{"id":184118,"date":"2022-04-28T18:00:27","date_gmt":"2022-04-28T23:00:27","guid":{"rendered":"https:\/\/sintesis.com.mx\/hidalgo\/?p=184118"},"modified":"2022-04-28T13:35:41","modified_gmt":"2022-04-28T18:35:41","slug":"taches-y-tachones-30","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/sintesis.com.mx\/hidalgo\/2022\/04\/28\/taches-y-tachones-30\/","title":{"rendered":"Taches y tachones"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por: Alejandro Ord\u00f3\u00f1ez<\/strong><\/p>\n<p><strong>5.\u200bAgentes secretos de la corona.<\/strong><\/p>\n<p>Lleg\u00f3 Lady Margaret y como siempre caus\u00f3 alboroto en el castillo. Querida Abby, <strong>\u00bfte gustar\u00eda visitar unas ruinas mayas?<\/strong> <strong>\u00bfHas o\u00eddo hablar del profesor Thompson?<\/strong> S\u00ed, fui a todas sus conferencias mientras estuve en Oxford, querida, despu\u00e9s de ellas convers\u00e1bamos y tuve el honor de que me autografiara su obra cumbre, <strong>\u201cSplendor and Decadency of Ancients Mayans\u201d.<\/strong> No preguntes qui\u00e9n, pero una persona importante de la corte desea que seamos parte de <strong>\u201cLa segunda expedici\u00f3n inglesa en busca de la gran ciudad prohibida\u201d. No lo repitas, pero vamos de esp\u00edas, desconf\u00edan del jefe de la misma y de su ge\u00f3logo, pero el jeque \u00e1rabe que la patrocina los impuso como condici\u00f3n para aportar los fondos y como el proyecto ser\u00e1 conocido en el mundo como \u201cLa segunda expedici\u00f3n inglesa\u2026\u201d<\/strong> no desean que algo pueda afectar el prestigio del pa\u00eds. <strong>\u00bfY qu\u00e9 respondiste?<\/strong> Que aceptamos la invitaci\u00f3n y agradecemos a su majestad la deferencia. Por cierto, la gente de palacio crey\u00f3 importante que nos entrevist\u00e1ramos con el profesor Thompson, tal vez con su experiencia pueda darnos algunos consejos que sean de utilidad, nos espera ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Y a la universidad de Oxford, en el South East, nos fuimos. Qu\u00e9 gusto volver a saludarla mi amiga, ya supe que quiere seguir mis malos pasos, no me diga que el culpable es mi libro sobre el templo consagrado al culto del Dios Jaguar. Me vio largamente tras sus gastadas gafas y con voz apenas audible dijo, d\u00e9jeme decirle algo con toda franqueza. No vaya, no vale la pena, no hay nada m\u00e1s peligroso que esas selvas, est\u00e1n llenas de fieras salvajes y alima\u00f1as ponzo\u00f1osas. Adem\u00e1s los gu\u00edas no son de fiar, lo \u00faltimo que desean es ver profanada su ciudad sagrada, har\u00e1n todo para desanimarlos, los llevar\u00e1n por zonas peligrosas y pondr\u00e1n en grave riesgo sus vidas. Los alejar\u00e1n lo m\u00e1s posible de su objetivo y una noche desaparecer\u00e1n en plena jungla, con todo y bastimentos. Y as\u00ed fue que <strong>\u201cLa segunda expedici\u00f3n inglesa en busca de la gran ciudad prohibida de los mayas\u201d<\/strong> inici\u00f3 la aventura, \u00e9ramos dos gatos, nueve personas de alto rango y varios auxiliares. El viaje fue una odisea, primero en avi\u00f3n, ya en Am\u00e9rica, c\u00f3modo autob\u00fas, luego en veh\u00edculos de segunda clase, sin aire acondicionado, en el que viajaban gallinas, guajolotes y hasta puercos. Para ir m\u00e1s c\u00f3modos nos recomendaron viajar en el techo del cami\u00f3n y as\u00ed lo hicimos. Kil\u00f3metros y kil\u00f3metros de autopistas y brechas de terracer\u00eda, bajo un sol inclemente. Al llegar al \u00faltimo pueblo abordamos un paquebote, r\u00edo arriba, hasta el pueblo m\u00e1s remoto, enclavado en plena jungla. Apenas desembarcamos percibimos la fetidez del agua de eso que llaman puerto, un olor a pescado descompuesto y una nube de mosquitos nos dieron molesto recibimiento. <strong>Sin luz el\u00e9ctrica, ni agua potable, sin desag\u00fces ni ca\u00f1er\u00edas, el lugar era francamente insalubre.