Nada le puede molestar más al ser humano que el azote reiterado de mentiras. Quizá una mentirilla por ahí podría ser justificada. Desde que era pequeña me enseñaron que existen las mentiras piadosas, que buscan aminorar el dolor que puede causar una verdad envolviendo con sutileza un hecho para causar el menor daño posible. Sobre ellas cabe toda una gama de justificaciones para darla, y muchas veces, cuando se descubren van acompañadas con una dosis de compasión dirigida a su autor.

La mentira tras de si va acompañada de falta de honestidad y confianza. Después de algunas mentiras siempre nos cuestionamos si el siguiente paso será una verdad. La duda hace su aparición para abrir grandes interrogantes que recaerán sobre aquel al que ya catalogamos como mentiroso.

Ya decía el magnífico filósofo Emanuelle Kant que, además de ser un deber el no mentir, también se trata de una ley moral inviolable, que se debe respetar para evitar generar desconfianza entre las personas y poder vivir en sociedades que hayan generado vínculos sanos y virtuosos.

No estoy muy de acuerdo con todos aquellos estudios que afirman que no podemos vivir sin las mentiras, nadie podría decirle a su madre lo mal que le sabe la sopa después de haberla visto entregada a la cocina por horas en la encomienda. Quizá estemos hablando más de sinceridad que verdad, pero este asunto lo dejaremos en los anales de la filosofía, ya que al final este tipo de expresiones y de conductas desembocan en conseguir la armonía y la paz social, valores que sin duda luchamos todos los días por mantenerlos frescos en casa, en nuestras familias y en la sociedad.

La discrepancia y la repulsión versa sobre la negatividad de la mentira. La mentira como la negra manta que oculta una verdad y que lleva consigo la finalidad de dañar y/o traicionar para lograr cualquier objetivo, ya sea personal o grupal. La mentira tiene múltiples efectos y también se observa el impacto en lo emocional, mostrando reacciones como la ira, el enojo, la tristeza, la decepción, la indignación, la culpa y el miedo. Démonos 5 minutos de reflexión y pensemos en el sentir actual de nuestra sociedad, vivimos aterrados, enojados, tristes, decepcionados.

También se abre el debate entre el silencio y la mentira, se acepta popularmente que guardar silencio no implica forzosamente mentir, pero el silencio que oculta información fundamental también genera los efectos adversos de desconfianza y falta de credibilidad. El colmo es que después de haber desatado la impaciencia se nos culpe de incrédulos pero ¿acaso se le puede creer a la mentira?

Sin duda, el estudio axiológico sobre la verdad y la mentira ha sido vasto, y lo seguirá siendo mientras continúe su trayecto la especie humana, las consecuencias en practicar alguno de ellos se perciben socialmente y dan cuenta de la funcionalidad o, lo contrario, la disfuncionalidad de sus gobiernos, pues al final, los gobiernos los forman sus ciudadanos. Lo trágico es la costumbre, la repetitiva forma de hacer algo hasta que terminamos acostumbrándonos al mentiroso y al traidor, lo más grave aún es que lo justificamos.

Alimentar la ilusión de alguien a base de mentiras, de esas, con las que no se cumple lo dicho, con las que se sostienen promesas con resultados que se sabe no llegarán, es perverso. ¿Y qué me dice, estimado lector, de los silencios huecos, sepulcrales, con los que se fomenta la duda o la perturbación cuando tenemos el derecho a estar informados?

Por cierto, ¿ya sabemos algo acerca del estado de salud del primer mandatario? ¿Cuáles serán las razones por las que no creemos nada de lo que nos comparten el Dr López Gatell o la secretaria de gobernación?

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