La industria de la construcción ha permitido edificios cada vez más altos, más ambiciosos y se esperaría también que más seguros, lo cierto es que esta necesidad por hacer ciudad hacia arriba ha existido desde hace ya varios años, cuando era aún más impresionante, quizás retador, hacer edificios cuya punta se despegara más de 30 metros del suelo. Hoy el edificio más alto del mundo es el Burj Khalifa, en Dubái, con una altura de 828 metros, sin embargo, pronto este reconocimiento pasará al proyecto Jeddah Tower, en Arabia Saudita, el cual se espera que finalizando su construcción rebase los 1,000 metros de altura.
Louis Sullivan (1856–1924) fue un arquitecto estadounidense considerado el padre de los rascacielos, obras como el Auditorium Building (1889) o el Wainwright Building (1891), de las primeras en emplear el acero entre sus materiales, han posibilitado nuevas formas de vivir la arquitectura y la ciudad.
El pasado 27 de mayo el icónico Edificio Chrysler (1930) en la ciudad de Nueva York cumplió 95 años de inaugurado; esta obra ha visto pasar tragedias de todo tipo, ha testificado, como muchas otras, el caer y levantar de muchos edificios más. Hoy el concreto y el acero son materiales básicos en construcciones de este carácter, una cimentación que puede medir más que la propia altura del edificio da alivio a quienes lo construyen y viven.
Edificio de estilo Art Déco, el Chrysler fue diseñado por William van Alen, de manera escalonada en su parte baja para el paso de la luz natural a la gran mazana. Con 319 metros de altura, este proyecto inauguró la carrera de van Alen en cuanto a rascacielos se refiere, siendo éste, el Chrysler, el más alto en Nueva York por un corto tiempo; el título pasó en cuestión de meses al Empire State Building, de 1931 y 443 metros de altura. En Puebla el Art Decó lo vemos, por ejemplo, en el Cine Reforma (1939), en la esquina de Reforma y 5 norte, edificio hoy ocupado por una tienda departamental.
Cómo habrá impactado la escala del edificio Chrysler en su época, hoy que la obra más alta de toda América Latina es incluso más pequeña; se trata de la Torre Obispado (2020) en Monterrey, con una altura de 305 metros. En Puebla tenemos Torre Inxignia, sus 233 metros de altura la convierten en la más alta de la ciudad, 86 metros más baja que la próxima neoyorquina en llegar al siglo de existencia.
Pero claro, la seguridad estructural debiera garantizar que las propuestas arquitectónicas se mantengan de pie, trabajando estas dos profesiones a la par. Existen obras que llevan años impresionando al ciudadano que ve en esta rigidez incluso después de tragedias que tiraron edificios (antiguos y recientes) con la facilidad de quien sopla un castillo de naipes.
Para los mexicanos la Torre Latinoamericana (1956) es una de las tantas obras que relatan, desde la experiencia, sismos como los de 1985 y 2017, un símbolo arquitectónico de resistencia y resiliencia, como la de los millones de ciudadanos también. La clave en todo edificio de esta naturaleza comienza en su cimentación, un sistema de profundos pilotes garantizan la seguridad que el suelo no puede, desplantados en una zona donde la ciudad se hunde sin que eso detenga su desarrollo vertical.
La ingeniería, hoy más que nunca, ha sido aprovechada por la arquitectura para dar rienda suelta a diseños cada vez más llamativos e innovadores. Lo cierto es que la carrera por ser el edificio más alto ha dejado a cientos de estos vacíos, construidos con el único propósito de llegar a cierta altura; mera ambición inmobiliaria que tapa con su sombra necesidades urbanas y sociales, aquellas que desde las alturas, al parecer, no alcanzan a verse.
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