Por: Alejandro Ordóñez

Ocurrió en los años de la pandemia, cuando la gente moría en las calles o en su propia casa y la cantidad de fallecimientos hacía recordar la terrible peste negra que diezmó a la población de Europa en plena Edad Media. Los enfermos luchaban para ser admitidos en las clínicas públicas o privadas, más las instalaciones hospitalarias estaban rebasadas y hasta los servicios funerarios resultaban insuficientes. Así, llegamos al cementerio a una hora poco usual, la noche se nos venía encima, los nubarrones negros presagiaban tormenta.

Había fallecido la amiga de mi infancia, persona muy apreciada en la comunidad; sin embargo, éramos pocos los dolientes pues las autoridades habían advertido sobre el riesgo de participar en actos masivos. El sacerdote repetía con voz cansina su responso; de pronto el cielo empezó a tronar y las nubes a iluminarse fugazmente con relámpagos amenazadores. Se vino la lluvia, nos refugiamos bajo una carpa, la madre de mi amiga explotó en llanto, el granizo golpeaba con fuerza el ataúd metálico y hacía ininteligibles las palabras del padre. Al costado de la fosa donde descansaría mi amiga se veía el túmulo de un funeral reciente, cuya tierra se convertía en un banco de lodo.

Me distraje viendo cómo se deshojaban las coronas. Me sentí mareada cuando se movió la tierra de esa tumba, apreté con fuerza el brazo de otra amiga, para no caerme, estaba equivocada, lo comprendí cuando la descubrí mirando hacia el mismo sitio. Desde lo alto del montículo se desprendió una piedra que rodó hasta topar con mi zapato. Vi el miedo reflejado en su mirada. La tormenta amainó, se hizo el silencio, pronto lo rompieron gemidos provenientes de la tumba contigua, mi amiga se persignó. ¡Jesús!, dijo con voz sobresaltada. Nuestro entierro había terminado, la gente se despedía y corría hacia los autos. Se escuchó un llanto tenue, después un agudo chillido salió del mismo sitio. Mi amiga saltó, clavó sus uñas con fuerza en mi antebrazo. ¡Dios mío, qué es esto! y huyó precipitadamente. Sólo me acompañaban los tres enterradores. No atinaba a moverme, el miedo me paralizaba. Traté de controlarme, algo era cierto, alguien había sido enterrado vivo y ahora reclamaba ayuda a gritos. Podía ignorar su petición de auxilio y alejarme, dejarle morir lentamente, pero no me lo perdonaría nunca. Me acerqué al jefe de los enterradores. ¿Escuchó? -pregunté- Se recargó sobre el zapapico. Ayudémosle, les doy una propina.

Mire güerita, si fuera usted no me metería en asuntos ajenos, no vale la pena, créame. Dupliqué, tripliqué la oferta, sólo uno de ellos, de nombre José, aceptó, los otros dos se retiraron del lugar. La herramienta iba y venía quitando el lodo y al hacerlo los chillidos se escuchaban con mayor claridad. El hombre sudaba copiosamente; yo temblaba sin poderme controlar. Un fuerte chillido nos hizo comprender, lo había lastimado. Cuidadoso introdujo su pala debajo de ese cuerpo, lo arrojó a un costado y el extraño ser, cubierto de lodo, gimió. Arrebaté la botella de agua de don José, lo rocié, se trataba de un gato o los restos de él. Se reanudó una lluvia copiosa, pagué la cantidad convenida, me quité el sacó, cubrí con él al moribundo, lo cargué hasta el auto y lo llevé a casa. Ya ahí calenté leche, se la ofrecí, fue incapaz de beberla y hasta de abrir los ojos. Busqué un gotero, lo alimenté cual si fuera un animal recién nacido. A pesar de su olor y suciedad lo envolví en una toalla y lo acosté a mi lado. Al día siguiente lo llevé con el veterinario. Lo bañó, auscultó, e inyectó alguna vitamina para ayudarlo a reponerse, recibí un impresionante gato negro que al sentirse protegido entre mis brazos abrió sus ojos dorados dejando ver una mirada maligna.

¿Se puede saber de dónde sacaste a este pestilente animal? Le expliqué, tratando de ser paciente. Arrojó los lentes sobre la mesa. ¿Lo hallaste en un panteón, me estás diciendo? ¿Estaba enterrado en una tumba?, qué peligro. ¿No te da miedo? Tiene aspecto feroz. ¿Te has preguntado quién lo enterró, cuántas horas estuvo en la fosa, cómo aguantó el peso de la tierra y sobrevivió a la falta de oxígeno? ¿No te parece extraño? ¿No preferirías dormirlo? No, contesté indignada. Se encogió de hombros, si cambias de opinión búscame, yo no tentaría al diablo, piénsalo. Durante las siguientes dos semanas, mientras el animal buscaba sobrevivir, no ocurrió nada extraordinario. Apenas recuperado exploró el departamento y las cosas cambiaron…

