Salió corriendo de su estudio, buscaba ayuda; llamó a su mejor amiga, no contestó el teléfono; envió un mensaje a su hermanastro, la ignoró como era su costumbre; corrió hasta el metro Chilpancingo y en medio del tumulto, se sintió a salvo. Ya no era Ayla Yilmaz de Icaza, la hija del famoso arquitecto; ahora solo era Ayla, sus apellidos no le servían para nada, ni tampoco sus relaciones públicas, su padre había muerto en Estambul durante una reunión de negocios.
La llamada del abogado americano fue para confirmar que todo el capital de su padre estaba embargado debido a sus nexos con el crimen organizado. El mundo de Ayla se derrumbó de un día para otro y con el fueron cayendo las ficciones sobre las que había cimentado su vida. Era necesario dejar la Ciudad de México.
Le quedaba su abuela materna con la que nunca convivió, su padre y su madrastra detestaban a la mujer porque les recordaba el fraude en el que habían vivido. Ayla construyó un mundo basado en las mentiras y en las apariencias y al quedarse en la ruina, todos la abandonaron y se culpaba a sí misma por ahogarse en simulacros, amistades superficiales y mitos de gente infame.
Con sus ahorros logró alquilar un apartamento compartido en una zona modesta de Mérida, Yucatán; ciudad en la que, según el chofer de su padre, vivía su verdadera madre, pero la periodista Blanca de Icaza estaba asilada en un país europeo y era testigo protegido del gobierno español. En Mérida estaba su abuela Martina, dueña de un famoso hostal para artistas.
Los múltiples errores que Ayla cometió en su pasado torturaban a diario sus pensamientos, especialmente cuando se trataba de entablar relaciones humanas, los sufrimientos que le ocasionó el hombre del que siempre estuvo enamorada y que la utilizó para amasar una fortuna a costa de engaños, la deslealtad de su padre y de toda su familia, la convirtieron en una mujer silenciosa y retraída. El error constante fue creer que era valiosa para su propia familia, mismos que la veían con desprecio y la trataban como a una loca.
En la playa de Puerto Progreso escuchó a una pareja de jóvenes hablar de los eventos que se hacían en el hostal Martina ubicado en el zócalo de Mérida. Ayla pensó que tal vez ahí encontraría un trabajo temporal como camarista y así fue, además se ajustaba perfecto para continuar con sus proyectos en el arte. Doña Martina no estaba en México cuando Carmela contrató a Ayla, su encuentro fue seis meses después.
Martina entró a su hostal acompañada de un varón; como era escandalosa y a todos sus empleados los trataba con gran cercanía, de inmediato se percató de la presencia de Ayla.
– Hijita, eres nueva en este lugar, ya lo sé, nos hacía falta una camarera con experiencia internacional como la tuya. Muchas gracias por aceptar la oferta, ésta es tu casa. Carmela ya me contó acerca de ti.
– Gracias a usted señora Martina.
La anciana me observó a los ojos sin parpadear y yo le respondí con una escueta sonrisa. Algo en esa mujer me parecía familiar, no sabía si su voz o su nariz perfecta. Su mirada era profunda y al mismo tiempo aterradora, sus grandes ojos negros tragaban como la oscuridad sin luna. Martina sabía que yo era su nieta, pero yo, lo ignoraba.
Por un error absoluto, entré a limpiar una habitación del hostal cuyo número, en mi lista de asignación estaba borroso. La habitación pertenecía a la periodista Blanca de Icaza, mi madre. La cabeza me dio vueltas, quise huir, negar mis jucios al acusar a mi madre sin conocerla y, sin embargo, esos tropiezos me impactaban más con la realidad como si estuvieran ahí para dar un valor positivo a todas mis equivocaciones, las cuales fueron necesarias para llegar hasta los brazos de mi madre y refugiarme en el sabio regazo de mi abuela.













