La política de Porfirio Díaz durante el último tercio del siglo XIX se consolidó gracias al rigor con que mantuvo a la nación para mantener el orden. “Lo que sabía era dominar el presente, conquistarlo y subyugarlo con mucha más habilidad que violencia. Su desmesurada ambición de mando oscureció algunas de sus grandes cualidades políticas y no supo ni quiso educar al pueblo para el ejercicio de la democracia”.
En lo que se refiere a Justo Sierra, se adaptó al porfirismo y transigió con él, porque sabía que al hacerlo podía realizar su máxima aspiración: la educación del pueblo. No vaciló en ceder cuantas ocasiones lo juzgo necesario. Los recursos económicos asignados a la educación pública nunca fueron suficientes y más bajo un gobierno que se jactaba ante la nación y el mundo, de haber logrado resolver definitivamente el problema económico de México.
Las actividades culturales de Justo Sierra no disminuyeron en este periodo, aun después de ser nombrado Magistrado de la Suprema Corte de Justicia en 1894. Al año siguiente viajó a Estados Unidos y publicó el libro “En tierra Yanqui”. Después de un viaje a Madrid en 1900, donde representó a México en el Congreso Social y Económico Hispanoamericano, regresó para hacerse cargo de la Subsecretaria de Instrucción Pública y Bellas Artes, cargo que desempeñó hasta 1905, cuando fue nombrado secretario de la misma institución.
Con motivo del centenario del natalicio de Benito Juárez, aparecieron dos obras de gran trascendencia, “Juárez su obra y su tiempo”, del propio Justo Sierra y “El verdadero Juárez” de Francisco Bulnes. El primer libro es muestra de un romanticismo historiográfico muy elocuente sobre la figura del benemérito de las Américas, mientras que el segundo, más crudo, provocó revuelo por los artículos, folletos y libros que abordaron estos temas.
De la generación de 1906 de la Escuela Nacional Preparatoria, egresó un grupo de jóvenes con actividades culturales que después le dio forma al Ateneo de la Juventud. Pedro Henríquez Ureña, “le dio un sentido diferente a las reuniones que solían tener los intelectuales, las cuales oscilaban entre la tertulia y la bohemia”. Pronto se convertiría en el dirigente de este grupo, dijo que los miembros no habían ido a Europa para inspirarse en las viejas tradiciones académicas, sino a contemplar las nuevas creaciones y observar el libre juego de las creaciones novísimas; al regresar contaban con la capacidad de descubrir todo lo que daban de sí la tierra nativa y un pasado glorioso artístico”.
En el Ateneo no trataron de negar que el positivismo había tenido un puesto de primer orden en la formación del alma mexicana, fueron demoledores del fetiche de Gabino Barreda. En palabras de Antonio Caso, fue un bien para ellos haber sustituido la escolástica por la doctrina de Augusto Comte y el verbalismo de la instrucción gramatical formal, con el conocimiento de las ciencias.
Justo Sierra tuvo en los ateneístas la respuesta que había buscado por muchos años. “Con ellos, que alrededor de 1908 ya habían concluido sus estudios profesionales, se podía enriquecer la planta docente de la Escuela Nacional de Altos Estudios”, donde se realizaban investigaciones superiores de alto nivel. Esta escuela es el antecedente de la actual Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
El Ateneo daría al mundo un pintor de rango universal en la figura de Diego Rivera, un maestro de filosofía como Antonio Caso, al pensador José Vasconcelos, al novelista Martín Luis Guzmán, y los críticos de literatura Pedro Henríquez Ureña, Antonio Castro Leal y Carlos González Peña.
Justo Sierra era un gran seguidor del positivismo, lo ajustó al área de las humanidades como parte de la educación literaria mexicana. Para él, la literatura y las humanidades no tenían lugar en el positivismo, situación que lo llevó a incorporar a los centros educativos mexicanos su tratamiento de la mano de los miembros del Ateneo.
La idea de fundación de la Universidad Nacional en 1910 consistió en articular las escuelas existentes con la Escuela Nacional Preparatoria; se retomó el proyecto de 1881, pues desde el primer momento se contó con el apoyo de los científicos, grupo al que pertenecía José Ives Limantour, del que consiguió el financiamiento, además de las escasas reuniones que tuvo directamente con el presidente Porfirio Díaz.
El gobierno federal podría poner bajo la dependencia de la Universidad a otros institutos superiores y a las instituciones que se funden con recursos propios bajo previa autorización del ejecutivo, para ello, tendrán que someterse a reglamentos especiales. Así mismo, el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, será el jefe de la Universidad, en este caso Justo Sierra; su gobierno quedó a cargo de un rector y un Consejo Universitario. El rector será nombrado por el presidente de la República, con la facultad de presidir al Consejo Universitario para inspeccionar su funcionamiento y el de las demás instituciones dependientes de ella.
Justo Sierra ofreció a los ateneístas un espacio para formarse y desarrollarse, ya que la fundación de la Universidad Nacional fue un severo golpe al positivismo, credo filosófico que se encontraba en crisis y del que se había desligado. En 1910 tuvieron lugar tres acontecimientos relacionados con la educación nacional, el 13 de septiembre se inauguró el primer Congreso Nacional de Educación Primaria; el 18, la Escuela Nacional de Altos Estudios, y finalmente, el 21, la Universidad Nacional.
A la inauguración fueron invitados los prestigiados profesores de las instituciones más importantes de Estados Unidos y Europa. Justo Sierra, secretario del Despacho de Instrucción Pública y Bellas Artes, presentó el discurso inaugural; mientras que la declaración de la inauguración estuvo a cargo del presidente Porfirio Díaz. En ese acto se confirió el grado de doctores a los docentes de la Universidad Nacional de México.
Los jóvenes del Ateneo se identificaron, en su mayoría, con la universidad. Su combate al positivismo les dio una clara significación. Por si sola, era una institución antipositivista, tal como se presentaba en su nueva versión de 1910. La Universidad tenía en los ateneístas a colaboradores muy valiosos y ellos tenían un ámbito donde desarrollar un magisterio y tratar de profesionalizar el estudio de la filosofía y de las letras.
Por otra parte, las actividades educativas y educativas de Justo Sierra, se vincularon con la difusión de la historia en todos los niveles de enseñanza. En 1878, editó un “Compendio de la Historia de la Antigüedad”; diez años después en 1888, publicó “Elementos de historia general para escuelas primarias”; en 1891, el “Manual de Historia General”; en 1894 “Elementos de historia patria” y “Catecismo de historia patria”; en 1900, “México: su evolución social”; y entre 1905-1906, se inició la publicación de “Juárez, su obra y su tiempo”. Además, fue invitado por Vicente Riva Palacio para colaborar en “México a través de los siglos”, donde se le ofreció escribir el tomo cuatro, declinó por sus actividades políticas, pero no se excusó de leer completa la obra y realizar un examen crítico, donde llenó de elogios al coordinador.
Con el apoyo del gobierno, Justo Sierra inició la publicación de la que será su obra más significativa “México: su evolución social”, libro colectivo con el que quiso imitar a Riva Palacio al ofrecer una visión general de la evolución social, territorial, económica, poblacional y política de México, con la idea de que la historia la mueve el hombre.
En las postrimerías del régimen porfirista renunció al cargo de Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, para reiniciar sus clases en la Escuela Nacional Preparatoria. El 30 de abril de 1912 viajó a España como Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de México. Murió en Madrid el 13 de septiembre de ese mismo año. El presidente Francisco I. Madero ordenó repatriar sus restos para enterrarlos con los honores correspondientes, como padre de la educación mexicana y por supuesto, de la Universidad Nacional.











