El legado de Josefa Gaby de Melchor: bordadora, maestra y defensora de las raíces otomíes
Basta con mirar una blusa bordada de Ixtenco para entender que ahí no solo hay color, sino historia, linaje y resistencia. Cada hilo es un relato, una enseñanza que sobrevive gracias a mujeres como Josefa Gaby de Melchor, nacida en el corazón otomí de Tlaxcala, en San Juan Ixtenco, y quien desde los once años supo que el bordado sería más que una forma de ganarse la vida: sería su herramienta para honrar a las mujeres que la precedieron y sembrar dignidad en las que vendrían.
Aprendió de su madre y de su abuela, como lo hicieron también sus hijas, nietas y bisnietas. A los catorce años ya estaba casada, cosía día y noche para sacar adelante a su familia. Pero lo que comenzó como una necesidad se transformó en una causa. Josefa no solo bordaba, enseñaba. No solo vendía, compartía. No solo hablaba español, defendía el otomí. No solo fue madre y abuela, fue matriarca de una tradición que se niega a morir.
Entre las telas que tocaron sus manos están el vestido ganador de la Reina de la Feria de Huamantla, el traje típico con el que la Señorita Tlaxcala triunfó en el certamen de Miss México, y el diseño que representó al estado y obtuvo el primer lugar en un concurso nacional en el Hotel de México, en la capital del país. Cuatro veces participó, y en todas dejó huella. Pero para ella, el verdadero triunfo no estaba en el aplauso, sino en ver a sus alumnas coser por primera vez o a una niña orgullosa de portar su traje típico con bordados ancestrales.
Instalada en un pequeño rincón en la plaza Xicohténcatl, Josefa es recordada por muchos, ella no solo vendía sus prendas, tejía comunidad. También fue profesora en la escuela Gabriela Mistral de Huamantla, donde formó generaciones de niñas y jóvenes en el arte del pepenado, una técnica de bordado que, gracias a su esfuerzo, no se perdió. Su activismo silencioso incluyó la defensa del agua en Ixtenco, luchó junto a otras mujeres para proteger los veneros y evitar que se cobrara por el agua rodada, una lucha por el territorio que pocos conocen, pero que dejó resultados duraderos.
Hoy, a ocho años de su fallecimiento, su legado vive en las palabras de sus descendientes. Su bisnieta Fernanda Santana Melchor recuerda que la enseñanza de su bisabuela rompía esquemas: “Nos enseñó que la mujer no tenía que ser sumisa, que podíamos llevar la casa, ser independientes y fuertes”. En esa enseñanza, las Melchor se volvieron mujeres proveedoras, tejedoras de historia, defensoras de su cultura.
Jennifer Melchor Ronquillo, otra de sus nietas, afirma que Josefa fue una de las grandes artesanas de Ixtenco, pero también una firme activista cultural: “Ella decía que había que luchar por nuestros derechos y para que no se perdieran nuestras tradiciones”. Gracias a su trabajo y el de otras mujeres, el traje típico de Ixtenco se convirtió en emblema estatal, y el bordado otomí se mantiene vivo no como una reliquia, sino como una práctica cotidiana, llena de orgullo y de memoria.
Josefa bordaba rápido. Sus manos sabían delinear águilas, camellos, pájaros, rosas, patos y venaditos, y también trabajar con chaquira. Pero más allá del virtuosismo técnico, lo que realmente bordaba era identidad. “La gente más antigua era más lista, cuidaban su agua, su monte, su lengua”, decía con nostalgia, pero también con esperanza. Para ella, preservar las tradiciones era un acto de nobleza.
Hoy, las mujeres de la familia Melchor cosen, enseñan y defienden el bordado como herramienta de empoderamiento y el otomí como lengua viva. En cada ceñidor, en cada blusa, en cada hilo teñido de historia, vive Josefa. Porque como bien dijo una vez: “No debemos olvidar a nuestro pueblo”. Y ellas no lo han hecho.




























