En uno de mis viajes a Santiago Moringo encontré una convocatoria para asistir a un congreso sobre las consecuencias que sufren las sociedades, cuya infancia vive en las calles.

En la Universidad de Santiago se imparte una cátedra, dentro del campo de la sociología, que toca ese punto tan vulnerable en los países subdesarrollados e incluso en aquellos en vías de desarrollo.

El congreso era una iniciativa de la Universidad, preocupada por los efectos que sufren las familias, las ciudades y los territorios que albergan este problema comunitario.

El primer taller se centró en los derechos de los niños; se dijo que ellos por ningún motivo deben estar fuera del hogar para trabajar, por una simple razón: el futuro de una nación no puede depender de la experiencia y heridas que dejan las calles.

Se habló de crear leyes que sancionaran a los padres que utilizan a sus hijos para generar compasión en los conductores de vehículos (obligándolos a permanecer por jornadas largas bajo el sol y la intemperie, con el fin de recolectar más limosnas).

También se presentó un ensayo en el que entraban en juego derechos humanos, ética, opinión ciudadana, legislación y un sinfín de factores para buscar un consenso en el cual se consiguiera esterilizar a toda mujer y hombre pedigüeños que cargaran con hijos pequeños para trabajar o mendigar en las calles de las ciudades.

En las presentaciones aparecían imágenes de familias completas sobre los camellones a la hora del almuerzo, con seis, ocho hijos; luego otras, donde los padres vendían artículos diversos, los hijos más grandes limpiaban los parabrisas y los pequeños únicamente pedían caridad.

Se analizó en mesas de trabajo la deficiente labor de los legisladores de esos territorios, quienes rara vez voltean a mirar el problema y sus consecuencias; todo se centra en inventar neologismos para “dignificar”: ‘Niños en situación de calle’ en lugar de ‘Niños de la calle’ –qué gran acierto.

Se examinó el PIB de esos lugares y se ejecutaron ejercicios por equipos en los cuales, destinar una partida presupuestal para sacar a esa gente de las avenidas, representaba un mínimo de inversión y a futuro, una transposición en la cual los pequeños resultarían mejores individuos que aportarían a su sociedad, toda vez que su calidad de vida se vería mejorada por el estudio, las condiciones de vivienda y convivencia familiar.

Se puso de manifiesto que incorporar a estos chicos a actividades artísticas a través de centros de desarrollo infantil especializados en las artes, produciría sujetos sensibles a su medio ambiente y a su prójimo.

También había propuestas sobre talleres de oficios (carpintería, plomería, electricidad, herrería…) que los adolescentes podían tomar desde edades tempranas para forjarse en actividades productivas, pues un censo en naciones en vías de desarrollo determinó que los oficios siempre eran socorridos y que casi todo el tiempo quienes se dedicaban a ellos, se mantenían con trabajo e ingresos, aun y a pesar de las crisis.

Finalmente y entre otros tópicos, se propuso la prohibición del trabajo en esquinas, cruceros y camellones, pues no eran tiendas ni centros de distribución de refrescos, cigarrillos, muñecos, artículos diversos ni golosinas; si se prohibía el ambulantaje y la mendicidad en las vías de circulación, las ciudades se volverían más prósperas porque existiría en los conductores de vehículos una conciencia de ciudad más cercana al primer mundo; se generaría una sensación de que todo está mejor en el país y sus habitantes sabrían que es hora de contribuir cada quién con la parte que le toca para generar una abundancia común.

Entre los países que fueron analizados se encontró Xicomé, el cual fue señalado como un ejemplo a no seguir; se determinó que cuenta con un sistema ideal para abonar los terrenos donde se gesta la pobreza, la delincuencia y la marginación.

F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías

@ALEELIASG

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