Jennifer Melchor, curandera tradicional de Ixtenco, comparte los secretos ancestrales para proteger el espíritu y el cuerpo del mal de ojo y las malas vibras.
En el corazón del pueblo mágico de Ixtenco, a los pies de La Malinche, aún se escuchan los cantos antiguos que acompañan las hierbas al ser cortadas. Entre aromas de romero, ruda y pétalos de rosa, Jennifer Melchor Ronquillo, curandera tradicional, prepara lociones y aceites que, dice, “no sólo sanan el cuerpo, sino también el alma”.
“Nosotros hacemos lociones y esencias para proteger la energía de las personas. Cada mezcla lleva un ritual: pedimos permiso a los ñujus, los seres de las plantas, para poder tomar su energía. Luego se maceran bajo la energía del sol o de la luna, dependiendo de lo que se necesite”, explica mientras sostiene un frasco color ámbar que huele a flores secas y resina.
Jennifer asegura que la mala energía es tan real como una enfermedad física. “A veces uno se siente cansado, enfermo o sin ganas, y los doctores no encuentran nada. Eso puede ser una carga energética o el mal de ojo”, dice. Según la tradición, estas vibraciones negativas suelen entrar por el lado izquierdo del cuerpo, el lado espiritual y femenino, donde causa dolores de cabeza o un sentimiento de pesadez.
Para limpiar esa energía, la curandera recurre a los elementos de la tierra: hierbas, huevo, fuego y oración. “La limpia con huevo es la más conocida, pero también se puede hacer con ramas, con nuestras manos o con esencias. Lo importante es que se haga con respeto, porque el fuego y las plantas tienen vida, y si no se saben usar, pueden hacer daño”, advierte.
En su práctica, Jennifer honra la medicina tradicional mexicana, la que se transmite de generación en generación, de abuelas a nietas. “Ahora hay quienes traen prácticas de otros países, pero yo creo que nuestra medicina es la más fuerte. Tiene la energía de nuestros ancestros, de nuestra tierra y de nuestra historia. Nuestra magia es hermosa y poderosa”, afirma con orgullo.
Entre rezos suaves y el murmullo del viento que baja de la montaña, Jennifer recuerda que, así como se limpia una casa o un cuerpo, también hay que proteger la energía. “Somos materia, pero también somos energía. Y si no cuidamos eso, nos enfermamos por dentro”, concluye.




























