La pedofilia en el campo de la medicina psiquiátrica se define como un trastorno sexual que hace que quien lo padece se sienta atraído sexualmente hacia niños o niñas con una constante de fantasías sexuales hacia ellos aun cuando no se ejecute el abuso sexual o la violación.

El planteamiento de las neurociencias en diferentes análisis diagnósticos explora la respuesta cerebral de sujetos pedófilos expuestos a imágenes de niños y niñas.

En todos, la conclusión es indeterminada o no concluyente para establecer el perfil neurobiológico del pedófilo; en plataformas académicas podemos acceder a esta información.

“El contacto e interacción entre un niño o niña y un adulto cuando el adulto agresor le usa para estimularse sexualmente él mismo, al niño, niña o a otra persona. El abuso sexual puede ser también cometido por una persona menor de 18 años cuándo esta es significativamente mayor que el menor y está en una posición de poder o control”, definición del National Center of Child Abuse and Neglect.

Si consideramos que las neurociencias realizan sus estudios mostrando imágenes a los sujetos pedófilos en estudio y registran la respuesta sexual podemos interrogar que, si mostramos estas imágenes y hay respuesta entonces ¿es determinante que el cerebro tiene un daño? ¿o es que ese individuo responde a estas imágenes con estímulo sexual por otras causas?

Aun esperamos encontrar todos los problemas de la psique en un órgano físico, por eso hay quienes proponen castración química para violadores como si el problema radicara en el pene o en el cerebro, lo cual es una hipótesis sumamente débil usada para propuestas sin sustento científico concluyente, pero de gran impacto en una sociedad que tampoco interroga a profundidad.

Los problemas de la psique no están precisamente en el cerebro, de ser así ya habríamos encontrado la zona cerebral o la ruta neuronal que hace al violador, al pedófilo, al homicida o al suicida; tampoco la genética ha hecho hallazgos determinantes que den origen a la creación de un tratamiento médico que lo resuelva y permita atenderlo preventivamente.

Por lo anterior, la convocatoria es también hacia las demás ciencias que son parte de la realidad humana y así explicar otro posible origen.

La población de niñas, niños y adolescentes es víctima de una de las formas de opresión menos analizada en la sociedad: el adultocentrismo, una relación social asimétrica donde las personas adultas se asumen como modelo de referencia para la visión del mundo.

Esto implica una supremacía adulta, una autoridad de los mayores contra infantes y adolescentes de consecuencias negativas, al interior de algunas familias las dinámicas con el padre, la madre y familiares se combinan y degradan en un ejercicio de control despótico, maltrato físico y psicológico, menosprecio, discriminación, abandono, explotación y la reproducción de ideologías culpìgenas y abusivas que se heredan de una generación a otra.

Así se construyen los numerosos casos de acoso sexual contra la infancia, pedofilia, incesto, explotación infantil, separaciones con cargas desiguales, violencias masculinas contra la pareja y su descendencia que provocan grados de deshumanización, incluida la tortura a niños y niñas de la familia o hasta su asesinato.

Podemos ver desde un enfoque lingüístico que todo lo anterior es una formación social, no biológica; analizada desde una perspectiva de niñez, la pedofilia es una construcción sostenida en dinámicas familiares que habilitan el abuso sexual donde los niños y niñas son asumidos como sujetos incompletos, débiles, objetos de pertenencia, sin respeto a su humanidad; adolescentes educados sin congruencia por parte de sus padres o cuidadores en donde la violencia sea una forma cotidiana de crear el vínculo; ahí, es muy probable que se desarrolle el abuso sexual sea físico o psicológico.

Cuando observamos a un niño o niña erotizado es decir con conductas sexuales inadecuadas a su edad es señal inequívoca de que alguien está abusando sexualmente de él o ella y lejos de avergonzarle debemos buscar al individuo que lo esté victimizando.

En la segunda parte de esta columna analizaremos, desde una perspectiva multidisciplinaria, el impacto en el desarrollo sexual de los niños y niñas al normalizar un vínculo sexualizado con ellos.

No se trata de estigmatizar sino de explicar las implicaciones de establecer esto en las relaciones familiares, qué factores de riesgo se omiten cuando no somos conscientes de la transgresión en su salud física inclusive, si tan solo consideramos que los adultos tienen prácticas orales en su vida sexual y besan en la boca a sus hijos o casos graves que romantizan la relación padre-hija, madre-hijo, creando un vínculo ambiguo.

Abigail Baez

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