Nos juntamos, como de costumbre, bajo la palapa; en familia, porque consideramos que ese debe ser un núcleo irrompible: la familia lo es todo.

 

El carbón comenzaba a teñirse de color ceniza y unos vivos rojos alumbraban el hueco bajo la parrilla.

 

Llegaron por parejas, luego en individual y en grupos; todos estacionaron los autos a la derecha de la caseta de vigilancia, en el área de visitas.

 

Decidí que la comida corriera por mi cuenta y elegí hamburguesas supremas, una de mis especialidades.

 

Nos saludamos con besos y abrazos, sin importar el oleaje del COVID 19, que ya para esas alturas sonaba a cantaleta vieja y desgastada.

 

Dos días antes mariné la carne con mi receta especial; aplané las rodajas de 120 gramos cada una y las separé con papel encerado para luego envolverlas en un trapo y meterlas al refrigerador hasta el día de su consumo.

 

Esta vez elegimos una mesa rectangular para 14 personas; efectivamente, el montaje parecía para una conferencia, pero la verdad es que ya sentados pudimos conversar muy a gusto, cercanos unos de otros y sin la necesidad de hacer bolitas, como suele suceder cuando son demasiados en una o varias mesas redondas.

 

Elegí una hielera para llevar todo y metí los envases de mayonesa, mostaza, salsa cátsup, los aguacates, chiles en vinagre, cebolla morada, jitomate, lechuga italiana, queso manchego, el pan para hamburguesas, pero del grande, tocino en rebanadas y las papas fritas.

 

Realmente era un ambiente más que amigable, familiar, en el cual nos reconocíamos unos a otros bajo la sombra de nuestros respectivos ancestros. Y eso era muy bueno, porque se percibía un cálido cobijo consanguíneo.

 

Un día antes me había dedicado a cortar todo en rodajas para llevarlo en recipientes prácticos y así evitarme rebanar en el momento, de ese modo sólo haría la preparación de los panes mientras la carne se asaba y listo.

 

En la mesa se escuchaban las bromas, anécdotas, el recuerdo de las andanzas de los ausentes, la vida que corría en ese momento, los pronósticos para lo que resta del año y el que viene; la juventud de hoy, los viejos y sus mañas, la situación del país y el mundo.

 

Preparé los panes con verdadera devoción, porque cuando uno cocina para los demás, yo siempre he creído que esto se traduce en un acto de amor; es como la acción de la mujer al amamantar al bebé. El elegir los ingredientes, primero pensando en que los sabores se identifiquen en su individualidad, pero que también se lleven unos con los otros para que entre todos consigan agradar el paladar del comensal.

 

Lo que alcanzaba a observar desde la parrilla, era que todo se compartía en familia; eran seres que se habían congregado para honrar el hecho de ser familiares, de pertenecer al mismo árbol, de ser consanguíneos.

 

Dejé que la carne se asara por debajo y cuando ya soltaba un poco de jugo en la parte superior, las voltee y coloqué una rebanada de queso manchego sobre ellas.

 

Me senté por unos minutos a la mesa para esperar que las brasas hicieran su trabajo y mientras daba unos tragos a mi cerveza oscura, comencé a observar a todos de izquierda a derecha, recorriendo a toda la familia; me di cuenta de que todos habían sido unos extraños en algún momento; todos venían de diferentes lados y núcleos familiares.

 

La esposa de mi sobrino era una desconocida que hace poco se había agregado a la prole; la tía de mi sobrina era una mujer que se había casado con el hermano de su padre, por lo que también era una forastera que se arrejuntó; el esposo de mi hija era hasta hace pocos años un desconocido que venía de quién sabe dónde.

 

Me fui subiendo al árbol genealógico y caí en cuenta que mi familia estaba conformada únicamente por desconocidos, quienes poco a poco y con el paso de las décadas, se fueron juntando unos con otros.

 

F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías

T/@ALEELIASG

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