Dicen que cuando nací, todo el pueblo festejó mi llegada; cuentan también, y es
probable que fabulen con los dichos que florecieron los jardines.
Crecí entre puntillas que engalanaban mis trajes junto a sedas y brocatos, los que
sin querer cumplían la orden de anunciar mi llegada con la melodía de su roce.
Muchas cosas me estaban prohibidas, como entablar relación con la servidumbre.
Debía indicar mis deseos con sólo un gesto, de esa manera correspondía que
obedecieran, sin preguntas ni dudas; jamás pude descubrir cuál era el secreto que
guardaban para poder acertar a cada pensamiento y mirada.
Era difícil que los niños del castillo nos encontráramos a diario, pero las
circunstancias resolvieron mi soledad, conocí a nuevos amigos al recorrer lugares
prohibidos. Los tres niños no pudimos desterrar a la desobediencia, por tal causa,
cada uno descubrió desde su lugar de residencia a los rincones de los laberintos.
Catalina y su hermano Rafael eran sobrinos del mayordomo de mi padre; vivían
en la torre este, opuesta a la mía, pero eso no fue un motivo que impidiera nuestra
relación ilegal.
Mientras yo recibía una educación encuadrada en vistas a mi futuro desempeño
como dama de la Corte, con danzas de salón, modales, idiomas, posturas y
ademanes, ellos, los que se habían convertido en mis amigos, practicaban
reverencias y lisonjas para agradar a sus señores. Sin duda, cada ser humano
nace trayendo consigo un sello que será el que marque su destino, lo he pensado
porque, a pesar de ser hermanos, Catalina y Francisco eran dos seres totalmente
dispares, los mirásemos desde cualquier punto; ella era servil, cuajaba con el
entorno que la había criado; él era idomable y amante del arte.
Poco a poco, las escapadas infantiles por los pasadizos secretos, quedaron atrás
con la velocidad de un pasado no vivido; nuestros encuentros se distanciaron, y
por la ansiedad con que nos extrañábamos, comprendimos que la necesidad de
vernos era veraz, pero a medida que yo crecía me obligaban a realizar más
actividades y el tiempo no me sobraba.
Mi padre era un Noble respetado y querido por toda la Corte, esa imagen había
cobrado firmeza sobre los primeros conceptos que tuve de él; quizá esa fue la
causa por la que no me dí cuenta de su relación con la madre de mis amigos, su
rectitud era opuesta a la realidad. Una tarde, descubrí un pasadizo detrás del
espejo principal de su aposento. Sin pensar, caminé por él hasta un cortinado que
marcaba su final. Cuando oí su voz corrí la tela con cuidado hasta que la claridad
de la habitación me permitiera ver quién era la mujer. Así fue que descubrí a su
amante.
Mis quince años rescataron de entre las imágenes guardadas, aquella en la que
mi madre tenía los ojos enrojecidos durante horas de muchos días. De tantos que
no puedo precisar la cantidad; aquél momento en el que les quité la venda a los
míos y fui testigo del engaño de mi padre, salí de los límites del castillo hasta
llegar al lado del arroyo. La música del agua deslizándose entre las piedras
escondió el sonido de mi llanto que se mezcló con frases que no entendía hasta
ese momento y que habían sido punto de discordia entre mis padres. La luz se
hizo y, muy a pesar de mí, las conversaciones sin sentido tuvieron razón de ser.
Sí, Catalina y Rafael eran hijos de mi padre. Aproveché a llorar hasta que quedé
dormida sobre el pasto húmedo. Recuerdo que la vergüenza jugó con mis
sentimientos y barajó, por un instante, mi vida entre sus manos, solo la figura de
mi madre, su dulzura y el amor traicionado, alimentaron mis fuerzas para seguir en
vistas al futuro.
Los acontecimientos se sucedieron muy rápido; Catalina ingresó al noviciado,
Rafael viajó a Roma para estudiar pintura con un tío de mi familia y yo permanecí
en el pueblo Lombardo con más clases que hasta ese momento.
