Mónica Teresa Müller
Por un extenso lugar sin árboles ni arbustos, caminaba cabizbajo un monje con raída sotana. Vaya a saber uno por qué motivo transitaba bajo esas condiciones.
Llevaba sobre los hombros, de vetustas redondeces, una especie de alforja de tejido indio, según indicaban colores y diseño, más una cantimplora de hueso.
En un momento, la mirada del anciano se fijó en el cielo, sus ojos parecían decir lo que los labios lastimados no podían. Un pájaro errante imaginó que expresaba: “Señor, solo necesito sombra y agua”.
A lo lejos, en el horizonte se veía un bulto que, según el curioso alado, era el caballo del monje vencido por la sed.
El hombre de barba blanca caminaba extenuado, sus pies se arrastraban sobre el terreno con las puntas de los dedos que asomaban desde las sandalias.
De pronto, un felino hambriento se abalanzó sobre el longevo que trató de defenderse con su alforja. En el intento, aquella se rompió y las cuentas de cristal del rosario que guardaba, como por milagro, se aliaron con el sol y enceguecieron al animal, que huyó despavorido.
Entre los enceres que llevaba el monje en la talega, había un collar de semillas que un indio le había regalado. Al cortarse el hilo que las unía, se desparramaron por doquier. Fue en vano que el hombre pretendiera recuperarlas porque, en un instante, se mezclaron con la tierra.
El monje tardó en reponerse, estaba exhausto. Entre sus manos había quedado la cantimplora con unas pocas gotas de agua.
Pensó que había perdido todo. La capilla no sería su nuevo hogar, los niños del pueblo lo aguardarían en vano y su sueño de crear una escuelita como era su proyecto, se desvanecería. Deseaba llegar, pero era imposible. No cumpliría con la promesa de dar su primera misa el Día de Reyes.
Levantó el rosario que estaba a su lado, acarició cada cuenta y entre dientes con la poca fuerza que le quedaba, pidió por todos los que esperaban su llegada. Y el viento, impensado, acaparó en su recorrido a una nube solitaria, que cubrió los rayos dorados y dejó que cayeran de sus entrañas algunas gotas de agua.
El anciano giró la cabeza para ver de nuevo al pájaro que llamara su atención con un canto de melodía excelsa. Observó con sorpresa, que en los lugares donde habían quedado esparcidas las semillas, los árboles mostraban sus copas con frutos, flores multicolores y por supuesto, dejarían en la extensión de terreno, al regresar el sol, frondosa sombra.
El anciano sintió paz. Los árboles lo salvarían, descansaría bajo sus copas y los frutos calmarían la sed y el hambre.
Se arrodilló y al hacerlo vio que, iluminadas entre las nubes, como imágenes premonitorias estaban la capilla, la escuela y junto a él, rodeándolo, los niños del poblado. Era indudable que la Noche de Reyes, le dejaría el mejor regalo: cumplir con lo prometido y sobre todo, con los pequeños que lo aguardaban.













