En los anales de la cinematografía invisible, nadie ha reclamado un trono tan alto como el director babilónico-porteño Adolfo Mitre y su socio, el productor inglés Peregrino Honeycutt. Eran dos monumentos a la soberbia pedestre. Tenían la fusta de Shakespeare para herir los lomos del vulgo y el desprecio de Swift por la condición humana, combinados con una dolencia médica trágica y conveniente: una amnesia selectiva y fulminante que los asaltaba justo cinco minutos antes de proyectar cualquier cortometraje que hubieran financiado con fondos del erario.
—El cine, mi querido Sir Peregrino —decía Mitre, ajustándose un monóculo de carey mientras contemplaba las llanuras de Apan—, no es más que el arte de convencer a un analfabeto de que su caballo es un unicornio, robarle la idea del cuerno y postularla a una beca del fondo estatal para la cultura.
Su método de producción era impecable; eran auténticos proxenetas de la identidad ajena. Llegaron al pueblo de San Juan de las Manzanas precedidos por un séquito de relacionistas públicos que hablaban un dialecto mezcla de francés de la Nouvelle Vague y cháchara mística sacada de los libros de Carlos Castaneda. Convencieron a Don Teódulo, el gallero más temido de la comarca, de que su gallo giro no era un ave de apuesta, sino un «nahual alado» y un guerrero de la «toltequidad consciente».
—Su bicho tiene una muina y un sufrimiento que ya lo quisiera el de la calavera de Shakespeare —le aseguró Honeycutt, un gachupín relamido que andaba de traje de lana en pleno calorón y que era tan arrogante que le soltaba guantadas a los extras si no ponían «cara de película».
Procedieron a filmar El centauro del Maguey, basado en una novela de la hija del terrateniente más afamado de la comarca de Irolo. Reclutaron a los charros más diestros, obligándolos a realizar acrobacias ecuestres ridículas mientras miraban fijamente al vacío para «detener el mundo» y alcanzar el «ensueño chamánico», bajo la promesa de que la obra ganaría el festival estatal. Si algún provinciano osaba cuestionar la trama o el pago de sus jornales, Mitre sacaba una pistola de juguete, le disparaba al sombrero y gritaba con cinismo olímpico:
—¡Silencio, ignorante! ¡Estás interrumpiendo tu camino del guerrero tolteca! ¡El arte es violencia o no es nada!
El día del estreno, en el teatro del pueblo, todo el campo estaba reunido. Las luces se apagaron. Mitre y Honeycutt subieron al escenario con chaquetas de terciopelo (efectivamente, los mismos del Jardín Botánico, ya hablamos de ellos, en algún momento apreciado lector). De pronto, se miraron las manos, miraron la pantalla y parpadearon con genuino horror.
—¿Dónde estamos, Peregrino? —susurró Mitre, pálido. —No tengo la menor idea, Adolfo. ¿Quiénes son estos indios con olor a estiércol? ¿Y por qué hay un gallo en la pantalla pretendiendo volar hacia el «Ixtlán del éxito»?
Sufriendo su amnesia reglamentaria, los cineastas llegaron a la conclusión lógica de que el público los había secuestrado para robarles su genio. Insultaron a los charros, llamándolos «simios hipertrofiados sobre bestias de carga, abusadores de bestias», confiscaron la taquilla «en nombre de la civilización» y huyeron en un carruaje tirado por los mismísimos caballos del rodaje, dejando a Don Teódulo y a su gallo con una profunda crisis de identidad tolteca y un cortometraje sin créditos.
Habiendo escapado de la primera provincia, los dos charlatanes se establecieron en los linderos de Tlaxcala. Como sus mentes eran pizarras en blanco que solo retenían la arrogancia y los vicios de los cazadores de premios, olvidaron el cine y decidieron que eran «chamanes de la antropología líquida» y herederos directos del linaje de Don Juan Matus.