No quise despedirlos; habían sido mis amigos, pero como hermanastros no quería
saber nada con ellos a la vez que, sin darme cuenta, era la hacedora de una
cicatriz en sus recuerdos. Por supuesto, no sabían la verdad, por ende
interpretaron como desprecio mi ausencia en el momento de sus partidas.
Reconozco que sufrí y que a partir de aquel momento, no tuve amigos verdaderos.
Fueron muchos de esos que me buscaban por quién era y no por lo que era.
Durante los diez años siguientes, viví en una Corte libertina en la que traté de
cuidar mi postura. Catalina quedó en el claustro al que no pensaba abandonar; el
nombre de Rafael paseaba de Corte en Corte y sus cuadros eran señalados como
los mejores de la época.
Los veranos sucedieron a las primaveras y en cada uno de de ellos no me
reencontré con Rafael. Cuando nos vimos, aquél muchacho flacucho y delicado se
había convertido en hombre. Supe que la emoción que sintió al verme, fue cierta;
su boca en mi mano y la dulzura de la mirada, pudieron más que mi recato. Su
acercamiento me produjo una serie de sensaciones que introdujeron en mi interior
una felicidad que me pareció disonante, pero me entregué a ella.
Embriagada por su presencia, permití que invadiera los espacios vacíos por el
tiempo de no verlo. La noche a su lado fue un cerco imperceptible e indiviso entre
el pasado y el presente, y me dejé llevar con la voluntad de negación quebrada
ante su hechizo. Ni el vaivén del coche logró que recuperara la cordura.
Permanecí sentada de espaldas a la oscuridad; estaba frente a él, que
ensimismado manchaba una tela apoyada sobre un atril.
Su mirada violó mis pechos desnudos, mientras mis manos intentaban cubrir el
pubis con la seda del ropaje y mi corazón parecía desparramar su color por todo el
cuerpo. Acaricié el seno izquierdo mientras con la mirada intenté decirle a Rafael,
lo callado. Hubiera querido que mis cabellos rozaran la desnudez de mis hombros,
más la corona de tela se había adueñado de ellos, que peinados hacia ambos
lados marcaban la línea central de mi cabeza. La tela marrón impidió que el
azabache de mis cabellos se uniera con el fondo del cuarto.
Sentada frente al hombre desee ser su mujer, puse fuerza para que mis
pensamientos traspasaran los límites de la mirada. Nada me importaba, solo él y
yo. Por un momento recordé a Catalina, se hubiera horrorizado ante tales
circunstancias entonces, le pedí con mis deseos que rezara por mi alma pecadora.
Cuando finalizó con la pintura del cuadro, quedamos exhaustos. Yo estaba
entumecida por mantener la postura y él, desencajado por el capricho de empezar
y terminar la obra, sin respiro. Una locura que serpenteó por cuerpos y acaparó
nuestras purezas.
El cansancio ganó al desenfreno. Despertamos abrazados y desnudos. Las horas
anteriores nos habían mantenido en una alquimia. Las primeras luces recuperaron
los instantes dejados en suspenso por el cansancio de la noche anterior, lo cierto
fue que nos acariciamos con la desmedida de dos amantes, no hubo partes sin
besar, ni descubrir. Todo era tan fresco y a la vez enloquecedor; me pareció
mentira, pero la hermandad había pasado a segundo plano. El choque interior se
apoderó de mi existencia, no fueron alumbradas palabras que lograran expresar
los sentimientos de los que era víctima. Cuando creí poder asirme de la realidad,
caí en un sopor del que no pude reaccionar. Al despertar, Rafael estaba sentado a
mi lado, una de sus manos acariciaba mi frente y sus ojos me miraban con
tristeza.
— Habeís tenido pesadillas- me dijo- y también habeís hablado. Os he hecho
preguntas y habeís contestado. Os pido perdón por todo y por haber sido, quizá,
responsable de que crearais ideas falsas.
Él habló y habló, pero lo único que escuché fue: “No soy hijo de vuestro padre,
vuestra media hermana es Catalina.”
El cuadro permanece imponente, cada vez que lo observo el fuego se reanima y la
historia palpita desde mi mecedora. Rafael ya no está, pero aún veo entre la
penumbra de mis aposentos, a sus manos dibujando con deleite mi figura,














