Contra el viento y la marea de sus desesperados y rabiosos opositores, el ascenso electoral de AMLO y la 4T se perfila como la tendencia sostenida y, por lo menos en el corto plazo, irreversible en el escenario sucesorio de 2024.

Suena rudo, pero no falso. Hoy, las preguntas relevantes no son acerca de la fuerza política o coalición que saldrá airosa en los próximos comicios presidenciales, sino las referidas al modo y las consecuencias en que Morena procesará la designación de su candidato, que será de modo virtual el próximo presidente.

Se dice fácil, pero es algo difícil de asimilar. A juzgar por los indicios actuales, definitivamente, no hay tiro para la contienda presidencial en puerta, ni es esperable que lo haya. De los partidos políticos opositores conocidos, sólo dos albergan una posibilidad razonable, aunque menguante, de sostenerse más allá de esta coyuntura: PAN y Movimiento Ciudadano.

Sobre el PRI y el PRD se balancea hoy la espada de Damocles. Con algunas diferencias de matiz, su suerte parece estar echada. Muy probablemente, si es que eso puede apreciarse como una ventaja, la agonía del primero está llamada a ser un poco más larga que la del segundo.

El reverso de la debacle de estos partidos en lo singular es la crisis del arreglo partidocrático emergido durante la etapa de la transición política (1989-2000), afianzado en la etapa de las alternancias presidenciales (2000-2018), y colapsado por los resultados electorales de 2018 en adelante.

En suma, la lista de decesos gana en tamaño. Con la muerte inminente de dos de los pilares de la partidocracia, ya poco importan los afanes del PAN. Queda poco, muy poco, de la poderosa sinergia de las alternancias PRI-PAN secundada por el vasallaje del PRD.

En otras palabras, en el escenario político-electoral vigente no se vislumbra hoy un contendiente con probabilidades razonables de vencer a Morena y la 4T. Frente a nuestra mirada, se cierne un formato electoral precariamente competitivo, en el que no se descarta que la primera fuerza pueda alcanzar por sí misma la mayoría absoluta.

¿Muerte de la democracia electoral mexicana? Dejo abierta la pregunta. Lo cierto es que el diseño del arreglo electoral de 1990 a la fecha encontró su naturaleza y razón de ser en la copresencia de múltiples competidores, con más de un competidor con opciones ciertas de ganar y con proclividad alta a las alternancias. E igualmente cierto resulta que los próximos años de nuestra democracia se antojan como reiteración de un juego aburrido, con poca incertidumbre en los resultados, simplemente porque la fuerza del partido en el gobierno crece incesantemente y la fuerza de la oposición decrece.

En este contexto, la neoliberal mirada de la oposición parece hacerse eco de la sesuda pregunta de Ricardo Anaya, ¿cómo es posible que la popularidad de AMLO esté tan bien y siga creciendo, a la par que la situación cotidiana de las personas y sus familias esté tan mal y siga empeorando?

La aceptación de tan ilustrada pregunta, me temo, ofrece un margen poco fructífero para indagar. Si la situación del país es tan mala y aún así crece la popularidad de AMLO, la clave ha de buscarse en la enorme capacidad de éste para engañar a sus seguidores, o bien, en la enorme discapacidad de los creyentes en la 4T para entender los daños vividos; o bien, en una combinación de ambas variables.

Un modo alternativo de observar y comprender el auge electoral de AMLO y la 4T pasa por el abandono del entender falaz de que el país está mal, de malas y empeorando. Quede claro, el problema de Ricardo Anaya, como el de los que suscriben ese modo de pensar, estriba en que da por hecho su propia percepción.

En realidad, más que preguntarse por qué los mexicanos somos tan ciegos para admitir la realidad, la pregunta radical relevante es, ¿cómo es posible ¾porque lo es y lo está siendo¾ que una proporción mayoritaria y creciente del electorado mexicano piense y se conduzca bajo el cálculo de que su situación con AMLO y la 4T es mejor, o al menos no es peor, de la tendría en caso de ser gobernado por la oposición?

Y si algo hay de razón en esta incitación a mirar las cosas de un modo diferente, quizás también sea porque estamos asistiendo a la muerte del modo neoliberal de entender y practicar el mundo.

Quizás a los economistas, tecnócratas de todo tipo o especialistas en la interpretación del mundo les resulte molesto e inadmisible. Lo cierto es que, en la nada simple tarea de construcción de la realidad, los supuestos expertos, dueños del capital cultural y simbólico, están llamados a ceñirse a la voluntad de los legos.

Y más allá de lo que los voceros expertos de la oposición rumien o argumenten, hay una visión socialmente compartida, que es favorable a AMLO y la 4T.

Fundamentalmente, lo que hoy muere con la oposición mexicana es una narrativa de inspiración economicista y neoliberal, que aportó las bases de sustentación de un arreglo plutocrático favorecedor de los intereses de unos cuantos empresarios con el apoyo ciego de la clase política partidocrática.

La narrativa de inspiración neoliberal, que hoy languidece, lo hace cediendo su espacio a una narrativa en la que la comunidad político-estatal se hace cargo y les confiere valor a las personas comunes y corrientes, con especial énfasis de las que más padecen la pobreza y la desigualdad.

Y, por si no había quedado claro, la batalla entre ambas narrativas, que está llamada a ser la madre de todas las batallas, no habrá de librarse en la academia o las universidades, aunque allí también se seguirá dando, sino en los espacios de constitución de los mundos de vida. Y es aquí donde se yergue la vitalidad de la 4T.

Quizás por lo anterior, ya es tiempo de ir considerando la muerte de la intelectualidad orgánica, tan dócil a la voluntad del poder como esperanzada a las canonjías, y el menosprecio de sus últimos arrebatos: conferirse a sí mismo su lugar como izquierda, distinguiéndose de eso que, sin entender bien a bien, osan llamar populismo.

 

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