Desde el año 1945 se tomó la iniciativa de celebrar el 16 de octubre el Día Mundial de la Alimentación por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Uno de los principales objetivos de este evento es aumentar la conciencia pública del problema del hambre y la forma en cómo la población humana se alimenta en el mundo. De inmediato surge la pregunta: ¿Qué tan grave es este problema?
Con información de la FAO del año 2015, se tiene que solo con doce especies vegetales y cinco animales, se provee más del 70 por ciento de los alimentos que consume la población mundial, destacando los cereales como el trigo y el maíz, y el ganado vacuno.
Esto trae implicaciones sociales, tecnológicas y biológicas preocupantes, ya que en la medida que la alimentación es más homogénea en el mundo, aumentan el riesgo del hambre, vulnerabilidad de los pueblos para acceder a alimentos de buena calidad y pérdida de biodiversidad. Encontramos un mercado de alimentos controlado por empresas trasnacionales o países productores de cereales o ganado vacuno lechero (por ejemplo Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, entre otros), que hacen que países como México tengan problemas severos de soberanía para alimentar a la población humana.
Dos datos nos muestran cómo México es deficitario en alimentos básicos para la población humana: según datos del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), en el año 2016 México importó 14.2 millones de toneladas de maíz y 2,541 millones de litros de leche (el 34.9 por ciento y 18 por ciento del Consumo Aparente Nacional, respectivamente).
Por otro lado, la alimentación no es solo un problema de producción y acceso a alimentos, sino también de hábitos alimenticios de la población. El Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), reportó que durante 2012 a 2016 el problema del sobrepeso y la obesidad en México creció diez puntos porcentuales en mujeres adolescentes rurales, situación muy delicada porque implica tener a casi el 40 por ciento de mujeres rurales con sobrepeso y obesidad en solo cuatro años; en un contexto en donde las personas son menos inactivas. Esto ha traído consecuencias contradictorias, podemos tener un obeso con anemia debido en gran parte al consumo de harinas, grasas, carbohidratos; pero con poco consumo de alimentos ricos en vitaminas, hierro, minerales y proteínas.
Un estudio en el año 2015, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), encontró que Estados Unidos es el país con mayor porcentaje de obesidad y sobrepeso (con el 38.2 por ciento de la población mayor de 15 años), México ocupa el segundo lugar con el 32.4 por ciento de la población y Nueva Zelanda le sigue, con el 30.7 por ciento.
Ante este panorama complicado, se han hecho varias acciones gubernamentales y no gubernamentales para mejorar la dieta alimenticia y la nutrición de las familias. De manera particular desde el año 2016, investigadores de la Universidad Autónoma Chapingo, el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A C, la Universidad Autónoma del Estado de México a través del Instituto de Ciencias Agropecuarias y Rurales (ICAR) y de El Colegio de Tlaxcala, A C, encabezan a un grupo de investigadores, campesinos y grupos sociales que realizan un proyecto de investigación-acción e intervención en 13 localidades del mismo número de estados en la República Mexicana. El proyecto está financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el objetivo primordial es construir prototipos que contribuyan a la seguridad y a la soberanía alimentaria de las comunidades.
En el estado de Tlaxcala se eligió una localidad rural del municipio de Españita con problemas de pobreza alimentaria y marginación. Desde el año 2017, investigadores de El Colegio de Tlaxcala, A C y la Universidad Autónoma de Tlaxcala han estado trabajando de manera conjunta con un grupo de 7 familias campesinas y la escuela primaria (grupo que se la identificado como Grupo de Investigación-Acción Participativa –GIAP-). La metodología principal ha sido la investigación participativa y el trabajo colectivo con mujeres y varones adultos; niños y maestros de la escuela primaria.
En la fase inicial diagnóstica se pudo confirmar que la mayoría de los hogares de la comunidad compran alimentos que antes producían como tortillas de maíz, frijol, algunas hortalizas y verduras como jitomate, cilantro, calabaza, entre otras. Además han dejado de consumir otras especies vegetales como las verdolagas, quelites y pulque (como bebida natural), debido a dos situaciones lamentables: a) la reducción de la población de estas especies vegetales y, b) el riesgo a intoxicarse por el uso excesivo de plaguicidas en la producción de cebada, trigo y tomate de cáscara.
Con los estudiantes y maestros de la escuela primaria se confirmó que los niños y niñas saben identificar a la comida chatarra de la comida nutritiva, pero a pesar de los esfuerzos del personal de la escuela por reducir el consumo de galletas, gelatina, frituras, refresco, jugos procesados, tortas de embutidos, entre otros alimentos ricos en harinas y grasas; esto no se ha logrado. De viva voz los niños y niñas señalaron los alimentos que comen durante los recesos o recreo, y el 90 por ciento mencionó el consumo de los alimentos señalados.
Con esta información se realizaron talleres con niños y niñas de los seis grados de primaria para contribuir a aumentar el consumo de comida nutritiva barata y reducir el consumo de comida chatarra. También se han impartido pláticas a los padres de familia con la misma intención, haciéndoles saber los riesgos a la salud ya que pueden ser más propensos a enfermedades crónico degenerativas como la diabetes.
Por otro lado, se impartieron cursos de capacitación a integrantes de las siete familias del GIAP para elaborar alimentos más nutritivos a partir de especies vegetales que ellos mismos pueden producir en su traspatio. En la actualidad en el componente productivo del proyecto, se están instalando siete huertos agroecológicos para producir especies vegetales nutritivas y que son frecuentes en la gastronomía de la población.
Falta mucho por hacer, pero hasta ahora se ha avanzado en contribuir a la producción de alimentos nutritivos con tecnologías agroecológicas y a tener consumidores (niños y adultos) mejor informados sobre las consecuencias de comer comida chatarra.
¡Vamos por una producción de alimentos inocuos y una alimentación más nutritiva, en donde la sociedad, los investigadores y las autoridades tenemos mucho que aportar!
Alfonso Pérez Sánchez
Profesor-investigador de El Colegio de Tlaxcala, A.C.


