<\/strong><\/p>\n<p>Mediante buena paga, un sujeto nos condujo a un caser\u00edo donde, asegur\u00f3, podr\u00edamos contratar algunos gu\u00edas. Nos recibi\u00f3 el cacique de la aldea, un tipo de piel cobriza y ojos de un intenso color verde esmeralda, que no correspond\u00edan a los rasgos de los ind\u00edgenas de la zona. Era alto, esbelto, sin un gramo de grasa, sus movimientos eran \u00e1giles y el\u00e1sticos, como si poseyera la flexibilidad de un felino \u00bfLa ciudad prohibida?, pregunt\u00f3. <strong>\u00bfQui\u00e9n les ha dicho tal mentira?<\/strong> No existe; sin embargo, despu\u00e9s de largas negociaciones permiti\u00f3 que algunos de sus hombres nos guiaran y se hicieran cargo de los bultos donde ven\u00edan los bastimentos. Durante varios d\u00edas nos trajeron dando grandes vueltas en c\u00edrculo, hasta que el gu\u00eda de la expedici\u00f3n les reclam\u00f3, nos condujeron entonces hasta un r\u00edo, tendr\u00edamos que cruzarlo con el agua hasta la cintura. Abby pregunt\u00f3 si no habr\u00eda peligro, lo negaron, empezamos a caminar, cerraban el contingente dos arque\u00f3logos, hab\u00edamos llegado a la otra orilla, s\u00f3lo faltaban ellos, de pronto los simios que alborotaban en los \u00e1rboles soltaron chillidos de miedo y despu\u00e9s guardaron silencio, las aves suspendieron sus trinos y sus vuelos, como si buscaran refugio en las ramas m\u00e1s altas. Not\u00e9 que las tranquilas aguas parec\u00edan agitarse s\u00fabitamente y una sombra los atac\u00f3 por la espalda, vi unas fauces llenas de grandes dientes, como si fueran garfios, que se abr\u00edan desmesuradas y se cerraban en torno al abdomen de uno de ellos y lo jalaban hacia el fondo del r\u00edo. Escuch\u00e9 el alarido, el grito de miedo y de sorpresa ante el inusitado ataque del que era v\u00edctima. No pronunci\u00f3 palabra alguna, s\u00f3lo fue un aullido de terror que pareci\u00f3 quedar suspendido en el tiempo y se fragment\u00f3 en mil pedazos por el efecto de los ecos. Trat\u00f3 de sujetar el brazo de su compa\u00f1ero, pero ya era tarde, su cuerpo se hund\u00eda en el agua que r\u00e1pidamente se te\u00f1\u00eda de rojo. De pronto vimos la tenue estela que se dirig\u00eda hacia el sobreviviente, soltamos un grito de advertencia, \u00e9l salt\u00f3 por instinto hacia la orilla y ah\u00ed, separado por una peque\u00f1a barrera de tierra, un cocodrilo de dos metros lo observaba detenidamente, de seguro calculando si ser\u00eda capaz de alcanzarlo. Los renovados gritos de los monos, los trinos de las aves y el canto de los insectos nos hicieron ver que, pasado el peligro, los habitantes de la selva volv\u00edan a sus actividades como si nada hubiera ocurrido, para entonces los esp\u00edritus malignos de la selva se hab\u00edan apoderado de la mayor\u00eda de los expedicionarios, quienes re\u00f1\u00edan por cualquier motivo nimio. Agobiados por el calor, la humedad, los insaciables