El choque fue terrible: un día entero duro aquel combate, y Xicoténcatl, que había perdido en él ocho de sus más valientes capitanes, tuvo que retirarse, pero sin creer por esto que había sido vencido, y esperando el nuevo día para dar una nueva batalla.

Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha hasta llegar al cerro de Tzompactepetl, en cuya cima un templo le prestó asilo para el descanso de aquella noche.

Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.

Se dio un día de descanso a las tropas.

Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo que los españoles, a combatir de nuevo.

Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á Xicoténcatl un armisticio.

Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.

Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.

Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció después puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.

Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya que su valeroso general los llevaba a atacar resueltamente el campamento del ejército de Xicoténcatl.

Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército apareció a su vista en una extendida pradera.

El espectáculo era sorprendente.

Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la luz del nuevo día.

En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo, orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la indómita República.

Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo repitieron confusamente.

El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra: los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.

No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no sintiera un estremecimiento de pavor.

El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del sol.

Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de joyas y de estandartes.

Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.

Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como dos luchadores.

Pasó entonces una escena espantosa, indescriptible.

Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar.

Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los españoles sobre el desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los soldados de Cortés.

Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse.

Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en una espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como él agua de los arroyos.

Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y desaparecían unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango sangriento.

La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los que militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos.

El pueblo y el senado de Tlaxcala se desalentaron con la derrota. Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la patria.

Las almas grandes son como el acero; se templan en el fuego.

Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser atacados durante la noche.

Y el pueblo y el senado creyeron.

Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los cuarteles de los españoles.

Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie a sus soldados.

Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los montes.

Los tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los cañones y los arcabuces dieron la victoria a Cortés.

El senado de Tlaxcala culpó la indomable constancia del joven caudillo, y le obligó a deponer las armas.

Los españoles entraron triunfantes a Tlaxcala.

El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó a las montañas.

El senado de la República, que nada había hecho en favor de la independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores, destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituido en sus honores.

Eran los primeros días de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital del imperio azteca, de dónde había salido fugitivo y casi derrotado en la célebre noche triste y con un ejército poderoso compuesto de españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.

En las filas de los tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes. Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general, aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta alianza.

Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande horca.

Estamos en Texcoco.

El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste a las cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.

Por el camino de Tlaxcala llegaba un grupo de peones y jinetes conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.

Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del lago.

El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero no se estremeció siquiera.

Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante la muerte.

Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles Tlaxcaltecas.

Xicoténcatl, que comenzaba ya a comprender el español, contestó la sentencia con una sonrisa de desprecio.

Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.

La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte, rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro de muerte.

El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella República espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los soldados de Cortés le contemplaban con admiración.

A lo lejos, algunos tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el patíbulo de la libertad de una nación.

Aquí culmina la obra de Vicente Riva Palacio Guerrero, en la que plasma un sentimiento nacionalista sobre la vida de este personaje, emblema de la sociedad tlaxcalteca. La historia del siglo XIX se basaba en la existencia de fuentes documentales para dotar de veracidad el discurso histórico. Si tal fuera el caso, la información sobre Xicohténcatl es muy escasa, de tal manera que, desde diferentes ámbitos, particularmente de la literatura, se ha conseguido conocer al joven indómito, que con su valor ha dotado de identidad a muchas generaciones de tlaxcaltecas.

luis_clio@hotmail.com

@LuisVazquezCar

 

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