Por: Sydne Mariel Mendoza Mera
Esta semana la visita a China por parte de Estados Unidos de Norteamérica nos muestra una perspectiva cambiante en el panorama internacional, cuando Xi Jinping mencionó la “Trampa de Tucídides” no hacía una referencia histórica sin razón alguna, estaba enviando un mensaje político de enorme profundidad.
Esta expresión proviene de Thucydides, cronista de la Guerra del Peloponeso, quien hace más de dos mil años escribió una frase que continúa haciendo eco a través del tiempo: “Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra” esta frase nos resume que rara vez las potencias atraviesan los cambios de hegemonía sin miedo, y el miedo históricamente suele ser más peligroso que cualquier otra emoción.
Décadas después, el politólogo Graham Allison retomó la observación de Thucydides para formular uno de los marcos teóricos más discutidos de la geopolítica contemporánea “la trampa de Tucídides” misma que permite analizar momentos históricos donde alguna potencia emergente desafía a una dominante y encontrando que en la mayoría de los casos, esta tensión desenlaza en confrontación, aunque más que una profecía inevitable, Allison plantea la existencia de una tensión estructural vinculada al miedo que experimenta la potencia establecida frente al ascenso acelerado de la otra capaz de modificar el orden internacional.
Y es justo este punto donde radica la profundidad del concepto ya que no describe solamente relaciones entre Estados, sino una constante humana, la dificultad de convivir con el desplazamiento del poder y la relativa pérdida de centralidad, ya que ningún imperio se piensa a sí mismo como transitorio, son justamente las hegemonías las que suelen narrarse como orden natural.
Roma se consideraba a sí misma como eterna, el imperio británico se asumía civilizatorio, Estados Unidos de Norteamérica construyó durante décadas la idea del “siglo americano” y esta semana, a modo de discurso diplomático, China nos dice en una línea que el orden comienza a moverse del espacio económico al espacio civilizatorio, donde se incluyen diferentes voces, identidades, tecnologías, centros de cultura y visión de la realidad.
Sin duda, cada desplazamiento y reconfiguración del equilibrio produce ansiedad y nos hace preguntarnos si la humanidad será capaz de atravesar un cambio de era sin convertir al conflicto en destino y al miedo en profecía y si hemos desarrollado la capacidad de convivir en un mundo donde el centro ya no pertenece a un solo actor que domina el tablero.
¡Hasta pronto!












