Por Alejandro Ordóñez
Aux barricades. Consigna anónima francesa. Vientos revolucionarios recorrían Francia, pronto sus calles y caminos se llenaron con los épicos cantos de estamentos hambrientos y vociferantes que exigían: ¡Libertad, igualdad, fraternidad! Luis XVI, Dantón, Marat, Robespierre y miles de ciudadanos más -sin importar el bando- caían víctimas de los excesos, a veces suyos, a menudo ajenos. Atrás habían quedado los años de la Asamblea Nacional, de la Comuna de París y del Comité de Salvación Pública. Francia, la de la Marsellesa, la que escogió como emblema de su vocación libertaria la escarapela azul, blanco y rojo promulgaba su primera constitución republicana y a poco nombraba un directorio como forma de gobierno. Aunque nadie lo imaginara la tentación estaba latente y el Dieciocho Brumario de Napoleón Bonaparte tardaría un suspiro en llegar y de ahí a Notre Dame -París bien vale una misa- sólo se requirió el apoyo de las bayonetas y la simpatía de una buena parte del pueblo que hizo del joven Napoleón, más que un emperador: ¡El salvador de la patria! mientras en lontananza se dibujaba la sombra cruel de la Isla Santa Elena, un viento helado barría Waterloo y en el pantheon de los héroes Gaius Iulius Caesar -el hombre que para salvar a la República Romana se convirtiera en dictador- sonreía socarronamente…
2 Medio siglo después llegaría el autogolpe del presidente francés Luis Felipe Bonaparte, quien se convertiría en “Napoleón III”, lo que daría material para que años después Karl Marx -ah, ese perenne memorioso- parafraseara a Hegel para decirnos que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces: una como tragedia y otra como farsa. Los latinoamericanos lo sabemos bien, a diferencia de un puñado de héroes que nos dieron patria hemos visto brotar aquí o allá, como lo hacen los hongos después de la lluvia, en medio del estiércol, supuestos libertarios, tiranos de opereta, ficticios salvadores de las patrias que en nombre de la vida asesinan a la gente, que en nombre de la libertad la encarcelan, que se enriquecen en nombre de la honestidad e instauran dictaduras para salvar a las democracias de peligros hipotéticos.
Por eso hoy que el fantasma de la bancarrota se asoma a los balcones patrios de la América y muchos de los renegados estamentos se disponen a levantar los inventarios de los bienes nacionales a remate, ahora que la gente pobre se vuelve más pobre y más numerosa, cuando las burguesías criollas se asocian con intereses oscuros -no siempre legítimos-, y las calles se cubren con la sangre o con los cuerpos de ciudadanos, las más de las veces inocentes, convendría no olvidar las enseñanzas de la historia, que nadie se alce en nuestro nombre, ni en nuestra defensa pretenda sorprendernos con un nuevo Dieciocho Brumario. Que nadie se proclame libertario salvador de la patria. Que nadie se ciña a sí mismo la corona de laureles ni proclame su derecho a hacerse del poder por medios ilegítimos. Que ni los poderosos medios de comunicación, coludidos con mendaces sectores de la sociedad basten para ello, que los dueños del gran capital y políticos corruptos venzan la tentación de convertirse en héroes de rotonda y mausoleo, no vaya a ser que el día 3 menos pensado nuestros hijos o nietos tengan que salir a las calles o a los caminos, hambrientos y vociferantes, para exigir un poco de libertad, de pan y de justicia. Sería muy triste que la historia se repitiera, en verdad, no creo que lo merezcamos.
Ciudad de México Noviembre de 2025













