{"id":183610,"date":"2022-04-21T19:31:17","date_gmt":"2022-04-22T00:31:17","guid":{"rendered":"https:\/\/sintesis.com.mx\/hidalgo\/?p=183610"},"modified":"2022-04-21T19:31:17","modified_gmt":"2022-04-22T00:31:17","slug":"taches-y-tachones-29","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/sintesis.com.mx\/hidalgo\/2022\/04\/21\/taches-y-tachones-29\/","title":{"rendered":"Taches y tachones"},"content":{"rendered":"<p>Por: Alejandro Ord\u00f3\u00f1ez<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>The long and winding road<br \/>\nthat leads to your door<br \/>\nwill never desappear<br \/>\nI\u2019ve seen that road before<br \/>\n(Paul McCartney)<br \/>\n4. Largo y sinuoso camino<br \/>\nSomos malos -dice la gente-, tenemos pacto con el diablo y traemos la mala suerte a nuestros amos y a quienes se cruzan en nuestro camino. Se nos relaciona con la brujer\u00eda y somos v\u00edctimas de ritos sat\u00e1nicos realizados, a veces, por esa misma gente que nos acusa y olvida algo: somos nocturnos, la luminosidad de los ojos nos permite ver cosas que escapan a otros animales y nos facilita su caza; tambi\u00e9n nos gusta aparearnos por la noche, maullar o chillar como si fu\u00e9ramos ni\u00f1os reci\u00e9n nacidos, o hacer nuevas amistades y hasta pelearnos; los reflejos y la agilidad propia de nuestra raza han hecho crecer un mito: tenemos siete vidas, mas no s\u00e9 si eso sea mentira; en mi caso, a menudo sue\u00f1o cosas que nunca sucedieron o quiz\u00e1s sean reminiscencias de otras vidas. Tal vez ocurra lo mismo con los humanos, pero \u00e9stos tienen mala memoria y eso les impide aprovechar las experiencias de existencias pasadas.<br \/>\nRecuerdo un desfile militar, la gente se agolpa en las aceras para ver marchar a los gallardos hombres de la guerra. Levantan un brazo para saludar al gobernante y un \u00a1Sieg Heil! atronador irrumpe en el espacio; por los altavoces se escucha la hipn\u00f3tica voz del dictador: Somos la raza aria, la raza superior, hecha para conquistar al mundo, y un delirante \u00a1Sieg Heil! \u00a1Sieg Heil! \u00a1Sieg Heil! surge de la muchedumbre. Mi ama, una rubiecita de ojos azules -me lleva en brazos-, al escuchar lo anterior tiembla y abandona precipitadamente el boulevard. Tiempo despu\u00e9s todo es confusi\u00f3n, la gente corre presurosa bajo las \u00f3rdenes imperiosas de los soldados, se escuchan silbatos, una campana y el golpe al cerrarse las puertas de los carros de carga donde estamos hacinados; la m\u00e1quina se pone pesadamente en movimiento y se escucha c\u00f3mo va acelerando su paso sobre los durmientes:<br \/>\nChucu chucu, chucu chucu chucu chucuchucuchucu \u00a1uuuuu!<br \/>\nY una densa nube de humo negro se cuela entre las hendiduras del vag\u00f3n sin ventanas; d\u00edas despu\u00e9s esos espacios ser\u00edan peleados por los hombres que golpeaban hasta a las mujeres, para apropiarse de ellos y respirar por las rendijas tratando de escapar de los nauseabundos olores que nos envuelven, pues en uno de los extremos del vag\u00f3n se acumulan excrementos, orines y hasta los cuerpos de las personas que no soportaron el largo viaje. Luego la llegada a la prisi\u00f3n, uno de los militares se\u00f1ala a algunas personas, de entre esa larga fila, y la gente no sabe qu\u00e9 ser\u00e1 mejor, si ser seleccionado o pasar desapercibido, aunque a los elegidos no los volver\u00edamos a ver. Despu\u00e9s la bienvenida a la barraca, de un nutrido grupo de viejas cadav\u00e9ricas, piojosas, chimuelas, todas con algo en com\u00fan: cosidas en las mangas deshilachadas de sus andrajos, una estrella amarilla. La rubiecita ojiazul