Habían descubierto el pulque. O, mejor dicho, habían descubierto que podían robárselo a los tlachiqueros para vendérselo a una corte de jóvenes pálidos, de barbas enceradas y bicicletas sin frenos, que pagaban fortunas por lo que ellos promocionaban como “Emanación del Águila Sagrada” o “Lactancia del Tonal”.
—Míralos, Adolfo —reía Honeycutt, viendo a los campesinos extraer el aguamiel con su acocote—. Trabajan con la tierra, ergo, no tienen control de su «cuerpo sutil». Son meros vectores de nuestra deconstrucción chamánica. Hemos descubierto para lo que somos llamados en este camino del nahual cinematográfico.
Montaron una carpa de lona blanca que llamaron The Toltec Nagual Experience. Contrataron a relacionistas públicos que explicaban a los hipsters de la capital que el pulque tradicional era «demasiado rústico», por lo que ellos lo habían «purificado energéticamente» mediante pases mágicos y masajes de cuarzo, eventos en casas de cultura olor a pachuli Los charros y galleros del pueblo vecino venían a ver el espectáculo, asombrados de cómo estos dos extranjeros vendían el tarro de baba blanca —que normalmente costaba tres monedas— al precio de un elixir para alcanzar la inmortalidad astral. La diosa de la baba de oso los eligió.
Cuando el viejo tlachiquero, Don Ramón, fue a reclamar que no le habían pagado la materia prima de la última quincena, Mitre lo empujó dentro de una tina de fermentación y declaró:
—Agradece que tu humilde fluido ha sido alineado con los puntos de encaje del universo y con el nuevo alcalde de la cuna de la antropología. Tu dinero está en otra dimensión. Ahora vete, o haré que mi departamento de prensa borre tu existencia de la red.
Para celebrar el éxito, organizaron la gran gala del elíxir. Justo antes de que se sirviera la primera copa, la amnesia golpeó como un rayo.
—¿Qué es esta bazofia espumosa, Honeycutt? ¿Nos quieren envenenar estos bárbaros con sus pócimas de peyote? —¡Es un complot de los brujos locales! —bramó el inglés, volcando las mesas, golpeando a un diseñador gráfico con un bastón y huyendo con las bolsas de dinero, convencidos de que habían sobrevivido a un ataque de hechicería.
Los hilos del destino, que suelen tener un sentido del humor bastante negro, trenzaron los caminos. Los charros estafados de San Juan, los galleros sin Olivier y los tlachiqueros expropiados de su energía sutil se encontraron en una pulquería verdadera: un establecimiento de suelo de aserrín llamado “La Risa del Diablo”.
Allí reinaba una mujer a la que la comarca llamaba, con sagrado temor, La de Pocas Pulgas. La gente no la quería porque era hosca, directa y seca. No era una campirana idílica de postal gubernamental y foros de cultura, ni una «mujer de conocimiento» de libro de bolsillo; era una real punk de pura cepa. Llevaba una chamarra de cuero remachada con corcholatas de cerveza, botas de casquillo para aplastar falsedades y un peinado mohicano color verde nopal. Era la protectora no oficial del pulque real y la peor pesadilla de los hipsters ladrones de identidad que pretendían gentrificar el elixir de los dioses usando cuentos de chamanes de clóset y ferias para justificar sus mercancías racistas.
Mientras los provincianos lloraban sus penas, las puertas de La Risa del Diablo se abrieron de par en par. Entraron Mitre y Honeycutt, vistiendo harapos de seda, todavía huyendo de sus propias sombras amnésicas, seguidos por su séquito de estafadores culturales que intentaban tomar fotos con cámaras análogas para sus blogs de misticismo urbano.
Mitre, viendo el lugar, se subió a una mesa con cinismo olímpico, asumiendo su papel de líder caricaturesco. —¡Atención, populacho! Hemos decidido olvidar nuestros agravios anteriores. Vamos a filmar una obra maestra aquí mismo. Tú, el del gallo, enséñame tu nahual. Y ustedes, ridículos jinetes, prepárense para realizar pases mágicos gratuitos. El cine y nuestro subsidio estatal los redimirán de su aburrida existencia tridimensional.