mosquitos que se cebaban en nuestras carnes, rodeados de animales cuya peligrosidad era magnificada por los gu\u00edas, el \u00e1nimo fue mermando. De pronto entr\u00e1bamos por parajes tan tupidos y con \u00e1rboles tan altos que era imposible ver el sol, cuya luz se colaba tenue entre el follaje y se dilu\u00eda con la neblina del agua que se evaporaba r\u00e1pidamente. Despu\u00e9s del accidente la expedici\u00f3n se dividi\u00f3 en dos bandos, uno de ellos no quer\u00eda saber m\u00e1s de aquella selva con sus incomodidades y peligros, as\u00ed que decidieron regresar acompa\u00f1ados por los ind\u00edgenas, que para entonces hab\u00edan logrado atemorizarlos con leyendas malditas de lo que acontece a los que se internan en la selva con la intenci\u00f3n de arrancarle sus secretos, que por las noches produc\u00edan los sonidos que nos inquietaban y atemorizaban pues imitaban las voces de los animales salvajes, el jefe de la expedici\u00f3n intent\u00f3 convencerlos pero no lo logr\u00f3, s\u00f3lo cuatro humanos y los dos gatos decidimos continuar, a pesar de quedarnos sin gu\u00edas.<\/p>\n<p>Una tarde Ernst, el jefe de la expedici\u00f3n, junto con Friedrich, su ge\u00f3logo, desaparecieron durante un par de horas, sin motivo aparente, a partir de ese momento todos los d\u00edas repitieron la rutina hasta que hartaron a Abby y a Margaret, nos preguntaron a Sombra y a m\u00ed si pod\u00edamos seguir su rastro, dijimos que s\u00ed y nos fuimos tras ellos. Los encontramos dentro de una caverna que estaba rodeada por una enorme zona de arenisca blanca, similar a una playa, la entrada era alt\u00edsima y dentro hab\u00eda una gran cantidad de cristales parecidos al cuarzo, todos blancos, pero algunos con vetas azuladas o violetas, el ge\u00f3logo tomaba notas en un cuaderno y Ernst guardaba algunos de los cristales en su mochila. Se sorprendieron al vernos ah\u00ed, pero lady Margaret fingi\u00f3 estar atemorizada y por eso hab\u00edamos ido en su busca. Friedrich sonri\u00f3, pero Ernst nos mir\u00f3 con cierta desconfianza y sin que se lo pidi\u00e9ramos empez\u00f3 a dar explicaciones que parecieron fuera de toda l\u00f3gica, asegur\u00f3 ser coleccionista de piedras y andar siempre en busca de bellos ejemplares, como esos que hab\u00eda guardado en su mochila, pero entre m\u00e1s trataba de justificarse, m\u00e1s dudas suscitaba. Ya en nuestra tienda Abby coment\u00f3, en un susurro, que esos cristales no eran de cuarzo como hab\u00eda intentado hacernos creer, quiso a\u00f1adir m\u00e1s, pero en ese momento escuch\u00e9 ruido de pasos y le hice la se\u00f1a de que guardara silencio, era peligroso que pensara que est\u00e1bamos conjurando contra \u00e9l.<\/p>\n<p>Dos o tres d\u00edas despu\u00e9s quiso la suerte que di\u00e9ramos con la ciudad prohibida. Sus pir\u00e1mides eran imponentes, subimos a ellas en medio del esc\u00e1ndalo de los monos que reclamaban nuestra invasi\u00f3n de sus territorios. Entramos a derruidas casas entre cuyos muros hab\u00edan echado ra\u00edces \u00e1rboles centenarios. Subimos a la pir\u00e1mide mayor, m\u00e1s alta que las de Tikal, rodeada de grandes estelas, en la parte superior reinaba una colosal escultura del Dios Jaguar. Esa noche Ernst insisti\u00f3 en ser \u00e9l quien preparara la frugal cena, reparti\u00f3 pocillos de t\u00e9 negro a Abby, a Margaret y a Friedrich, en ese momento percib\u00ed el olor a almendras