no se separa de ti, comprendes que eres su \u00fanica posesi\u00f3n en ese mundo t\u00e9trico e inmundo. De madrugada, cuando todav\u00eda no aclara, las forman y las llevan caminando entre la nieve hasta el sitio de trabajo, de donde s\u00f3lo vuelven poco antes del oscurecer, para recibir una apestosa comida, de nauseabundo sabor. Al ver a la rubiecita tan demacrada y flaca descubres que est\u00e1 muriendo de inanici\u00f3n, decidida a salvarla recuerdas que eres felina, revive tu instinto feroz, sales de cacer\u00eda varias veces por las noches y a cada viaje regresas con comida, a veces liebres, conejos, topos y a menudo ratas, horribles por su aspecto y olor, pero nutritivas, las ancianas de las estrellas amarillas te agradecen y preparan la comida. La rubiecita se resiste a probar, al fin se resigna y acepta -no hay otro alimento-, pasadas las semanas sus mejillas recuperan el tono rosa. Sin propon\u00e9rtelo te has convertido en un miembro importante de esa comuna de las barracas. Una madrugada, el capit\u00e1n forma a las prisioneras, selecciona a algunas, entre ellas a la rubiecita ojiazul y se las lleva, intentas seguirla, las ancianas te detienen, si te descubren te echar\u00e1n a sus perros asesinos y te destazar\u00e1n en segundos. Aguardemos, dice la m\u00e1s vieja, algunas regresan despu\u00e9s de un tiempo, oremos para pedir por su regreso. D\u00edas despu\u00e9s los guardias la llevan sobre una camilla, la sueltan de cualquier forma sobre el helado suelo de la barraca y se largan. Se acercan las mujeres, la suben a un camastro, la cubren, la miman y la obligan a beber algunos sorbos de reanimante consom\u00e9. Lames su mano, abre los ojos, te reconoce, quiere decir algo, s\u00f3lo sale un lamento desgarrador de su garganta y sus ojos se llenan de l\u00e1grimas. Esa misma tarde aparece un joven de uniforme gris, carece de permiso para estar ah\u00ed aunque parece no importarle los riesgos a los que se expone. Saca de su botiqu\u00edn gasas, desinfectantes, medicinas, y la cura, para colmo trae chocolates para la rubiecita, todo un lujo en ese mundo, ella sonr\u00ede y acepta el regalo. Para entonces has aprendido a robar la carne fresca que comen los demoniacos perros que custodian el campo. Llegas con la oscuridad, cuando hacen sus rondas y su campamento est\u00e1 vac\u00edo. Cometes varios errores, primero no descubrir que el l\u00edder de la jaur\u00eda no sali\u00f3; y segundo, escoger el trozo m\u00e1s grande de carne, lo que te impide llegar a la parte superior de la barda, resbalas y caes al lado del sanguinario carnicero. Te atrapa entre sus fauces, agita la cabeza para desmembrarte; t\u00fa, dispuesta a vender cara la vida, destrozas su cara con fieros zarpazos, pero no puedes m\u00e1s; de pronto se incorporan a esa desigual batalla, tres aut\u00e9nticas fieras que con mordiscos, ara\u00f1os y gru\u00f1idos obligan al perro a soltarte. Te alejan de la zona de peligro y uno de ellos corre a avisar a las mujeres, quienes al fin comprenden y van por ti. Ese mismo d\u00eda el jovenzuelo que visita a la rubiecita cose la enorme herida de tu vientre y te salva. Ya recuperada, decides presentarle a la rubiecita ojiazul, a tus compinches; ella, al verlos, les habla con cari\u00f1o y los anima a acercarse, sin importarle sus piojos y la sarna. El primero en animarse es el enorme gato negro, jefe de esa banda de facinerosos. \u00bfC\u00f3mo te llamas, chiquito? Le pregunta. \u00bfNo lo sabes? Te llamar\u00e1s Sombra, y Sombra, el gato abandonado a su suerte, sonr\u00ede, comprende, ahora tiene un hogar, una ama, y un \u00a1nombre! Se acerca el gato dorado, te llamar\u00e1s Allan y el \u00faltimo, el atigrado, para ganar su simpat\u00eda ma\u00falla en distintos tonos, mira nada m\u00e1s qu\u00e9 voz tienes criatura -le dice-, ser\u00e1s Caruso. Y as\u00ed la proveedur\u00eda de la barraca se multiplica por cuatro, pues cuatro valientes cazadores se encargan de llevar carne a la r\u00fastica cocina del barrac\u00f3n.