El Ser Anónimo no nació, fue ensamblado por el eco de las sirenas que dejaron de sonar. Su hogar estaba en la sombra de los cobertizos vacíos, una herencia silenciosa de la era dorada de las grandes factorías. Creció bajo el peso del mito histórico: la promesa de que el trabajo duro aseguraba el futuro, una mentira que se desmoronó con el cierre de las fábricas y el oportunismo sin rostro de quienes compraron los restos.
El Ser Anónimo aprendió pronto que la vida era una materia de estudio sobre la injusticia. Al buscar trabajo, sentía la discriminación del pobre como un frío punzante. Los nuevos ricos, dueños de los puestos directivos, lo veían con recelo: era un producto del sistema viejo, no de su nuevo orden.
Cuando consiguió un puesto menor, se encontró atrapado en sistemas anacrónicos. La administración usaba reglas burocráticas obsoletas para justificar decisiones puramente egoístas. La hipocresía era total: en los comunicados se hablaba de «valor humano», pero en la práctica, su superior (un hombre o una mujer, daba igual) tejía complots para desviar recursos, castigando a cualquiera que mostrara demasiada eficiencia o conciencia. La violencia laboral en este entorno era sutil: aislamiento, rumores, la negación constante de recursos. Era una violencia a quienes transitan por los cambios, castigando al que no quería ser cómplice.
En su vida personal, el Ser Anónimo replicó la única lógica que conocía: la del contrato. Su relación de pareja era un convenio marital mercantil implícito, una alianza forzada por el miedo a la pobreza heredada. Si el Ser Anónimo tenía el salario más seguro, utilizaba la manipulación para ejercer control sobre el presupuesto o las decisiones domésticas. Si su pareja tenía el capital social o el apoyo emocional indispensable, ejercía la manipulación inversa, usando la dependencia para asegurar su posición.
Esta violencia bidireccional desangraba la estructura familiar. Se miraban a los ojos y veían al otro no como un alma gemela, sino como una póliza de seguro, una víctima más del sistema que los obligaba a anteponer el miedo a la ternura.
Un día, el Ser Anónimo presenció una protesta: un grito de voces no escuchadas contra los abusos. Sintió el impulso de unirse, pero algo lo detuvo, una serie de preguntas punzantes que le nublaron el alma:
«Si la violencia sistémica nos está aplastando a todos, ¿por qué los diferentes feminismos no se entienden con las demandas masculinas, si la fuerza de los hombres es aun la que sostiene el andamiaje del mundo?»
Se preguntó: Si demandamos igualdad absoluta en la oficina, ¿por qué esa exigencia no se extiende a la fundición? ¿Quién cargará el hierro fundido? ¿Quién sigue siendo el principal recurso en la construcción o en las guerras que aseguran las rutas comerciales de estos mismos nuevos ricos?
El Ser Anónimo sintió la amarga hipocresía en ambos lados: la condena al hombre proveedor cuando falla, pero el silencio sobre el precio físico que paga por su fuerza; la justa rabia de las mujeres por la exclusión, pero el aparente desinterés en la cruda exposición al riesgo que sigue siendo predominantemente masculina.
Comprendió que los cotos de poder y los complots habían logrado su objetivo: enfrentar a las víctimas por género y clase. Al final, todos eran peones sacrificados. El Ser Anónimo siguió caminando solo, con el corazón apretado por una verdad pesada: la violencia más cruel no era la que gritaba, sino la que obligaba a cada ser humano a vivir bajo un contrato de miedo.

Griselda Lira “La Tirana”