Era invierno en Buenos Aires. Todos estaban conmocionados por las noticias del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina. Unos minutos antes, Violeta había pasado por el sitio en busca de un lugar para vivir.
La mujer ingresó al edificio con un cartel en la fachada, que indicaba ser una Pensión. Estaba agotada. El abrigo, entrecruzado con lazo al frente, mostraba la delgadez de su figura.
—El cuarto no es grande, pero para vos está piola. La catrera de una plaza contra la pared, te deja lugar para una silla, una mesa y esa especie de placar para guardar las pocas pilchas que traés. Por unos mangos más, te alquilo la pieza con un retrete, pileta y flor para la ducha.- La dueña le mostraba e indicaba cada cosa del espacio que tenía para alquilar.
—Listo. Aquí tiene. Pesos más, pesos menos, no me voy a fijar. Quiero pensar que no me va a chorrear por un cuartucho como éste.
El pelo desteñido la avejentaba y remarcaba las ojeras en el rostro pálido “¡Qué geta, por Dios! Si me ve la yuta seguro me guarda”, pensó al mirarse en el espejo.
Sentada al borde de la cama sobre una manta de flores desteñidas, Violeta observaba cada rincón de la habitación con un sabor indefinido en la boca. Los pensamientos alborotaban el flujo de sus venas hasta el ahogo, el que suelen provocar muchas veces los recuerdos.
“Desaparecieron las épocas del faroleo”, se dijo. El hijo de puta la había arrastrado al fango con el engaño del amor eterno. “Diez años en el bardo por pendeja boluda ¡Dios! ¡Qué tilinga!” La verdad golpeaba feo. La imagen de él se presentaba en todo momento.

Lo había conocido en su barrio del conurbano bonaerense. Algunos lo tenían por un cheto de la Capital y otros por chanta pueblerino.
—Vení, piba, que te presento a un amigo- Y en ese preciso momento, le caló hondo.
Aquella adolescencia solo conocía del amor de las telenovelas y el de las historias de sus compañeras de la escuela para adultos. Violeta no sabía de versos mágicos ni de maldades foráneas.
Su primo, el mismo que se lo había presentado, fue el único que la puso sobre aviso.
— Mira, Viole, te lo presenté, pero no le des bola, el tipo es un fulano que va atrás del levante. Y después del chamuyo se hace el distraído..
Ella no supo en qué momento sus padres aceptaron que se fuera con él a Buenos Aires. La falta de trabajo y la miseria que trae aparejada, muchas veces, actúa de mala consejera. Y cuando ya no se puede recuperar lo perdido, es mejor no enterarse de los porqués.
Un día antes de la partida, su mejor amiga, que vivía en otra ciudad, la llamó por teléfono a la casa de la vecina.
— ¡Sos una amiguita re piola! ¡Te banco a muerte! Mirá las fanfarronas que decían que se iban a voltear al tipo. Está con vos y sin hacer ningún quilombo. Te adoro, Viole – Mariela, su amiga-hermana la había despedido con bombos y platillos.
— No seas boluda, che, que me vas a hacer pelota. No me tildes, que me faltan hacer muchas cosas antes de irme. Haceme caso que soy un vejestorio cuatro años mayor que vos.
— Bueno, ami, no soy mufa. Sabés que te re quiero ¿Me vas a invitar a tu casa?
— Seguro. Y así lo vas a conocer y nos vamos de boliche.

Violeta miraba las paredes del cuarto de la Pensión, sin verlas. “Por Dios, qué fiaca”, murmuró y se acomodó sobre la cama. Debía dejar de ver al hijo de puta hasta en los sueños. Quería no pensar por unos momentos. Oír como presentes palabras del pasado, no le hacía bien, nada bien.
Y cuando estuvo en Buenos Aires con él, la cacheteó la vida. Su primo tenía razón. El “chanta pueblerino” cambió su rol a proxeneta. Y ella, “la piba boluda” que creía en el amor, sobrevivió para el placer de otros hombres y ser moneda de pago por el consumo.
Tenía que buscar algunas cosas del lugar en el que había vivido. Se levantó y salió. Llegó a la casa, tocó timbre y le abrieron.
— Che, qué chambona. No me dijiste que te ibas de aquí. Desapareciste hace dos meses. Hace una semana llamó una tipa que se llama Mariela y dijo que te espera…pará que te lo anoté.- La encargada del cuasi telo buscó y le entregó un papel.
Ante sus ojos apareció otro papel, el que le había dejado él. Eran las palabras que le había dicho:
— ¡Andate! ¡Ya no me servís ni falopeada! Agradecé que todavía podes laburar de yiro y estar con vida.

En la Pensión, Violeta acomodó lo que llevaba en el bolso y prestó atención a lo que había anotado la mujer de donde había vivido; Café Margot, Avenida Boedo 857. 30 de Julio a las 19 horas.
“Justo hoy va a venir”, murmuró. Cinco años habían pasado sin que se comunicaran y ella a escondidas para cuidarla, cuando podía, le dejaba mensajes. Mariela no había dado vistas. “Es una cuentera, no me banco su olvido, vive al pedo”, se repetía una y otra vez.
Reconoció que quizá, que viniera su amiga, era un premio, un mensaje alentador. Estaría en el Café Margot, lista para el abrazo.
No conocía la Avenida Boedo. Solo sabía de sus propias esquinas y sintió bronca. Llegó a la entrada principal del Margot, el de las puertas con bronces lustrados. La ubicaron en la trastienda con sillas y mesas de madera, en donde podrían charlar sin tiempo. La pared de ladrillo con retratos y carteles, vitrinas pobladas de botellas, le llamaron la atención y se sintió acompañada.
Quería a su amiga a pesar de la ausencia. En ese momento se dio cuenta de que eran una copia ante los peligros de la vida. Y sintió miedo. Las palabras de su primo: “Es un busca de minas boludas”, destruía las mejores ideas.
Estaba sentada junto a los ventanales y a las puertas secundarias del café que daban a San Ignacio. Fumaba un pucho, cuando vio a Mariela. Se le nubló la vista. Su amiga no estaba sola. Quiso levantarse y salir corriendo por la Avenida Boedo, pero no pudo. Bajó los párpados y esperó. El pánico la había inmovilizado. “¡La chamuyó, el hijo de puta!”, pensó. Un abrazo fuerte y tibio calmó el temblor de Violeta.
— Tranqui, ami querida. Vinimos con tu primo. Él está en cana.