El 94.3% de las personas en México usa Whatsapp, mientras que el 93.4% se conecta en Facebook. Estamos hablando de las dos redes sociales más populares en nuestro país. No muy detrás están Facebook Messenger e Instagram.

Hace un tiempo recibí un video de un conferencista, al parecer sudamericano, al cual no pude identificar. Contaba la anécdota que le sucedió con su pequeña hija de 10 años al contarle el cuento de Hansel y Gretel. Cuando llega al punto donde los niños se pierden en el bosque, la niña le dice: ¿“Y por qué no le mandaron su ubicación por Whats a sus papás para que los encontraran?”

Y es que apenas en los ochentas – 1980 para la gente joven, no teníamos la más remota idea de lo que era un teléfono inteligente. Cuando hacías una cita con tu novia, por ejemplo, no había necesidad de mandarle tu ubicación en tiempo real para saber si estabas por llegar.

Si viajabas de una ciudad a otra no enviabas un mensaje que habías llegado con bien; si acaso, una llamada telefónica en esos aparatos antiguos, con cable, que había que girar un disco con números u oprimir algunas toscas teclas para marcar.

Sin la aplicación de Google Maps te las tenías que ingeniar para moverte en una ciudad desconocida o pedir el apoyo de la gente del lugar. Ahora, con solo la presión de tus dedos en la pantalla del móvil encuentras un banco para retirar dinero, un lugar con la comida que buscas o el mejor lugar para la fiesta.

¿Se imaginan a Romeo y Julieta con un celular en la mano? No existiría la legendaria tragedia que todos conocemos, un solo mensaje de texto la hubiera evitado: “Voy a tomar algo y fingir que muero. Nos vemos la próxima semana en Verona.”

O a Caperucita Roja enviando un mensaje de alarma a su mamá, a la abuelita y al leñador en cuanto encontró al Lobo en el bosque. Rápidamente se hubiese generado una alerta Amber y la gente del pueblo hubiera ido a localizar a Caperucita.

Recuerdo muy bien la vida sin internet. Después de los discos de vinilo para escuchar música llegaron los cassettes y el necesario reproductor, que lo podías llevar en la mano, o en la bolsa de tu chamarra o con un clip en el cinturón, con tus audífonos – de cable, por supuesto, arreglándotelas para que no se enredara en algo o alguien más.

Cuando los cassettes y las kilométricas cintas pasaron de moda llegaron los discos compactos o CDs, garantizaban mayor fidelidad y durabilidad. En una ocasión, un alumno me obsequió con un CD de Mijares, agradecí mucho el detalle pero…¡yo no tenía un reproductor de CD! Nunca escuché el dichoso disco.

Ahora se acostumbra escuchar música guardada en una memoria USB, de hecho, los estéreos para coche cuentan ya, en su mayoría, con al menos un puerto de entrada. Y no hablemos de Spotify y todas esas aplicaciones que te permiten descargar y escuchar, prácticamente, toda la música del mundo, con millones de canciones en sus listas de reproducción.

Será por la nostalgia o no sé qué, pero les voy a contar un secreto: Aún tengo guardados, en algún rincón de mi hogar, algunos discos de 33 rpm y un centenar de antiguos cassettes. No sé, no me puedo deshacer de ellos.

Cuéntenme, claro, los que lo vivieron, ¿cómo era su vida antes de la era digital? Y para los más jóvenes, platiquen con sus papás, abuelos o tíos de aquellos tiempos. Me gustaría mucho leer sus historias, comentarios y opiniones en el chat de Telegram.

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