Un silencio de tumba cayó sobre la pulquería. Los hipsters aplaudieron, creyendo que era un performance conceptual sobre la sabiduría tolteca y la ficción turística a la que estaban acostumbrados. Fue entonces cuando La de Pocas Pulgas, la Badass, se levantó de su banco. El suelo pareció temblar.
—A ver, par de parásitos de la estética y el peyote imaginario —dijo la mujer, su voz sonando como una guitarra distorsionada—. Ya me cansé de ver sus caras de proxenetas culturales robándole las ideas y el sudor a la gente, vendiendo cuentitos de Don Juan para clavarse el presupuesto.
Honeycutt, indignado por la falta de sumisión, levantó su fusta de montar. —¿Quién es esta caricatura de la anarquía? ¡Remuevan a esta mujer de pocas pulgas antes de que ensucie mi encuadre cósmico!
No hubo guardias. La de Pocas Pulgas avanzó. Con un movimiento rápido que hubiera envidiado el mejor charro, esquivó la fusta de Honeycutt, lo tomó del cuello de su camisa de tweed y lo levantó como si fuera un saco de alfalfa.
—¿Tienen amnesia o andan en un viaje astral? —preguntó ella con una sonrisa cáustica y sabia—. No se preocupen, el «punto de encaje» se los acomodo de un chingadazo.
Lo que siguió fue una coreografía de slapstick digna de los dioses del ridículo. La de Pocas Pulgas lanzó a Honeycutt de cabeza dentro del barril de pulque curado de apio. Mitre, horrorizado, intentó sacar su pistola de fogueo, pero Don Teódulo, el gallero, soltó a su giro Olivier, que voló directo a la cara del director, picoteándole el monóculo y la nariz con precisión shakesperiana y furia de nahual verdadero.
Los charros, recobrando el orgullo, usaron sus reatas no para la película de festival, sino para la vida real: lazaron a los relacionistas públicos y a los hipsters del «linaje tolteca» por las piernas, colgándolos de las vigas del techo como piñatas de la gentrificación espiritual.
—¡Esto es un ultraje a la antropología mística! ¡Tengo una beca del gobierno! —gritaba Mitre desde el suelo, mientras La de Pocas Pulgas, la Badass, le vaciaba una jarra de aguamiel de cinco días en la cabeza—. ¡Soy un hacedor de estrellas!
—Aquí la única estrella es la que vas a ver cuando te patee el trasero fuera de mi pueblo —respondió la punk, bandita, calma.
Tomó a Mitre por los tobillos y a Honeycutt por las solapas empapadas y, con la fuerza de quien ha cargado barriles toda su vida, los arrojó por la ventana trasera directamente sobre un camión que transportaba estiércol y nopales con espinas.
Los dos charlatanes se sentaron entre el abono, cubiertos de baba de maguey, apio fermentado y plumas de gallo. Se miraron el uno al otro. Fieles a su destino, la amnesia volvió a atacar.
—Peregrino… ¿este camión de basura es parte del camino del conocimiento? —preguntó Mitre, limpiándose un nopal de la oreja—. Juraría que acabo de ver al Águila devorándonos la conciencia. —Es el aroma del éxito, Adolfo. Creo que acabamos de inventar el neorrealismo rural oloroso. Hay que pedir otro fondo estatal para filmar la secuela. Hablaré con mi padrino, el más guerrero de todos.
Dentro de la pulquería, los charros, los galleros y los tlachiqueros estallaron en una carcajada tan estruendosa, libre y unánime que los cristales de la provincia vibraron. La de Pocas Pulgas pidió una ronda del pulque más fuerte y puro de la casa, brindando por la única verdad que quedaba en el mundo: que no hay mejor comedia que ver a un snob ponerse el saco de su propia miseria humana después de haber sido iluminado por la contundencia de una buena bota de obrero sahagunense.