Hace algunos días el presidente de la República entonó nuevamente su polarizante discurso en contra de “los conservadores” para afirmar tajantemente que él cuenta con el respaldo del 70% de los mexicanos. La pregunta ahora sería: Suponiendo sin conceder que este fuera el dato, a qué respaldo se está refiriendo, al que brota de la lealtad y la convicción o a aquel que se teje en el complejo enramado subterráneo que se ha tejido por décadas a través de enormes y silenciosos ejércitos de movilización social nutridos por los únicos presupuestos que no se recortan y que soportan los programas sociales?

Vamos por partes: A nadie sorprende saber que López Obrador se ha sostenido gracias al pasado. Al que evoca con tanta enjundia para arremeter en contra de todos aquellos que sexenio tras sexenio no dejaron de sangrar al país. No pierde oportunidad para descalificar acciones y reformas que iniciaron sus predecesores, disfruta profundamente exhibiendo lujos y excesos de los gobiernos anteriores, desfalcos, estafas, corrupción e impunidad. El pasado ha sido para Andrés Manuel el enorme capital que le permite llenar sus insultantes mañaneras, siempre, invocándolo para afianzarse a él desde antes que apareciera con la banda presidencial en el pecho ante el pueblo de México.

Y ahí se ha quedado. En el pasado.

Recordemos que, en el mes de diciembre del 2018, cuando asumió la presidencia, contaba con una aprobación del 77%, cifra de la que nadie dudó. La gente estaba harta de Calderón, de Fox y de los más de 70 años de los malabares del PRI, hasta que perdió totalmente el equilibrio con Peña Nieto y tuvo que sucumbir ante la enorme fuerza que le fue cediendo poco a poco a MORENA. Las encuestas en esa época, se realizaron de todo tipo, desde las que arrojaban las agencias más prestigiosas hasta las que hicimos usted y yo preguntando a la familia, a los amigos, a quien se encontraba en la cola del banco o al chofer del servicio público por quién pensaban votar. A muchos nos aterraba la respuesta: Por López Obrador , decían. Unos orgullosos, otros medios adormilados y otros más muy enojados. La respuesta de nuestros cercanos nos hacían dudar, aunque el tabasqueño no nos terminara de convencer, en el fondo todos estábamos verdaderamente asqueados de tanta boñiga política. López Obrador prometía un cambio.

A mediados del 2019 la aceptación del presidente había caído a un 66%. Las primeras decisiones y acciones que emprendió, como la cancelación del aeropuerto de Texcoco o la reforma educativa, cimbraron al sistema, la incertidumbre nos atrapó a todos y el miedo se apoderó de inversionistas, empresarios y el comercio en su conjunto. Ante la duda, prudencia y el país se paralizó.

Hoy, el fenómeno se vive exactamente al revés, la fila de arrepentidos por haber votado por López Obrador cada día se engrosa más, muchos manifiestan su arrepentimiento abiertamente, otros prefieren callar porque tienen el orgullo herido, a los más humildes y con la cabeza agachada, apenas se les oye susurrar un “si, reconozco que la regué”. A casi 2 años de gobierno la aprobación del presidente oscila alrededor del 58%, objetivamente, va en picada. Sin duda, una de las razones de su declive es la necedad ante lo objetivo. Él siempre tiene otros datos.

Con más de 63,000 muertos por el COVID-19, con una capacidad económica profundamente mermada, con el alza en la criminalidad que va desde los delitos de cuello blanco (Leáse el caso Lozoya y Pío López Obrador) hasta los linchamientos de las combis, con la mofa internacional por la ridícula rifa del avión presidencial, con el portazo hacia las energías limpias, con el conato de comunismo disfrazado de evangelio, México se encuentra girando nuevamente su timón ¿hacia dónde? Pareciera ser que cualquier puerto sería mejor o dicho de otra forma: ¡Nunca habíamos estado peor!

Dra. Ana Luisa Oropeza Barbosa

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