Por: Mónica Teresa Müller

 

El sol cabeceaba y, quizá, partía adormecido a su mundo en llamas en el mismo momento en el que un pájaro rezagado aportaba con su aleteo, condimento al silencio.
Las montañas asturianas, de verdores casi atrevidos y entre los que espiaba alguna flor, eran gala para el placer; sus olores se mezclaban con irreverencia a los de las aguas del Cantábrico, que acechaba cercano pronto a dejarse tocar.
El camino en pendiente hacia la Playa de los Cristales, me permitía disfrutar del viento sobre el cuerpo, sentí que me envolvía; pude palpar la llovizna cedida por el mar mientras, un gusto salobre invadió mi saliva. Desde lo alto pude ver la orilla y su entorno. A veces uno se imagina la pequeñez del hombre en el mundo, pero en ese momento la seguridad del sitio me agigantó; sentí firmes a los troncos que hacían de baranda, si bien la realidad era otra. Inspiré profundo el aire del reino de Pelayo y bajé la tierra escalonada.
Cuando llegué, caminé internando mis pies en la arena; los cristales de diversos colores capitalizaron con sus reflejos, en aquél atardecer, la magia del lugar. Eran vidrios adoptados por el mar, modelados a su gusto y en el tiempo, que por causas inexplicables o el capricho de la marea, habían hecho de ese espacio, su pertenencia.
Pensé que la playa era un abrazo amparado por las rocas, que vencían a las olas en su intento de conquista. Entonces jugué con las piedras, lustré los cristales en un intento pueril de recordar a Aladino y allí me quedé, bajo el cielo del Norte y sobre tierra asturiana.
Hasta ese momento desconocía que la playa acuna secretos. Ignoraba que mi destino estaba marcado y que debería consumar un mandato. Suceden cosas inexplicables en el que el tiempo cumple una misión y comprobé que el mar había confabulado con él.
Descubrí que en un recoveco entre las rocas, un cristal mantenía su forma. Me extrañó. La botella brillaba en aquél atardecer, su redondez manejaba las luces del resto de los cristales que se mezclaban con los reflejos de la luminosidad lunar y el titilar de las estrellas. El agua golpeaba los cristales, se chocaban y creaban melodías mágicas.
Me acerqué con cuidado porque podía resbalar. Sentí que estaba bajo el poder de atracción de la botella. Cuando llegué junto al recoveco, un escalofrío escaló mi cuerpo. En un tris, apareció frente a mí la imagen del niño que había visto en la Playa de San Lorenzo y que dejara en la arena junto al mar, un frasco cargado de besos para su padre, un aviador de combate, que el pequeño decía, había quedado en una isla y aguardaba su botella cargada de cariño.
Al acercarme vi un corazón de papel en su interior y no me cupo duda, era la botella que el niño le había confiado al mar.
Decidí que dejaría entre las rocas de San Lorenzo, otro frasco y en su interior, colocaría el mismo corazón con un escrito: “te amo”.