El Diccionario de la real academia considera a la responsabilidad como: deuda, obligación de reparar y satisfacer, por sí o por otra persona, a consecuencia de un delito, de una culpa o de otra causa legal; cargo u obligación moral que resulta para alguien del posibleyerro en cosa o asunto determinado; en la connotación jurídica es la capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.

El asumir las consecuencias de nuestros actos es una de las habilidades más difíciles de conseguir, en primer lugar, porque supone un golpe al ego cuando implica reconocer que nos equivocamos y debemos asumir las secuelas que generamos; en segundo lugar, porque es más cómodo asumirnos en un determinismo en donde podamos encontrar al “culpable” de lo que sucede, ya sea otra persona, la circunstancia, la fatalidad o el destino.

Como seres humanos, preferimos subordinarnos a la voluntad de otros con tal de no tener que asumir la responsabilidad de las decisiones que se toman, resulta, por así decirlo, cómodo el poder derivar el reclamo y el señalamiento a otra persona. Así, el costo que se paga pareciera poco considerando el temor fundado de saber que hay que dar la cara cuando se presentan las consecuencias.

Lamentablemente, al no querer tomar la responsabilidad se pierde la libertad de decisión, esa libertad y autonomía se deposita en otra persona o se justifica hasta en la calamidad. Desde las épocas clásicas se identificó la vida del ser humano como trágica, así, las adversidades o fatalidades eran fruto del destino, de cual no se podía escapar y al mismo tiempo no se podría responsabilizar a nadie.

En la convivencia cotidiana y como seres sociales que somos, no podemos derivar en todo momento la responsabilidad en otros. Al evolucionar a formas civilizatorias de organización, en todo momento la responsabilidad cobra vida en todos los ámbitos individuales y sociales. La responsabilidad pasa desde el fuero interno con el ser responsables de nuestra salud física y mental; la del cuidado y respeto a las personas que forman nuestro núcleo familiar y de amistad; en el espacio laboral (o escolar dependiendo la edad y la formación continua) con el cumplimiento de nuestras tareas diarias; la de corresponsabilidad en los ámbitos del espacio público. Además, la responsabilidad institucional de las autoridades que acceden al poder y que deben rendir cuentas a sus gobernados; quienes les asignan las diversas responsabilidades que implican sus encargos.

Diversos son los ámbitos en los que toca tomar decisiones, elegir y actuar, pocos nos queremos ver en el contexto de ser señalados por la decisión, elección o actuación que definimos. No obstante, ese espacio de libertad nos permite ser dueños de nuestro destino, frente a los omisos, quienes están dispuestos a asumir las consecuencias, no sólo se derivan en las negativas, el paquete es completo y así como se tienen momentos de desconcierto e incertidumbre, también se cosecha todo lo positivo que se decidió, siendo el primer beneficiado quien se arriesgó en saberse responsable.

Se debe seguir fortaleciendo a la responsabilidad no solo como habilidad sino como valor ético, pareciera que se olvida que: “a cada derecho hay una obligación y a cada obligación hay un derecho”, se desean las mieles del triunfo, pero sin pagar el precio del esfuerzo y las consecuencias de todo tipo. La falta de responsabilidad, corresponsabilidad y el señalamiento de los demás junto con la exigencia de lo que pedimos, pero no estamos dispuestos a dar, deteriora la convivencia, genera ambigüedades perniciosas que solo propicia el que al no ser nadie responsable de nada, al final la omisión termina siendo la peor decisión que nos afecta como colectividad.

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