que desped\u00eda la infusi\u00f3n, maull\u00e9 como si hubiera enloquecido s\u00fabitamente y salt\u00e9 sobre Abby, mientras Sombra, &#8211; comprendi\u00f3 que alg\u00fan peligro se cern\u00eda sobre nuestras amas-, se lanz\u00f3 contra Margaret. En la confusi\u00f3n se fueron los segundos, cuando me repuse trat\u00e9 de tirar el pocillo del ge\u00f3logo Friedrich, pero ya era tarde, hab\u00eda bebido el contenido. Al derramarse el l\u00edquido sobre su blusa, la condesa percibi\u00f3 el olor a almendra amarga y se puso de pie. Ernst, el jefe de la expedici\u00f3n, trat\u00f3 de golpearnos, m\u00e1s nuestras amas lo impidieron, volvi\u00f3 a llenar dos pocillos pero Abby tom\u00f3 de la mano a lady Margaret y seguidas por nosotros, nos retiramos a la tienda. Abby temblaba, le explic\u00f3 a lady lo que estuvo a punto de ocurrir y se abrazaron, ambas lloraban en silencio. Sombra y yo decidimos permanecer pegados a la entrada de la tienda para protegerlas. Era tarde cuando escuchamos ruidos extra\u00f1os, pero decidimos no abandonar nuestro puesto de vig\u00edas. A la ma\u00f1ana siguiente no vimos a Friedrich, preguntamos por \u00e9l, un displicente Ernst, dijo que se hab\u00eda marchado, de seguro para adjudicarse la gloria del descubrimiento de la buscada ciudad prohibida.<strong> Como la respuesta no nos satisfizo Sombra y yo exploramos por los alrededores, as\u00ed hallamos restos de un v\u00f3mito que ten\u00eda un fuerte olor a almendras.<\/strong><\/p>\n<p>Iniciamos el regreso, pero a partir de entonces, todas las noches ve\u00edamos entre las llamas de la fogata una sombra que parec\u00eda ser de hombre, para convertirse en animal, tal vez un simple juego de luces que no dejaba de inquietarnos. Luego aparecieron los rugidos, los ruidos de apagadas pisadas sobre la hojarasca, era tanta nuestra paranoia que hasta Sombra y yo misma asegur\u00e1bamos haber visto los verdes ojos y las fauces de un jaguar. Ernst trataba de tranquilizarnos, pero en realidad ten\u00eda tanto miedo como nosotros. Sac\u00f3 de su mochila un enorme cuchillo de monte, lo amarr\u00f3 a una larga vara y a partir de entonces no se separ\u00f3 de su improvisada lanza. Por las noches met\u00eda el cuchillo a la fogata y era impresionante el intenso color rojo del acero. De seguro nos acerc\u00e1bamos a la aldea, Ernst decidi\u00f3 poner fin a la mascarada, insisti\u00f3 que lo acompa\u00f1\u00e1ramos en la fogata. Nos pidi\u00f3 serenidad y madurez frente a lo que iba a contarnos. Encontramos la ciudad prohibida, podr\u00edamos decir que hemos cumplido la misi\u00f3n, pero les tengo una mala noticia.<\/p>\n<p>No nos diga que nos va a matar, como lo hizo con Friedrich, interrumpi\u00f3 la condesa, d\u00e9jeme adivinar la raz\u00f3n -continu\u00f3-, a usted lo tiene sin cuidado el descubrimiento de la ciudad, usted vino con otras instrucciones de su patr\u00f3n, el jeque. Comprobar si lo que se sospecha es cierto, si esta tierra es rica en litio. Litio, Ernst, el combustible del futuro, el sustituto del petr\u00f3leo, sin \u00e9l los coches el\u00e9ctricos, celulares, computadoras y otros aparatos indispensables para la vida moderna, no podr\u00e1n ser; entiendo que nosotras somos un riesgo para su proyecto y por eso debemos desaparecer, pero asesinar a su colaborador, \u00bfpor qu\u00e9? No me diga, nadie debe saber que a corta distancia de ese rico yacimiento de litio est\u00e1n las