Bajo el cobijo de los encinos de un Jardín Botánico en una famosa casa de estudios en México, se ha perpetrado un espectáculo que haría palidecer de indignación al mismísimo Ricardo Flores Magón y soltar una carcajada biliar a Jonathan Swift. Se celebra el «Día del Pulque», pero no se engañe el lector: no es la fiesta del tlachiquero, ni el alivio del peón tras la jornada bajo el sol de fuego. Es, más bien, una mascarada de la élite académica y sus secuaces, un baile de disfraces al estilo carnaval en el que la miseria histórica se consume como una curiosidad exótica.
Los de arriba y los de abajo.
Asistimos a la canonización del determinismo social. Quienes organizan este festín no ven en el maguey la columna vertebral de una cultura resistente, sino un accesorio para su propio narcisismo y darwinismo social. El organizador, ese personaje que se jacta de poseer bibliotecas de «libros caros» —como si el precio del papel otorgara la nobleza que el espíritu no tiene—, desfila por los senderos del Jardín vestido con los restos de una aristocracia trasnochada, es más, en sus redes presume vestir un atuendo de realeza en terciopelo negro con hilo de oro.
– “Oh, my God! ¨
Es la viva imagen de la hipocresía: beben el «licor de los dioses» mientras desprecian a los hombres de barro que lo sangran. Me recuerda a Shakespeare en Coriolano:
«¿Qué es la ciudad sino la gente?» Pero para estos señores, la ciudad es solo su círculo de espejos, y la gente del campo es apenas un decorado necesario para que su pulque sepa a «autenticidad». Los consentidos, los premios de la estética turística.
– Sblood!
Es olímpicamente hediondo escuchar las frases que emanan de esta hegemonía intelectual. Utilizan el lenguaje como un látigo, perpetuando el racismo que ha asfixiado al pequeño productor durante siglos. Se jactan de su superioridad estética mientras repiten los mismos prejuicios que justificaron el despojo de las tierras. Esa tierra que por cierto, les dio abrigo a sus antepasados. Es el determinismo puro: «ellos nacieron para la azada, nosotros para la crítica gastronómica».
Este ser, que escuda su desprecio tras un apellido inglés y la presunción de sus lecturas costosas, no tiene empacho en peyorizar a la clase agrícola.
– Pobre varón, yo creo ni cuenta se da.
– O se da cuenta, pero goza con la esclavitud de otros, la aprovecha, la usa en su beneficio para que lo adulen.
– Ante tal despliegue de vanidad, el Coro de Aristófanes clamaría con desprecio: «¡Oh, tú, que has lamido la espuma de los libros sagrados y te crees un dios entre los hombres, no eres más que un parásito con sandalias de oro!»
Con la arrogancia de quien se cree dueño de la historia, lanza su máxima de despojo: «Unos corretean la liebre y otros se la almuerzan». Es la confesión cínica del parásito que se regocija en el esfuerzo ajeno, la validación de una estructura donde el campesino pone el alma y el académico se queda con el crédito y la copa, los premios y las fotos.
– O, heavens!
Frente a este cinismo, la verdadera antropología —la que no se arrodilla ante los apellidos ilustres— ha levantado la voz. Claude Lévi-Strauss ya nos advertía que la barbarie no está en el campo, sino en quien califica al otro de «inferior» para sostener su estatus. Asimismo, Franz Boas, el gran demoledor del racismo científico, demostró que el determinismo biológico es solo una muleta para los mediocres con poder. Como diría Arturo Escobar, este «rescate cultural» no es más que una forma de violencia epistémica para colonizar la vida del productor. No es cultura, es extracción.
Dicen leer mucho, pero parecen ignorar que, como escribió el Bardo de Avón en Hamlet:
«Se puede sonreír y sonreír, y ser un villano».
No hay mayor villanía que apropiarse del sudor ajeno para elevar el estatus de una casta que se siente dueña de la verdad por el simple hecho de haber nacido en la comodidad del privilegio.
En este evento, el productor es un fantasma. Se le aplica lo que Eric Wolf denunciaba: se trata a los campesinos como «gente sin historia», meros proveedores de materias primas para que el intelectual luzca su traje de lino. Se le niega el valor de su trabajo mientras se encarece el producto de su esfuerzo en nombre de una sofisticación ficticia.
¿Qué rescatan? Rescatan solo lo que pueden vender; el resto —la pobreza, la falta de agua, la explotación, la burla, los ecocidios— lo dejan enterrado bajo las raíces del maguey y, sobre todo, lo ignoran, lo censuran, lo repudian, no lo invitan a sus eventos porque huele a verdad, suda justicia y no le gustan las apariencias.
¡Grande Flores Magón, la dignidad no se subasta en Jardines Botánicos!













