Han pasado varios años desde que subí, por primera vez, al desván de la casona familiar. No puedo traer detalles a mi mente, ahora, porque quizá se han oscurecido en los laberintos cerebrales pues, en aquél momento, padecí la falta de serenidad que hubiera necesitado.
De todas maneras, a esa primera vez, le sucedieron otras que se acercaron, quizá, a una especie de capricho por descubrir quién era la persona creadora de tales situaciones.
La casa era de dos pisos, un chalet de estilo inglés construido en medio de una jardín rodeado de arbustos, pero en el que no había flores quizá, la de algún yuyo asomaba distraída entre la gramilla; recorriéndolo, descubrí una claraboya a la que no se tenía acceso desde el interior y estaba ubicada en un pequeño balcón de la habitación principal del primer piso.
Mis dieciocho años no necesitaron ayuda mayor que una escalera metálica desplegable, que usaban los albañiles para mejorar la propiedad.
Una tarde, pude ingresar con cierta dificultad e ingresar al lugar gracias a bultos apilados junto al tragaluz. No existía el orden. Los olores dispares del pasado parecían alardear de sus vivencias.
De pronto, un sonido que llegaba desde un rincón, indicó que me acercara.
— ¡Qué tal!- dijo para mi sorpresa.
Reparé en él y me di cuenta de su pequeñez por el número que tenía la etiqueta cosida en la espalda.
Me di cuenta de que las palabras no eran dirigidas a mí porque otra voz, le contestó.
— Estoy deslumbrada porque veo los destellos de la flor que tenés bordada en la pechera.
— ¡Ahh! La flor que me acompaña en éste viaje a la desventura- dijo.
Me pareció una frase humana, que me llevó a presuponer infortunio.
— ¿A la desventura?- inquirió a otra voz-¿qué tiene de desventurado permanecer colgado de una percha tan cómoda?
— Tenés razón, pero no fui hecho para que el polvo me cubra y pasa el tiempo sin acariciar el cuerpo de una mujer.
— Las cosas suceden, dicen, que en un sueño merecido. Pero ¿por qué te dejaron en éste lugar?
— Ella, la pequeña, me trajo una noche. Observa la sal de sus lágrimas marcada en mi falda. No pudo lucirme. De la vidriera al placard, del placard a la cama y de la cama al altillo.
No bien, luego de la compra, me guardó. Al día siguiente y con la delicadeza de sus trece años, acarició mis pliegues; luego de mirarnos en el espejo, me acomodó sobre la cama junto a la suya.
— No entiendo por qué te lamentás si compartiste momentos con ella.
— ¿Momentos? No, solo me llegaron sus profundos quejidos cuando se enteró.
— ¿Se enteró?
— Me había comprado para asistir al cumpleaños de quince de su prima Costanza, que se festejaría en un hotel muy conocido de Buenos Aires, pero la invitación no llegó para ella, pero sí para su hermana Lilian.
— ¿Entonces?
— Entonces la mamá decidió que ninguna de las dos iría a la fiesta.
— Creo que la mamá debería haber llamado a los tíos.
— No, porque estaban enemistados. Cuando Costanza se enteró que si no iba ella tampoco iría Lilian la llamó para invitarla.
— ¡Qué caradura!
— Seguro. La pequeña decidió no ir y le pidió a su mamá que le permitiera asistir a su hermana. Y me depositó aquí. Y vos, que estás hablando desde la penumbra ¿se puede saber quién sos y por qué te escondés?
— Quise conocer la desnudez de lo sucedido y la causa de mi abandono. Estar depositado en el lugar más húmedo y oscuro del desván. Soy el chal que cubriría los hombros de la pequeña en aquella fiesta.
— ¡Para qué me hiciste contar, si sabías! –gritó el vestido.
— Recién conozco la verdad. Permanecí en la casa de Costanza hasta último momento. Por lástima me compraron cuando el llamado y de lástima cubrí los hombros de Lilian, que debería haber decidido igual que la pequeña.
— ¡Ya! Armaron tal confusión para que la dos no fueran.
Oí un ¡Sinvergüenzas! A coro. Yo parecía una momia por la mudez y la ausencia de movimientos. Cuando reaccioné, traté de regresar al jardín. Una nube ocultó a la Luna, el desván quedó a oscuras como mi capacidad de entendimiento. Las voces se desvanecieron entonces, despertó el silencio.