Me reuní con la amiga, testigo de lo ocurrido en la tumba contigua durante el sepelio; cuando supo que era un gato y estaba en mi casa, se sobresaltó. Ni siquiera sabes cuál es su origen, dijo, no puede tratarse de una casualidad, ¿cómo llegó ahí, los enterradores se dieron cuenta y no lo salvaron? Deberías volver al cementerio y preguntar si alguien sabe algo de él. Regresé al panteón, busqué a don José -no lo hallé-, pregunté a los otros dos empleados, dónde podría encontrarlo. Se quitaron el sombrero, se rascaron la cabeza y al fin, con voz apenas audible, contestaron. No sabemos, la misma noche de su servicio, desapareció. Su familia lo busca, no ha podido encontrarlo. Tal vez lo asaltaron para robarle su dinero. ¿Y del gato, qué pueden decirme? ¿A poco lo enterraron vivo, sin darse cuenta?, ¿deseaban deshacerse de él? No güerita, no fuimos nosotros, ¿de veras quiere saber quién es el dueño? Señaló hacia el fondo de la barranca colindante con el camposanto. ¿Ve ese jacal? baje con cuidado, el suelo es resbaloso y está lleno de rocas, encontrará a la bruja Herlinda, tenga cuidado, tiene mucho poder y es peligrosa.

De seguro me habrá visto desde la ventana de su cuchitril, salió a recibirme una anciana de baja estatura, flaca, pelo blanco y miope. ¿Qué se te ofrece, hija? preguntó -arrugando la nariz-. Le expliqué con lujo de detalle lo acontecido, noté su impaciencia. ¿Sacaste al gato, de su tumba? ¿Sabes los trabajos de magia, las potencias que invoqué y los riesgos corridos para llevarlo ahí? ¿Comprendes la gravedad de tu falta? ¡No!, eres incapaz de hacerlo. Liberaste a un espíritu maligno, ese gato es el mismísimo Satán. ¿Lo tienes en tu casa? ¡Qué impertinencia! Lo vas a pagar caro, muchacha. No veo cómo podrás deshacerte de él. ¡Desde luego!, el demonio puede asumir cualquier forma para engañar a sus víctimas. Hoy se aparece en forma de gato; mañana, de perro; de hombre o mujer; de joven o viejo. Llegué devastada al departamento, al entrar descubrí en su mirada un odio infinito, parecía saber de dónde venía y estuviera amenazando con hacerme pagar las consecuencias. -Desapareció por el ventanal, de un salto- Traté de aprovechar su ausencia, controlé mi miedo, cerré rápidamente las ventanas. Comentaba a mi amiga lo ocurrido cuando se fue la luz. Era noche cerrada, localicé a tientas una caja de cerillos, prendí dos candelabros. Tenía los cabellos y los vellos de punta; conforme avanzaba en mi relato percibía -a través del teléfono- cómo le iba ganando el terror a mi amiga. Escuché el ulular del viento, las cortinas se agitaban y golpeaban entre sí, se apagaron las velas, me levanté, fui hasta las ventanas, supuse que el vendaval las habría abierto.

Estaban cerradas, sentí terror. Grité pidiendo ayuda a mi amiga, no me escuchó, la comunicación se había cortado. Volví a prender las velas; sin embargo, tan pronto lo hacía volvían a apagarse. Escuché un ruido extraño, alguien estaba afuera y arañaba la madera, exigiendo entrar. Corrí a mi cuarto, deslicé el seguro, me dejé caer en la cama. Rasguñaban ahora la puerta de mi recámara. Cubrí mi cabeza con la almohada, aun así escuchaba los maullidos feroces. No entendía cómo lo había logrado, estaba dentro de mi casa. Grité, lloré, le pedí se fuera, me dejara en paz; después de todo fui yo quien lo salvó de una muerte segura. Los chillidos del animal cesaron, tomaron su lugar horrendas carcajadas, luego fuertes toquidos exigiendo entrar. Pedí, imploré piedad, hasta quedar dormida.
Me despertó el viento frío, las cortinas se agitaban afuera de las ventanas, como si alguien hubiera utilizado esa ruta para salir de la casa y se las hubiera entrellevado.

Me sentía mareada, estaba desnuda, me dolía el cuerpo. Descubrí una mancha de sangre, en las sábanas blancas, estaba cubierta de araños y mis partes íntimas lucían hinchadas. Sonó el timbre del teléfono, contesté, no pude contener el llanto, mi amiga trataba de calmarme. Voy a tu casa, escuché, no puedes seguir sola, te vienes conmigo al departamento; llamó a un doctor, me dio un calmante, dormí el resto del día, desperté entrada la noche, mi amiga leía cerca de mí; comprendí, vigilaba mi sueño. Me calmé, su presencia bastaba para sentirme protegida. Estábamos sentadas en la sala, de improviso se fue la luz, estábamos a oscuras, temblaba, tenía los pelos de punta y en mi garganta se ahogaba un grito de espanto, prendió unas velas, las flamas se agitaban con el viento y hacían que nuestras sombras crecieran o se hicieran diminutas, lo cual aumentaba mi miedo. Se escucharon tenues rasguños, golpes en la madera, cogió un candelabro, caminó hacia la puerta, antes de abrirla volteó a verme, bajo las flamas de las velas brilló su perversa sonrisa y una mirada siniestra. No temas, escuché, es un viejo amigo, viene por ti.

Ciudad de México, julio de 2023.