…no es un simple título, sino una confesión.

Porque estoy convencido que para comenzar a corregir cualquier problema que enfrentamos en lo individual o como sociedad, el primer paso es reconocerlo.

El machismo es una conducta muy difícil de aceptar, primero de forma unipersonal para después poderlo hacer de manera pública y abierta.

El movimiento del pasado domingo 8 y lunes 9 de marzo no lo revela, sino lo confirma.

Por generaciones, hemos sido educados como machos, quizá ahora de manera más disfrazada, pero igual de peligrosa.

Solo conocí a mi abuelo materno, un gran hombre pero a la vez un macho empedernido, de esos que se presumían en las películas mexicanas.

Gritándole a la mujer en público, prohibiéndole cosas y exigiendo una atención más de servicio que de compañerismo.

Esta actitud no fue replicada (al parecer) por mis tíos y mucho menos por mis primos; tampoco (al parecer) por mi hermano.

Él y yo tuvimos la fortuna de tener un padre ejemplar en todos los sentidos. Dedicó cada segundo en amar con respeto y amor a mi madre y después también invirtió cada centavo en atenderla por 16 años de una cruel enfermedad llamada cáncer. Nunca falló y nunca abusó.

Regresando a mi abuelo, siempre creí que había escapado a tales excesos y que por lo tanto no podía asumirme como macho; son conductas tan arraigadas que las normalizamos y dejamos que sigan formando parte de nuestra cotidianidad.

Yo también he reído con chistes misóginos y los he compartido, he tratado de imponer mi punto de vista a las mujeres con las que trabajo desacreditando el suyo, he callado cuando se tacha a una mujer de histérica o dramática.

El proceso no ha sido sencillo pero puedo hoy decir que he dado pasos importantes para entender la necesidad de una igualdad sustantiva.

Reconocer estas actitudes con las cuales muchos hombres luchamos todos los días por eliminar, no es cosa fácil pero es una obligación para detener las violencias que sufren las mujeres.

Hay varios factores que me han obligado y motivado a entenderlo. Una de estas causas han sido mis hermanas, quienes de una u otra forma han padecido la violencia de género y han sabido recuperarse. También están en el camino.

Y también he contado con la amistad sincera de una gran activista por igualdad de género que a golpe de larguísimas charlas me ha hecho entender que soy un macho en potencia, pero que puede corregirse y por otro lado, hoy vivo al lado de una mujer -mi esposa- quien ha logrado hacerme comprender que esto no es una competencia sobre quién debe dirigir la relación, sino que se trata de una complementación para alcanzar juntos la felicidad.

Descubrí que debemos asumir como hombres nuestra responsabilidad en esta crisis que vivimos, porque no todos matamos y no todos violamos y acosamos; pero seguramente todos hemos tenido actitudes machistas aún sin darnos cuenta porque son tan arraigadas en nuestra cultura que no siempre las reconocemos.

Se trata de un trabajo de autocrítica, de responsabilidad y de mucho esfuerzo, porque se trata de romper con lo aprendido y asumido por años para dar paso a nuevos esquemas de masculinidad que garanticen la equidad de género.

Si reconocemos nuestro machismo, habremos dado el primer paso para que se comience a debatir sobre estos temas de manera abierta y sincera.

Si usted es hombre, puede comenzar por analizar cuantos actos de violencia ha cometido en las últimas 24 horas; si es usted mujer puede comenzar por identificar cuántos actos de violencia ha permitido.

Hoy nace mi hijo y espero poderle enseñar que el machismo no es el camino; convencido estoy que el ejemplo arrastra y mi compromiso es que crecerá asumiendo que la igualdad de género no es una concesión, sino un derecho como el de comer, respirar y ser feliz.

(Dedicada a Héctor Leonardo, José de María y Patricio)

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