Iniciada ya la guerra por los curules de la Cámara de Diputados, sucedió lo que nadie se hubiera esperado. Finalmente el PRI, PAN y PRD se estrechan la mano, otorgándose mutuamente una tregua nunca antes vista para enfrentar en las próximas elecciones a MORENA.

Presenciaremos en pocos meses una jornada electoral en la que concurren más de 21,000 cargos de elección popular, entre gubernaturas, diputaciones federales y alcaldías de la Ciudad de México.

Sin duda alguna serán las elecciones del 2021 las que definirán el futuro del país.

La alianza PRI-PAN-PRD aunque pareciera que es lo más grotesco que podríamos esperar de la política nacional, a muchos no ha sorprendido, lo cierto es que las alianzas han sido una constante para enfrentar al que se creía invencible, basta recordar el pacto político entre PAN y PRD con Ricardo Anaya a la cabeza en la última elección presidencial. ¿Y el PRI, dónde queda? El omnipotente partido de México hace presencia con su astucia y sagacidad; debilitado, es cierto, por los escándalos de corrupción que coronó su último vástago, pero con la experiencia acumulada por décadas para verterlas en la enmienda.

Lo que tenemos de frente es un acto de desesperación, una proclama inédita, una dolorosa y lastimera plegaria. Los grandes dioses de la política nacional han dejado de tropezarse unos con otros para unir fuerzas y combatir de frente al partido que peores resultados ha dado a México, amparado en un discurso de transformación social que ha desaparecido fideicomisos, que todos sabemos se encuentran destinados a alimentar la base electoral disfrazados de programas sociales.

El daño que se ha causado a México en los últimos dos años es incalculable, el segmento de la pobreza aumenta de forma alarmante, ya son más de 10 millones de personas que se han estrenado en una nueva categoría: la pobreza extrema. La violencia aumenta cada día sin control, el COVID-19 puso al descubierto todas las deficiencias de un gobierno que justifica su incapacidad y lentitud en la toma de decisiones, echando la culpa siempre y sin perder la ocasión, a los gobiernos del pasado. En pocas palabras, la incertidumbre tiene congelados a los mercados financieros, no hay certeza ni en la inversión internacional y mucho menos en la local.

La vorágine ha sido tan sorpresiva, que aún muchos mexicanos sostienen la esperanza en el presidente que prometió los cambios necesarios para combatir la corrupción y el nepotismo, pero que ha dado suficientes muestras de la vomitiva plutocracia, en donde el poder se sigue manteniendo en manos de los más ricos y de los más influidos por éstos. En dos años López Obrador ha logrado mantener a raya los escándalos de sus allegados: La red de propiedades de Bartlett, la adquisición de ventiladores de Bartlett junior, el caso de Levanting Global Servicios, la corrupción que ronda alrededor de Ana Guevara, las bolsas de papel de estrasa de su hermano Pio y ahora la prima Felipa, tan sólo por mencionar algunos, y a todos y cada uno, cual torero, de un capotazo, los despacha al olvido, esparciendo dinero a diestra y siniestra para que los siervos sigan alimentando su enorme y descabellada popularidad.

La alianza PRI, PAN y PRD ya ha sido calificada por los analistas como Kafkiana, y tienen toda la razón, parece que lo único que los une es el objetivo de quitar a López Obrador y ponerle un alto a Morena, buscar los contrapesos, esos, de los que poco sabe México, pero que hoy se antojan verdaderamente urgentes. Se han tragado el orgullo, se estrechan la mano buscando las mejores estrategias para dar la batalla electoral, pareciera ser que su parte está hecha ¿Cuántas veces se les pidió que dejaran atrás intereses personales o partidistas y se unieran por el bien de México? Bien, los dioses de la política escucharon las plegarias del “pueblo no tan sabio” y se han aliado, ahora nos toca a nosotros emitir el voto enérgico y urgente que le haga saber al presidente que nos ha traicionado.

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