Luis Manuel Vázquez Morales
Los Nueve de la Fama fueron personajes históricos considerados como los máximos representantes del ideal de la caballería. Jacques de Longuyon fue el primero en agruparlos bajo este nombre en su Voeux du Paon en 1312. Se les estructuró en tríadas, según su religión, mostrando a los mejores caballeros del paganismo, el judaísmo y el cristianismo. Su elección pronto se convirtió en un tema común en la literatura y el arte de la Edad Media y quedó establecida en la imaginería popular.
Estos nueve personajes son, de la época pagana: Héctor de Troya, Alejandro Magno y Julio César. De los tiempos del Antiguo Testamento: Josué, conquistador de Canaán, David, rey de Israel y Judas Macabeo, reconquistador de Jerusalén. Finalmente, del periodo cristiano: el Rey Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillón, uno de los líderes de la Primera Cruzada.
Este modelo trascendió el ámbito de la literatura medieval del siglo XVI en Europa para ser presentado en la crónica “Consuelo de penitentes o Mesa franca de espirituales manjares” del fraile agustino fray Antonio Osorio de San Román, esta obra fue escrita durante su estancia en la Nueva España entre 1575 y 1581.
Fueron dos las razones por las que tituló su obra de esta manera. Por ser Consuelo de penitentes, es de fuerza que se traigan ejemplos vivos, que hagan la penitencia suave, que provoquen al fervor de mayores obras, y que espanten por sus hazañosas obras, y llamen a Dios, a los que le olvidan.
Por otra parte, Mesa franca, porque se ha propuesto el bien de Dios a toda suerte de gente, por lo que será forzoso hablar en particular de los convidados que Dios tiene en estas tierras de las Indias de la Nueva España. Sobre este aspecto hace alusión de las bodas reales referidas en Mateo y Lucas, a las que muchos fueron invitados y pocos los asistentes. Para que el título no ofendiese a personas humildes, se le agrego Consuelo de penitentes. El autor insiste en distintas partes de su obra sobre la necesidad de que el cristiano debe estar siempre presto con el traje de boda de la gracia santificante para poder entrar a participar y sentarse en la Mesa franca.
En general el autor intenta ofrecer a esta cristiana república de la Nueva España, el ánimo y los sacrificios de los agustinos, ve justo que sea público y en molde ande por manos para que otras ciudades de España, provocadas por este ejemplo no carezcan del fruto del ministerio y singular doctrina, que, con tanta edificación y consuelo de estos reinos, la mano liberal del señor ha hecho larga merced a los hijos de San Agustín, que es el demóstenes cristiano cuya suavísima y sólida doctrina, es paraíso de las almas católicas.
Continúa diciendo, y así será mi perpetuo cuidado seguir el orden de esta mesa del evangelio, sirviendo de doctrina para todos gustos. Incluye testimonios del autor sobre las Indias de la Nueva España, de los españoles que la habitan y destaca la devoción mariana de los españoles y de los indios.
Habla de las características de los indios, su religiosidad, capacidad mental, austeridad y modo de vida. Un punto primordial para el autor es la laboriosidad y abnegación de los misioneros. En este sentido, ve que en los reinos de la Nueva España la gente es la más religiosa del mundo en el culto y los sacrificios del demonio, ya que estaban tan cansados de matar hombres y deseosos de ver al hijo de Dios que ellos esperaban y que al llegar dejaron de derramar sangre.
Como él mismo refiere, de la Mesa franca, será forzoso hablar en particular con los convidados, que Dios tiene en estas tierras de las Indias, donde algunos con más libertad que aquellos que Dios dice haber combidado en su evangelio, dan sus excusas de ser buenos.
Será en el tratado cuarto donde se pone, en suma, la vida de los nueve varones de la fama de las Indias de la Nueva España, para consuelo de los que en toda parte buscan a Dios, y para confusión de los que, por estar en Indias, se excusan de ser virtuosos.
Antes de entrar en materia, hace alusión a San Jerónimo en las vidas de los padres, que el por sus ojos había contemplado, para mover a penitencia y dar consuelo a penitentes. De la misma manera, alaba la figura de San Agustín: “Así mi divino padre San Agustín representaba a sus clérigos las grandes abstinencias, largas vigilias, y celestial caridad de sus frailes los ermitaños, para aficionarlos a la virtud, y reducirlos a Dios”.
Por tal motivo, el autor considera que hay muchos que, con temeraria resolución, dan por averiguado que en Indias no ha lugar el ejercicio de la virtud, y por esto viven muchos, francos como en ferias.
Por lo tanto, para el autor, conviene ver vidas de hombres nuestros, que hoy e nuestros días, refrescaron los hechos apostólicos, y ganaron coronas de ilustres y famosos caballeros de Cristo en la iglesia.
Para responder eficientemente a todos los detractores y cumplir con mi obligación de deshacer excusas a los convidados de esta mesa, escogí nueve varones, que, en estas Indias fueron señalados en santidad, que sus obras solas, sin rodeo de razones, bastan cumplidísimamente a dar el desengaño y respuesta cumplida de esta duda. Y pues una de las grandes alabanzas que nuestra santísima creencia tiene, es las costumbres santas, que los varones católicos profesan y siguen; fuerte testimonio será la famosa vida de estos nueve para el buen crédito, que de los buenos cristianos de esta tierra se debe tener.
Puntualiza Osorio de San Román, si los puse de título, Nueve de la fama, no se debe tener por mal usurpado este nombre, pues vistas sus vidas, se hallará cuan justamente merecen el renombre de famosos que les dan estos reinos.
Los nueve varones de la fama de las Indias de la Nueva España son, por parte de los agustinos: Fray Juan Bautista Moya, Fray Antonio de Roa y Fray Francisco de la Cruz. Los franciscanos: Fray Martín de Valencia, Fray Andrés de Olmos y Fray Juan de San Francisco, y finalmente los dominicos: Fray Cristóbal de la Cruz, Fray Domingo de Betanzos y Fray Tomás del Rosario.
Para Osorio de San Román, la Nueva España es una tierra avecindada de muchos varones santos, que en ella viven. Hay grande ocasión de darse a todo ejercicio santo de letras y virtud. Si vicios hay humanos, no por eso es mundo nuevo, y así no es justa excusa la de los unos, ni verdadera opinión de los otros.
Esta obra es fundamental para historiografía colonial del siglo XVI, ya que es la primera que presenta la vida de los santos varones, años antes de que fuera plasmada en las grandes crónicas de las distintas órdenes religiosas. Finalmente, es la única que reúne la vida de nueve frailes, tres de cada orden.
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