ruinas mayas, la comunidad internacional protestar\u00eda y no permitir\u00eda la explotaci\u00f3n de la mina. En efecto, contest\u00f3 Ernst, tenemos todo planeado, traer\u00e9 expertos en explosivos, acabaremos con las pir\u00e1mides y las construcciones, no quedar\u00e1 piedra sobre piedra, nadie que importe se dar\u00e1 cuenta y entonces el gobierno corrupto nos dar\u00e1 las concesiones para explotar este inmenso mineral. Lo siento en verdad, no es nada personal pero no ser\u00e1n ustedes quienes echen a perder este gran plan. Al escuchar lo anterior mir\u00e9 a Abby, ella entendi\u00f3, lo mismo hice con Sombra, la idea era sencilla, saltar\u00edamos sobre la cara del individuo, le reventar\u00edamos los ojos, Abby tomar\u00eda el cuchillo y se lo encajar\u00eda en el pecho. Nos colocamos en posici\u00f3n de ataque, justo en ese momento mi fino o\u00eddo escuch\u00f3 pasos que se acercaban cautelosos, hice la se\u00f1a de aguardar, el hombre prosigui\u00f3, hay un camino f\u00e1cil y otro dif\u00edcil; ustedes dir\u00e1n, se toman el t\u00e9 que tengo preparado lo cual les asegura una muerte r\u00e1pida y sin dolor o prefieren morir lentamente con el cuchillo incandescente, dentro de su pecho. Tal vez el deseo de lucir convincente lo distrajo y por eso no se percat\u00f3 hasta que fue tarde, escuchamos un fuerte rugido que hizo estremecer la selva y vimos a esa sombra que lo atacaba por detr\u00e1s, lo tomaba por la nuca, -como suele hacerlo con cualquier animal- y la presi\u00f3n de sus potentes mand\u00edbulas le quitaban la vida en segundos. El jaguar, distra\u00eddo como estaba con su presa, no se percat\u00f3 que Abby, con \u00e1gil movimiento se apoderaba del cuchillo de monte, la fiera atac\u00f3, pero nunca imagin\u00f3 lo que le esperaba, no es que le clavara el arma, simplemente se la estamp\u00f3 en el pecho, o\u00edmos el chasquido y el penetrante olor de la carne quemada, escuchamos su furioso y dolido rugido, entonces Abby termin\u00f3 su obra, el arma cruz\u00f3 de lado a lado el rostro del jaguar, muy cerca de los ojos. Un aullido reson\u00f3 en la jungla y de un par de saltos desapareci\u00f3 de nuestra vista. Dif\u00edcil saber cu\u00e1nto tiempo tardamos para salir de aquella selva, pero al fin felinos, nuestro instinto nos llev\u00f3 a la peque\u00f1a aldea de la que hab\u00edamos salido, llegamos con la ropa hecha jirones, muertos de hambre y de sed, agobiados por las altas temperaturas y al borde de la locura. Abby pidi\u00f3 hablar con el cacique para reclamarle el proceder de su gente, pero le dijeron que estaba muy enfermo y no pod\u00eda recibirnos. Sin medir consecuencias, Abby hizo a un lado a Ixchel, la gran sacerdotisa maya que le cerraba el paso y nos plantamos en medio de la choza. <strong>El cacique, el gran cham\u00e1n, el brujo de esa gente no pudo vernos, estaba ciego por una terrible quemadura que le atravesaba de lado a lado la cara -a la altura de la frente- y otra grave herida, ya infectada, supuraba por el costado izquierdo, a la altura de las costillas.<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Alejandro Ord\u00f3\u00f1ez 5.\u200bAgentes secretos de la corona. Lleg\u00f3 Lady Margaret y como siempre caus\u00f3 alboroto en el castillo. Querida Abby, \u00bfte gustar\u00eda visitar unas ruinas mayas? \u00bfHas o\u00eddo hablar del profesor Thompson? 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