En su sueño, Alberto se formaba tras una fila larga en la cual todas las personas que esperaban turno tenían cubrebocas; era obvio que el efecto de la pandemia le perseguía hasta sus quimeras.

En su realidad no podía decirse que tenía problemas, pero acaso la pérdida de su madre, seis meses antes, le tenía el corazón apretujado; la extrañaba y no concebía cómo esta enfermedad del Siglo XXI se la hubiera llevado en menos de tres días.

Soñaba que era el siguiente en turno para pasar al mostrador, donde haría un trámite importante. Luego de horas formado, finalmente pasaría.

Se levantaba por las noches y se asomaba por la ventana haciéndose acompañar por la oscuridad apenas quebrada por una luz muy tenue proveniente de la luna; era una penumbra por la que atisbaba y que a veces le permitía ver a lo lejos el viaje que dibujaba el tren sobre el horizonte. Un convoy largo, interminable, que todas las madrugadas alardeaba a su paso con el sonido de un silbato.

Pasaba al mostrador y extendía sus documentos para realizar el trámite; la señorita le informaba la cantidad a pagar y él extendía los billetes.

Suponía que el dejo de soledad que le invadía a ratos se debía a la falta de amor de su madre: un hueco imposible de llenar.

Al momento que la señorita le ofrecía su cambio, un hombre que parecía el jefe de la oficina comenzaba a gritarle que el lugar que estaba ocupando no le correspondía.

Se había acostumbrado a vivir sin compañera luego de dos fracasos matrimoniales en los que no sabía si culpar a sus exparejas o a él por haberlas elegido con el mismo perfil autodestructivo.

El jefe le argumentaba que debía volver a formarse y que la fila era de mil personas; tratándose de un sueño a media pandemia no sonaba descabellado.

Alberto se divorció por segunda vez cuatro años antes de la muerte de su madre y vivía únicamente con ella, de manera que, al fallecer la mujer, se había quedado solo.

La actitud del jefe de la oficina le pareció por demás prepotente; no encontraba justificación para que lo sacaran de la fila, más aún cuando ya había entregado el dinero del trámite, así que de la frustración pasó al enojo; le gritó al jefe que le parecía injusta su decisión y fuera de todo contexto, pues él se había formado durante dos horas.

Delia, su vecina, a veces lo apoyaba cuando la nostalgia se lo llevaba hasta la tristeza y de ahí amenazaba con pasar a la depresión; cierto que agarró la tomadera después de su divorcio, pero poco a poco, conforme pasó el tiempo y fue asimilando el golpe, dejó la bebida y se enfocó en el trabajo; digamos que se refugió en él para distraerse y dejar de pensar en lo irremediable.

Delia tenía llaves y entraba a veces, cuando él estaba en la oficina; aprovechaba para levantarle el tiradero, acomodar la cocina o tenderle la cama; se había encariñado con él, aunque no se atrevía a mencionarlo. Quería esperar un momento más propicio.

De pronto el jefe se distrajo porque alguien le hizo unas preguntas y fue cuando Alberto aprovechó para pedirle a la señorita que se apresurara a darle sus documentos sellados y firmados; al mismo tiempo, una angustia comenzó a atacarlo y su respiración se volvió agitada e irregular.

La chica lo miró asustada mientras Alberto jadeaba y se tocaba el pecho en señal de dolor; su respiración se hacía cada vez más rápida y se escuchaba una especie de ronquido que le salía del pecho.

Pensando que se había ido al trabajo Delia entró al departamento, escuchó unos jadeos y en voz alta lo nombró, preguntándole si todo estaba bien.

Alberto no respondió, estaba quieto, recostado boca arriba, con el cuerpo inmóvil y la boca entreabierta.

F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías

@ALEELIASG

 

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