La escena fue diferente en Southampton, Inglaterra. Cuatro días después, el 10 de abril, los silbatos del más grande trasatlántico jamás construido anunciaron la partida inaugural del Titanic en lo que fue un día de fiesta para tripulación, pasajeros, familiares, amigos, periodistas y por supuesto para los dueños de la línea White Star, propietaria del barco cuyo lema anunciaba “que ni Dios podía hundirlo”. El trayecto del Titanic sería el inverso del seguido por el Frankfurt, navegaría por el Atlántico hacia el oeste, con destino final en Nueva York, pero en mucho menos tiempo.
Para los pasajeros del Frankfurt, la noche del 14 de abril –que sería fatídica para el Titanic- no parecía ser diferente de las demás: fría, con un poco de viento y un tanto aburrida. Se cumplían ocho días en altamar y todavía faltaban siete. Cerca de la media noche, el telegrafista del barco alemán recibió un mensaje que se repetía sistemáticamente. “Según nos contaba mi papá –narraba don Eugenio- el capitán del Frankfurt recibió el S.O.S del Titanic, ordenó parar las máquinas y cambiar el rumbo para atender al llamado de auxilio. Pero se encontraban aún más lejos que el Carpathia, que estaba a cuatro horas del Titanic.”
El Frankfurt llegó al lugar del desastre en la mañana del 15 de abril cuando el océano tenía horas de haberse tragado al Titanic. El Carpathia había arribado desde las cinco horas y luego de rescatar a los pocos sobrevivientes se retiraba del lugar. En espera de alguna otra señal de vida, el capitán del Frankfurt decidió permanecer en el sitio del hundimiento por cuatro horas. El lugar de la tragedia sería visible sólo algunos momentos más, mientras los restos del naufragio y los propios muertos lo señalaran; luego todo quedaría cubierto por las aguas, tan azules como las de cualquier otro punto de la Tierra.
Para Gustavo y el resto de los pasajeros del Frankfurt, esas cuatro horas debieron ser las más largas e impresionantes de sus vidas. La dantesca escena no era para menos: cuerpos congelados flotando sobre las aguas, zapatos, velices, sombrillas, trozos de madera, algunas sillas, todo inerte. “A ese chamaco de 14 años –recordaba don Eugenio- lo que más le impresionó y siempre contaba, fue haber observado a un hombre perfectamente bien vestido, de smoking, muy elegante, que había logrado llegar a un pequeño témpano de hielo. Estaba sentado y tenía una pistola en la mano: en su rostro se percibía un pequeño hilo de sangre ya congelada que bajaba de una de sus sienes. Había preferido darse un tiro, a morir congelado”.
Un mapa revelador
Con el paso de los años, la tragedia del Titanic se rodeó de un halo de misterio. No pasó mucho tiempo antes de que salieran a la luz libros y revistas con la historia del barco; entrevistas con los sobrevivientes, se proyectaran diversas películas sobre las últimas horas del trasatlántico o se enunciaran teorías acerca de su hundimiento. Durante años varias expediciones científicas fueron enviadas a buscar los restos del Titanic y su informe de resultados siempre arrojaba la misma conclusión: nadie sabía el lugar exacto de la tragedia. Nadie, excepto un mexicano, de Parras, que además de tener una historia fascinante, conservaba una carta de navegación, que marcaba el sitio preciso donde el Titanic dormía el sueño eterno.