<br \/>\nLas breves visitas del joven se repiten a diario, siempre bajo la mirada vigilante y desconfiada de las del bando de la estrella amarilla que han acogido a la rubiecita como si fuera su propia hija y no permiten a esa relaci\u00f3n cambiar de tono. Una noche llega el joven de la guerra, viene abatido, su tez habitualmente p\u00e1lida luce ahora colorada, de seguro no ha parado de llorar desde hace horas. Al verlo, la rubiecita corre a abrazarlo, se alejan unos metros y poco despu\u00e9s tambi\u00e9n ella llora. Las viejas sabias comprenden todo, recolectan los hilachos con los que se cubren para dormir e improvisan un refugio al pie de los \u00fanicos dos \u00e1rboles del sitio, la jefa de la comunidad llama a la rubia, musita algo en su o\u00eddo y se meten al tejab\u00e1n para dejar sola a la pareja. S\u00f3lo estamos como testigos los de la divisi\u00f3n felina, t\u00fa tambi\u00e9n ordenas abandonar la plaza, lo has dicho antes, los gatos somos muy discretos y no nos gusta entrometernos en asuntos ajenos. A punto de clarear, la pareja se despide en medio de un llanto incesante, varias veces voltea agitando la mano para decir adi\u00f3s, antes de desaparecer para siempre. A pesar de la hora, los oficiales no llegan, la m\u00e1s vieja propone iniciar la marcha, ya las alcanzar\u00e1n cuando lleguen al sitio de trabajo. Te opones, pides a la rubia que aguarden hasta saber lo que ocurre, acceden, se sientan a esperar en los durmientes de las v\u00edas. La compa\u00f1\u00eda de esp\u00edas gatunos parte a investigar qu\u00e9 sucede. Al regreso las hallamos en el mismo sitio, no se han atrevido a moverse por miedo a hacer enojar a sus captores. No hay peligro, les dices, no hay hombres de gris en el campamento, se han ido, vinieron camiones por ellos, s\u00f3lo dejaron enormes fogatas donde arden documentos. V\u00e1monos, huyamos antes de que lleguen los reemplazos, ellas se niegan, temen las represalias. Tu instinto felino te dice que es el momento o no ser\u00e1 nunca, pagaremos caro si no huimos a la brevedad. La m\u00e1s vieja toma la palabra. \u00bfHuir? \u00bfAd\u00f3nde? Si no sabemos ni en qu\u00e9 pa\u00eds estamos, ni en qu\u00e9 sitio, ni qu\u00e9 peligros nos aguardan all\u00e1 afuera, como sea aqu\u00ed tenemos un techo y algunos alimentos para subsistir, si huimos ahora, nos alcanzar\u00e1n tarde o temprano y sus perros asesinos nos desmembrar\u00e1n a\u00fan con vida. Transcurren dos d\u00edas, sin novedad, al hacer los recorridos vemos a lo lejos una caravana de tanques, camiones y ca\u00f1ones, es el temido reemplazo. Deciden aguardar dentro de la barraca. La divisi\u00f3n gatuna se mantiene activa y est\u00e1 al tanto. Se detienen frente a la barraca, preguntan a gritos si hay alguien adentro, ordenan salir en fila, con las manos en alto, cualquier acto de resistencia ser\u00e1 severamente castigado. As\u00ed lo hacen, la tropa, al ver a esos cad\u00e1veres vivientes, a esas mujeres cuyos huesos est\u00e1n pegados a la piel, palidecen y algunos no pueden contener las l\u00e1grimas. \u00bfQu\u00e9 es esto? Grita su general, \u00bfc\u00f3mo fue posible esta infamia? \u00a1Malditos! repite incr\u00e9dulo. Las suben en sus camiones y se pierden por la brecha de terracer\u00eda.