Escrito por: Gabriel Sánchez Díaz

La dignidad, el respeto, la escasa o nula legitimidad de “nuestros representantes populares” no se gana u obtiene por decreto de sí mismos. La aplicación de una plasta de maquillaje les resulta prioritario para fingir respetabilidad y responsabilidad. Lavar la desaseada imagen de los “dueños de paso” de una curul en San Lázaro o de cualquier congreso local también.

Para contrarrestar su pésima imagen los legisladores de medio tiempo se aprestan a regular su “buena conducta”. Resultan notables sus buenas intenciones de cambiar radicalmente su conducta en las cámaras respectivas, pero no es suficiente. Los buenos deseos son sólo eso, buenos deseos.

Llevará un tiempo considerable poder apreciar a “congresistas” de ambos niveles jerárquicos y todas las expresiones políticas expresarse sin comentarios misóginos, homofóbicos o racistas.

Estos como todos los servidores públicos deben recordar a quién se deben y no olvidar que no son “jefes”. Quizá sus “azarosas” vidas no les permitan conducirse con ética, pero tendrán (ellos no logran ver que es su deber) que hacer “un gran esfuerzo” para abstenerse de mandar comunicados, imágenes o textos que contengan alguna ofensa. En la realidad, existe una distancia abismal entre los diversos códigos de conducta de las cámaras de diputados y senadores y su forma de tratar a “sus representados”. Letra muerta: “los servidores públicos deberán dar un trato digno y respetuoso a las personas con las que trabajen y a otros legisladores”. Ya veremos, pues no son extrañas ni pocas las escenas de legisladores antes o después de las sesiones, verles y escucharles hablando con albures, tocándose o pegándose en los genitales, al mismo tiempo que ríen con estridentes carcajadas.

Textual: “No deberán discriminar a nadie por su apariencia física, modo de hablar, idioma en el que se expresen, forma de vestir, de comportarse, por su color de piel, religión, situación familiar o económica, preferencias sexuales, de origen étnico, preferencias políticas, estado civil, entre otros» (La Jornada de Oriente Digital, julio 02, 2019). Para hacer esto posible, resulta determinante más que fundamental que los legisladores inviertan en paciencia, tolerancia y respeto. De lo contrario, más letra muerta. Quizá un curso mínimo necesario: ¿Cómo ser un buen diputado?, les haga falta para tener por lo menos una noción de lo que hacen sentados en un curul percibiendo una dieta que no les permite estar a dieta. Quizá sea mucho pedir y ya que están en esa buena disposición ojalá sean congruentes y también se apeguen a su Ley de Austeridad que aprobaron recientemente con sobradas muestras de despilfarro y el consumo excesivo de licores mexicanos y de importación.

Si los legisladores federales siguen consintiéndose e insisten en consumir bebidas alcohólicas en horas de trabajo, es decir, cuando están formulando, discutiendo, aprobando o desaprobando alguna iniciativa de ley que beneficien o afecten a los mexicanos sin distinción alguna, entonces hablamos de beodos con charola, legisladores adictos que inventan leyes para criminalizar a otros adictos de “alta peligrosidad que deambulan en las calles”. Los otrora suspirantes y encantadores de ingenuos oídos ahora acostumbrados al “viernes social”, no quieren perder sus “privilegios” y necesitan para seguir “trabajando” de un “pequeño estimulo”, estar “lucidos, con las neuronas funcionando al cien”. Dicen ellos: “Con nuestros amigos tarahumaras y les invitan unos tehuinos y vas a decir que no porque es ilegal”.

Entre ellos se conocen y algunos muy bien. Estos alegres compadritos del Congreso de la Unión y de la mayoría de entidades federativas comparten el mismo baso, botella y hasta la misma ocasional pareja sacada (previo pago de jugosa comisión) de algún bar o prostíbulo de lujo. No contentos con esto, los borrachos de la barriada legislativa quieren seguir la parranda en pleno Palacio Legislativo. Conocen la vergüenza, pero es su tiempo de ser cínicos y lo aprovechan a su manera, en la abundancia: Dinero, drogas, mujeres, poder, ¡OOh! Esperemos que el consumo de alcohol y tabaco (incluyendo puro) en ambas cámaras no sea discrecional, sino, real. De lo contrario, algún día los señores diputados deberán legislar para que en todas las instancias de la administración pública federal y las locales, sea legal ingerir bebidas embriagantes o llegar en estado de ebriedad a “trabajar”.

Sarcasmo: En sus convivios y festines de todo el año, los legisladores federales invitan a compartir “El pan y la sal”. La humildad de esa comida no existe en absoluto. Pues, se trata de ostentosos banquetes no comprados en la fonda de la esquina, sino, sobre pedido a empresas restauranteras de alta cocina para los “exigentes y finos paladares de nuestros falsos representantes populares”.

En esos atracones, dignos del más enfermo y decadente cortesano, el alcohol es barra libre, no hay límite, la gula en toda su expresión. Y para ejemplos no hay que ir lejos: Los diputados locales de Tlaxcala y sus deslices frente al público, atragantándose sin límite frente a la gente que espera a ser atendida por estos mediocres “servidores públicos”. Los legisladores que al calor de las copas en una posada quiebran una piñata con la forma de TRUMP.

Será honesto el senador Ricardo Monreal cuando dice: “Son, a veces, los efectos etílicos”. “Usted sabe por qué lo digo, y lamento mucho que esto suceda en una asamblea. Me avergüenza y me apena este ambiente”.

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