El pueblo es pequeño y la ruta pasa por el medio. Siempre le ha parecido, que al quedar las casas repartidas, son menos.
Mientras come, examina las montañas, las de verdes que se mezclan como si fueran trazos de un óleo gigante. El sol asoma sus últimos rayos; el aire vivo refresca las rocas, que al costado del camino semejan guardianes ocultos.
Hace pocas horas que ha regresado del viaje y ella ya no estaba. Había notado que los años se multiplicaron en cuestión de días y que la mirada de Fiona mostraba una tristeza, que no podía evitar.
Vaciló. Los jabalíes no tardarían en dejarse ver. Saldrían del bosque entre manzanos que los oculta y, a la vez, les ofrece manjares para ser devorados, mientras buscarán el lugar en el que los nogales dejan caer sus riquezas sonoras.
Luca permanece a un costado del patio. Su cuerpo fornido de mastín, ocupa un lugar especial del que se habían adueñado con su hermana.
El hombre presciente que algo le ocurre. No es el mismo que dejó al partir. Está tirado sobre las baldosas, resguarda la pata que no le permite andar bien.
Una mariposa blanca se posa sobre la cabeza, que le permite andar y revolotear por sobre el pelaje. La noche avanza y trae consigo los perfumes olvidados de las fresas de los macetones y de jazmines que se enroscan en el poste que alimenta de electricidad al condado.
De pronto, como un vendaval aparece Lío, el hijo adoptivo de Luca. Él no entiende de tranquilidad y arremete contra su padre en busca de un juego que no va a suceder.
El hombre acomoda el plato y todo lo que ha utilizado en una bandeja y lo lleva a la casa. El prado guarda silencio al tiempo que el agua del río cercano, parece practicar melodías que se expandan entre los pastos altos del terreno. La inquietud adormece sus garras y trasmuta a un silencio hipnótico.

No bien se despierta, el hombre observa la extensión que rodea la casa.La quietud deja paso a la algarabía de los pájaros que trinan en notas que, quizá por milagro, crean melodías para el disfrute del desayuno.
Un golpeteo en el vidrio de la ventana, alerta al dueño de la vivienda. La ve que la mariposa vuela hasta Luca y regresa para golpear. Le parece un imposible porque con las alas endebles que tiene, es imposible que produzcan ruido cómo el que escucha.
Luca parece dormir y Lío no deja de molestarlo hasta que desiste y marcha y desaparece entre los matorrales. Se nota que está inquieto, más de lo que suele estar.
El hombre se acerca a Luca y como si se dirigiera a un amigo, le habla.
—Luca, sé que la extrañás. Busqué por los lugares a los que suele ir, pero no la encontré. ¿Sabés en dónde podría estar?
Luca lo mira. Otra vez, una mariposa blanca se para en su nariz y camina entre el pelaje, se acerca a sus orejas como si quisiera contarle un secreto.
—Vamos Luca, guiame hasta donde está Fiona…vamos…
—El perro lo vuelve a mirar durante segundos y como si entendiera lo que el hombre le pide, sigue a la mariposa que abandona el lomo del mastín y alza vuelo como si fuera un guía
Luca la sigue y detrás de ellos, el hombre camina por la ruta que los lleva al río.
Cada tanto, el mastín hace un alto, gira la cabeza y mira hacia atrás, como si comprobara que su dueño, está ahí.
El camino se angosta en la subida. El mastín regresa sobre sus pasos, pero la mariposa vuela hacia abajo y cada tanto aletea en el mismo lugar. El hombe presiente que ella lo guia hasta el lugar donde está Fiona. Mira al costado de la ladera, y la vé. Mariposas blancas parecen cuidarla.