<br \/>\nCatedral de San Pablo, cerca del T\u00e1mesis. Deslumbra el fasto de la corona inglesa, su solemnidad, etiqueta, elegancia extrema. La boda del siglo, le dicen. La novia m\u00e1s linda que se recuerde. Carlos de Gales desposa a Diana Spencer, los ciudadanos se agolpan a lo largo del recorrido para ver fugazmente a los novios, la inocencia de la novia los conmueve, la indolencia del novio les indigna y las sonrisas estudiadas y fr\u00edas de sus altezas reales s\u00f3lo merecen el desprecio. Lady Di, como la bautiza el pueblo, -a quien le importa poco que por matrimonio se haya convertido en la princesa de Gales-, la venera; y esa joven considerada en la corte como una advenediza se gana pronto el cari\u00f1o de propios y extra\u00f1os, besa y abraza a ni\u00f1os con sida, ve por los despose\u00eddos y los miserables, acude a los hospitales, consuela a los moribundos y le roba el coraz\u00f3n al pueblo, pronto es conocida como la reina de corazones, mas los cuentos de hadas duran poco y si bien, por cosas de la monarqu\u00eda y de la vida ha dejado de ser princesa, al ciudadano de a pie le vale un comino y aumenta el fervor por ella, hasta que una madrugada, en el T\u00fanel del Alma, en Par\u00eds, sufre un accidente en condiciones extra\u00f1as. Pronto el sitio donde muri\u00f3 se llena de dolientes y de flores, lo sabes porque con tu ama, una rubia de ojos azules, lo has visto. Despu\u00e9s son pocos los recuerdos, el v\u00e9rtigo clavado, la sensaci\u00f3n de pinchazos en todo el cuerpo, gritos de angustia, voces que claman por ayuda, luego una l\u00e1mpara rompe la oscuridad e ilumina tu rostro antes de perderte para siempre y una densa neblina te envuelve.<br \/>\nLlegas al castillo ducal por simple coincidencia o porque as\u00ed lo dispusieron los hados. Abby ofrece un banquete a sus amistades, los comensales disfrutan de una op\u00edpara comida ofrecida en los jardines. Apareces como lo hiciera Venus saliendo de una concha, -la culpa es de Botticelli-, caminas con la majestuosidad y la elegancia de una reina frente a sus s\u00fabditos, Charles, el mayordomo, trata de detenerte, la condesa se lo impide; tu pelambre, reci\u00e9n ba\u00f1ado, luce m\u00e1s blanco, m\u00e1s sedoso y brilla como nunca, traes un delgado collar rojo del que pende un cascabel cuyo sonido atrae las miradas de la gente. Te detienes frente a ella, pides que te cargue, ya en sus brazos buscas su o\u00eddo como si quisieras decirle un secreto, \u00bftal vez se lo dijiste? al fin de la comida los invitados hacen fila para conocerte, aspirar tu perfume y acariciarte; una se\u00f1ora pregunta tu nombre, Abby se descontrola, te ve a los ojos -asientes- Se llama Christie, la gata Christie. Desde entonces comparten el lecho y pronto recuerdan las claves para comunicarse. Due\u00f1a de la situaci\u00f3n te apropias del jard\u00edn, donde ocurre algo que cambiar\u00e1 tu vida para siempre. Est\u00e1s echada sobre el c\u00e9sped esmeralda, de pronto una pandilla de rufianes brinca la barda y se dirige amenazante hacia donde descansas. Se nota que son pandilleros de barrio, truhanes, c\u00ednicos, sinverg\u00fcenzas. Vienen fam\u00e9licos, sarnosos, piojosos, apenas te ven bufan con la fuerza de un tigre, se esponjan y te rodean amenazantes, adelantas tus patas delanteras y descansas el pecho sobre el pasto en se\u00f1al de sumisi\u00f3n, el jefe de la gavilla se acerca, a pesar de sus desgracias y penurias no deja de ser imponente, m\u00e1s que un gato parece una pantera, te incorporas, le das varias vueltas y lo lames a pesar de estar infestado de sarna, hechas las paces los conduces hasta tu plato lleno de