Una forma de entender la dualidad entre luz y sombra, origen y transformación

El concepto del yin y el yang proviene de la filosofía taoísta china y representa la dualidad presente en todo lo que existe: luz y oscuridad, frío y calor, actividad y reposo, lo masculino y lo femenino. Lejos de ser opuestos en conflicto, estas energías se complementan y se necesitan entre sí para mantener el equilibrio de la vida. Esta idea, milenaria y universal, también encuentra eco en distintas expresiones culturales de México.

En la cosmovisión mexica, por ejemplo, se veneraba a Ometéotl, una deidad dual compuesta por Ometecuhtli y Omecíhuatl, que representaban el principio masculino y femenino unidos como origen de todo lo existente. Esta energía creadora y equilibrada simbolizaba el balance fundamental del universo. Asimismo, el concepto de Téotl, presente en la tradición nahua, comprendía a lo divino como un flujo en constante movimiento entre orden y desorden, vida y muerte, lo visible y lo invisible.

En Tlaxcala, estado donde persiste un fuerte vínculo entre lo prehispánico y lo mestizo, esta visión del equilibrio también se manifiesta a través de tradiciones populares. El Carnaval de Huehues, por ejemplo, mezcla el rito indígena con elementos coloniales, en una danza que representa el juego entre lo festivo y lo solemne. Por otro lado, las celebraciones del Día de Muertos no solo honran la vida, sino que abrazan con respeto a la muerte como parte necesaria del ciclo vital. Incluso en expresiones artísticas como los tapetes de aserrín o los murales de identidad local, se pueden encontrar referencias simbólicas a la dualidad: lo ancestral frente a lo contemporáneo, la tierra y el fuego, el silencio del campo frente al bullicio de la fiesta.

Entender y aplicar la energía del yin y el yang en la vida cotidiana puede ayudar a encontrar una mayor armonía personal y emocional. Se recomienda, por ejemplo, aceptar los momentos de descanso o tristeza como necesarios, en lugar de evitarlos. Así como la noche prepara el camino para el día, las pausas permiten recuperar energía para avanzar. Practicar la autoconciencia emocional, el equilibrio entre trabajo y ocio, y buscar espacios de reflexión, como la meditación o el contacto con la naturaleza, también son formas de honrar esta filosofía.

Finalmente, recordar que no se trata de elegir entre lo bueno y lo malo, sino de reconocer que ambas fuerzas conviven en todo lo que somos. El equilibrio no siempre es estabilidad, sino el flujo entre extremos. En tiempos donde se valora más la productividad y la positividad constante, recuperar esta sabiduría ancestral puede ser una herramienta para vivir con mayor autenticidad, desde un centro interior más consciente y sereno.

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