nuestra vida habitual, la amenaza de muerte por contagio de COVID-19, los decesos de personas cercanas o al menos conocidas o de plano desconocidas pero reales han influido en nuestro cambio de conducta y en la alteración de nuestra percepción de la realidad, pero es preciso que los encargados del orden entiendan, comprendan y asimilen que los enemigos no somos quienes transitamos por la calle sin cubrebocas o los que pretendamos hacer pasar por bueno un billete apócrifo o los que andamos en las marchas ciudadanas experimentando la rebeldía de la adolescencia.

Los enemigos, señoras y señores policías, son los narcos, los corruptos, los huachicoleros, los tratantes de personas, los hombres y mujeres que maltratan a sus hijas e hijos, los feminicidas, los que asaltan domicilios o las mataviejitas o los que matan a la vuelta de la esquina por quítame estas pajas.

 

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