croquetas; no les hacen mucha gracia, sin embargo las devoran como vikingos o cosacos, les muestras el saco que contiene el alimento y sin consideraciones ni pedir permiso lo atacan, despu\u00e9s del atrac\u00f3n los llevas a la fuente para que sacien su sed. Satisfechas las fieras, decides presentarles a tu ama, van a su despacho. Entras primero, le explicas la situaci\u00f3n y a continuaci\u00f3n los haces pasar, uno a uno. Primero el jefe de los rufianes, quien se muestra feroz y pendenciero. Abby lo llama, lo carga y acerca su rostro al del felino. \u00bfC\u00f3mo te llamas?, pregunta. El gato lo ignora. \u00a1Sombra!, le dice, eres Sombra, \u00bflo olvidaste? Al o\u00edr ese nombre el gato se estremece, sus ojos brillan de manera especial, como si recordara algo. Le sigue el gato que en sus buenas \u00e9pocas fue dorado y ahora luce pardo por la mugre acumulada. Hola Allan, le dice en tono jovial, bienvenido a casa; luego aparece el miembro que faltaba: Caruso. No me digas que perdiste la voz, canta, del\u00e9itanos y el descarado act\u00faa como si estuviera en la Escala de Mil\u00e1n. La dejas con la redacci\u00f3n de sus columnas period\u00edsticas y conduces a la pandilla al jard\u00edn, ya ah\u00ed hacen un c\u00edrculo y ma\u00fallan amistosos, Sombra te obliga -cari\u00f1oso- a recostarte en el c\u00e9sped; te gira y revisa tu cuerpo, al llegar al vientre se estremece, en sus ojos brillan dos gruesos lagrimones, lame la cicatriz, en toda su extensi\u00f3n, llama a sus compinches, te huelen, como si de pronto te reconocieran mueven la cabeza, al mirar tu vientre chillan, te abrazan y lamen tu cuerpo.<br \/>\nPodr\u00eda decir que ah\u00ed termina esta historia, pero he de a\u00f1adir algo. La condesa es una mujer p\u00fadica cuyo recato va m\u00e1s all\u00e1 de lo normal, a pesar de ser una joven atractiva jam\u00e1s la he visto en traje de ba\u00f1o o con blusas de manga corta o sin ellas; no he investigado este asunto pues como fue dicho, las gatas somos muy discretas y no nos gusta forzar a nadie para que nos cuente sus intimidades, mas he de decir algo importante. Es medio d\u00eda, cosa inusitada, Abby sigue dormida. De seguro, por un descuido de Agnes, su ayuda de c\u00e1mara, la cortina gruesa est\u00e1 ligeramente abierta y por esa rendija entra un rayo de sol que ilumina su antebrazo descubierto, no le das importancia, ves algo parecido a un tatuaje, te aproximas para taparla, es inevitable, observas un n\u00famero diluido por el paso del tiempo, que te recuerda las marcas indelebles hechas al ganado, con un hierro ardiente. Te acercas sigilosa, est\u00e1 ah\u00ed el n\u00famero 82428. Tratas de olvidarlo, no puedes, ahora no tienes duda, el d\u00eda menos pensado, cuando lo considere conveniente, pedir\u00e1 que la acompa\u00f1es al cuarto de ba\u00f1o, te sentar\u00e1 en un sill\u00f3n, se quitar\u00e1 la bata, despu\u00e9s el camis\u00f3n y ya desnuda te mostrar\u00e1 las cicatrices que corren a lo largo de su vientre, rescoldos de viejas, viej\u00edsimas heridas; le mostrar\u00e1s la tuya, ver\u00e1 ese borde que divide casi en dos tu cuerpo, acariciaremos nuestras heridas, nos abrazaremos y dejaremos fluir ese llanto largamente contenido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Alejandro Ord\u00f3\u00f1ez &nbsp; The long and winding road that leads to your door will never desappear I\u2019ve seen that road before (Paul McCartney) 4. Largo y sinuoso camino Somos malos -dice la gente-, tenemos pacto con el diablo y traemos la mala suerte a nuestros amos y a quienes se cruzan en nuestro camino. 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