Entre aroma a copal y el sonido del viento, Buensuceso despide a sus muertos bajo el cobijo de la Malintzi.
Bajo el resguardo de la Malintzi y el olor persistente de copal, cada año los habitantes de San Isidro Buensuceso, municipio de San Pablo del Monte reeditan un antiguo pacto de amor y memoria: acompañar a sus difuntos en el panteón, desde las primeras horas del 2 de noviembre, cuando el velo entre el mundo de los vivos y los muertos se disuelve por unas horas.
La creencia se remonta al tiempo del Mictlán de acuerdo con nuestros ancestros, aquel extenso territorio al que las almas viajaban tras abandonar el cuerpo. Desde finales de septiembre, según la cosmovisión prehispánica, las puertas de ese mundo se abren y los espíritus emprenden su regreso. Pero es el 1 de noviembre cuando las familias los esperan con flores, comida y música, para convivir por última vez antes de su retorno.
La salida fue desde la capital tlaxcalteca en la primera hora del domingo dos de noviembre, el camino rumbo a San Pablo del Monte se torna solitario y oscuro. La carretera se abre paso entre la niebla y el frío, misma que guía hacia San Isidro Buensuceso, una comunidad enclavada a los pies de la montaña. En el horizonte apenas se distinguen las luces dispersas del pueblo que no duerme.
Una hora después, el silencio es roto por el toque grave de las campanas que anuncian el reencuentro. En el panteón antiguo, las tumbas adornadas con cempasúchil, terciopelo y nube esperan a quienes pronto llegarán con velas, comida y recuerdos. Cada piedra, cada cruz, parece guardar una historia.
En la parte más alta de la comunidad, cuando las campanas marcan las tres de mañana, el nuevo camposanto aún luce oscuro, pero conforme pasan los minutos, las primeras velas comienzan a encenderse. Las llamas temblorosas iluminan los rostros de las familias que llegan con canastas y cobijas. El lugar se llena de murmullos, de rezos en náhuatl, de llantos contenidos y de abrazos silenciosos.
La muerte en Tlaxcala se vuelve un ritual de vida. Es la oportunidad de reencontrarse con quienes partieron. Para las cuatro de la mañana, llegan al cementerio y empiezan a sahumar las tumbas donde se encuentran sus familiares, entre los pasillos del panteón, se escucha música del recuerdo, oraciones y suspiros que se confunden con el humo del copal que todo lo envuelve.
Media hora después, el panteón ya está lleno. Familias enteras velan junto a las tumbas, mientras otras almas solitarias colocan una flor o una vela sobre nombres que el tiempo ha desgastado. El murmullo crece: motores, pasos, voces, risas y rezos se mezclan en una sinfonía que sólo esta madrugada puede ofrecer.
En la entrada, cerca de las cinco de la mañana, el ambiente se torna festivo. Los anafres desprenden calor y aroma a un tradicional atole de maíz, café de olla y tamales. Las hojaldras se reparten entre vecinos y visitantes. El humo del incienso se mezcla con el vapor de los anafres, crean una atmósfera densa, viva, sagrada.
La madrugada avanza y el frío cala los huesos. Una familia reza entre lágrimas, mientras otra canta al compás de una guitarra. En ese contraste habita la esencia de la celebración: la vida y la muerte se abrazan sin temor: la tristeza y la alegría conviven en un mismo altar.
Los primeros tonos del amanecer comienzan a teñir el cielo. Niños, jóvenes y ancianos recorren los pasillos con flores y veladoras. El cempasúchil, con su color intenso, parece encender el suelo. La Matlalcueyetl se revela majestuosa, bañada por un cielo azul y claro. Las últimas estrellas titilan sobre las cruces, como si saludaran antes de despedirse.
Entre el frío, el copal y el cempasúchil, San Isidro Buensuceso recuerda que la muerte no es olvido, sino memoria viva. Cada vela encendida es una promesa de amor que trasciende el tiempo. El nuevo día anuncia la hora de misa, rezos y cohetes. Las familias desayunan junto a las tumbas, comparten pan y anécdotas: es la despedida dulce y serena de quienes, por unas horas, regresaron del Mictlán. Al terminar la misa, regresan a sus casas.
Cuando el sol termina de iluminar la montaña, las almas emprenden su regreso. Y el pueblo, con el corazón lleno y la mirada al cielo, susurra un último adiós: ¡Tlen mochipa! En su lengua materna que es un ¡hasta pronto!.
Al mediodía, las familias comienzan a levantar la ofrenda. Con respeto y gratitud, recogen los alimentos que ofrecieron a sus muertos, la jornada continúa con las visitas a las casas de sus familiares, donde comparten lo que fue parte del altar, en un gesto de unión que reafirma los lazos entre los vivos.
Así, entre risas, lágrimas, memorias y despedidas, el recorrido concluye hasta el tres de noviembre, cuando las almas emprenden su regreso al Mictlán y la comunidad vuelve a su ritmo cotidiano. Pero dejando encendida la promesa del reencuentro para el próximo año.




























