Por: Mónica Teresa Müller
Está escrito en “Balada para un loco”, de los siempre presentes, Piazzola Y Goyeneche, que: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, ¿viste?…”.Buenos Aires, la ciudad que nunca duerme, la que socorre y abraza a los que penan el abandono; la de las calles con jacarandas, que le otorgan una identidad colorida y las avenidas con características propias. Una de las principales es el eje imaginario que nos traslada al Barrio de Palermo: la Avenida Santa Fe.
Muchos edificios marcan las épocas de su apogeo y son huellas digitales de la Avenida como el Edificio Barolo, la imponente Casa del Teatro que luce su cúpula piramidal de estilo azteca y en la vereda sur, la iglesia San Nicolás de Bari. Santa Fe bordea el Jardín Botánico, nos muestra Plaza Italia, donde se levanta la estatua de Giuseppe Garibaldi, donada por los italianos.
Esta tardecita como la de la balada, suma historias, pero una, la que transcurre frente a nosotros, es la que vamos a conocer y sentir.
Si nos agigantáramos, lo veríamos caminar entre el ir y venir de los que no lo ven; entre los pensamientos ajenos a los suyos y que no contemplan lo que le sucede. Mira las vidrieras y se detiene ante ellas para observar los árboles de Navidad, que parecen ser mágicos cuando se encienden y apagan las luces que los adornan.
Le encantan los nacimientos y ahora el pesebre que alberga al niño Jesús; como le ha dicho el Padre Lorenzo, le produce un sentir diferente,
Todo para él es nuevo. Su madre viajó hasta Buenos Aires en busca de algo mejor para su hermanito y para él. Le late el corazón muy fuerte, no quiere ver sufrir a su mamá, no quiere ver que llora y que le conteste cuando le pregunta: “¿Por qué llorás?”, “Nada hijito, una basurita en el ojo, nada más.” Le late fuerte el corazón porque sabe que la noche de fin de año se acerca y en la plaza no hay mesa ni sillas, que los reúna a los tres.
La algarabía de los transeúntes, los abrazos y besos de los que se encuentran en las veredas, conmociona su interior. “¿Por qué no podemos sentir lo mismo, mamita querida?” Piensa mientras el sollozo intenta liberarse.
Observa la estatua de la plaza. El caballo del señor que lo monta, le recuerda al suyo entonces, unas gotas le mojan las mejillas y salan sus labios. El niño camina y ve a su madre junto a la vidriera de una pizzería. La conoce y sabe que no va a pedir, pero no desconoce que no han probado bocado desde la mañana
Llega al semáforo, cruza la avenida y se dirige al local en el que hay gente que come y otros que aguardan sus pedidos junto al mostrador. Chachito no espera. Ingresa a una de las pizzerías conocidas de Buenos Aries, le dice algo al oído a una señora, a la que recién le han servido el menú y señala a su madre. La mujer sonríe, le acaricia la mejilla al tiempo que le hace una seña al mozo y le pregunta al pequeño:
“¿Cómo te llamás?”
–Chachito, señora.
El mozo acude al llamado
La mujer con un gesto le indica que baje la cabeza y le habla al oído. De inmediato el hombre suma otra mesa junto a la que está comiendo la señora.
–Chachito, decile a tu mamá que venga con tu hermanito porque van a cenar conmigo.
Los tres tienen los ojos brillosos y las mejillas húmedas, pero al mismo tiempo, los corazones rebozan de felicidad.
–Señora- le dice el mozo a la mamá – antes de marchar, pasen por el mostrador para retirar el pedido que hice. Vengan cuando necesiten, que mis compañeros, me dijeron, que los van a atender.
En ese momento, se puede escuchar “Balada para un loco”, que pasan en el local. Al tiempo que los fuegos artificiales despiden la Nochevieja y reciben el Año Nuevo.
“Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión
Y a vos te vi tan triste, ¡vení! , ¡volá! , ¡sentí!”














