Por Dra. Enid Adriana Carrillo Moedano

Recuerdo a mi abuela lavando la ropa. También recuerdo a mi madre, a mis tías, a vecinas y conocidas lavando la ropa. Las recuerdo preocupadas por las pilas de camisas, calcetines y uniformes creciendo como una plaga de entre las habitaciones de la casa. Así, desde niña me enfrenté a la verdad inevitable de que la ropa no se lava sola; con ello, descubrí un mandato aún más cruel: el hecho de que el tema de la ropa era asunto de las mujeres.

La teoría social ha construido explicaciones sofisticadas sobre el trabajo doméstico, pero es hasta que la realidad nos alcanza, que tenemos la capacidad de comprender de qué se trata la desigualdad en la distribución de los trabajos en nuestras familias. Leopoldina Fortunati ha señalado en su libro El arcano de la reproducción (Traficantes de sueños, 2019), que para las mujeres el costo de tener una familia se traduce en una enorme cantidad de trabajo y aislamiento social. Frente a esto, la autora señala las bondades de la tecnología para disminuir la carga de trabajo que enfrentamos las mujeres y personas cuidadoras en nuestro día a día.

Si bien la Revolución Industrial nos regaló la lavadora—ese invento generoso que nos permitiría ahorrar tiempo sin enojar a nadie por la falta de prendas limpias y aromáticas, lista para la vida social— el mandato de género que nos deja a las mujeres como las encargadas de la ropa, nos ha traído muchos dolores de cabeza. El impacto de la lavadora es incuestionable, pues reduce significativamente el tiempo empleado en labores no remuneradas y ayuda a redistribuir la carga de trabajos en la familia. Sin embargo, según datos de la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT, 2019), las mujeres mayores de 12 años en México, dedicamos alrededor de 4.9 horas a la semana lavando ropa en comparación con los hombres, quienes destinan solo dos horas a la misma actividad.

Si a esto le agregamos que para que un hogar tenga acceso a una lavadora, debe tener garantizados los servicios de electricidad, drenaje y agua entubada, la realidad se vuelve más compleja. Con base en INEGI, en nuestro país, existen 11 millones de hogares que no tienen una lavadora, ya sea por falta de estos servicios o por la falta de un ingreso que permita costear un aparato de esta naturaleza, lo que tiene un impacto directo en la carga de trabajo para las mujeres en los hogares mexicanos.

En Hidalgo, el mayor número de hogares con una lavadora se concentra en los municipios más urbanizados: Pachuca (70,678), Mineral de la Reforma (48,522), Tizayuca (36,156), Tulancingo (30,547) y Tula (23,279), pero la cifra se mueve peligrosamente cuando hablamos de áreas no urbanizadas como el caso de Yahualica (467); Eloxochitlán (450), Huazalingo (376) o Xochiatipan (160). Los datos podrían parecer obvios, pues el hecho de tener una lavadora implica tener garantizada la cobertura en tema de infraestructura y la existencia de un salario digno que permita darse el lujo de contar con un aparato que descargue a las mujeres de la ardua tarea de lavar.

Ya lo dicta la teoría y lo confirma la realidad: la innovación tecnológica no será suficiente hasta que se reconozca que lavar la ropa no es un acto de cariño, ni de amor, ni de mandato femenino. Lavar la ropa es trabajo no asalariado que revela el verdadero funcionamiento de la esfera doméstica y la necesidad de políticas públicas que hagan que en todos los hogares pueda existir una lavadora que dote de tiempo libre a las mujeres y que dé autosuficiencia a los otros miembros de la familia para hacerse cargo de su propia ropa y así combatir las desigualdades desde el corazón de nuestras casas.

 

 

*Dra. Enid Adriana Carrillo Moedano
Jefa del Departamento de Edición y Publicaciones*
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