Durante siglos, la visión eurocéntrica medicalizó el nacimiento y desplazó los saberes ancestrales.

En una época en la que cada vez menos adolescentes y mujeres deciden ser madres, el parto es uno de tantos factores que influyen, un tema que despierta emociones encontradas: miedo, dolor, frustración, pero también ilusión, fuerza y una profunda confrontación con una misma. Pero esta situación no es casualidad, la forma en la que pensamos el parto: doloroso, peligroso, frío, es resultado de siglos de imposición cultural. En la antigua Mesoamérica, el nacimiento era un acto sagrado pero en Europa era un castigo, y así esa herencia colonizadora moldeó la manera en que hoy nacemos.

Un parto que era vida, comunidad y honor

Antes de los libros de medicina, antes de los hospitales fríos, antes de las camillas metálicas y las luces blancas, las mujeres aprendían de otras mujeres. El parto era una ceremonia: cantos, rezos, baños de hierbas, manos firmes que sostenían y voces que calmaban. La partera; la tlamatlquiticitl era una guía espiritual y física, una guardiana de vida.

Mientras tanto, en la Europa medieval, el parto era visto como penitencia del pecado original: las mujeres eran atadas para que no se movieran, aisladas y silenciadas. Las parteras, mejor conocidas como “brujas” eran perseguidas y hasta sentenciadas a muerte, allá la medicina masculina tomó el control y expulsó a las mujeres de su propio proceso de nacimiento. La conquista trajo consigo esa mirada, en América Latina, el parto se medicalizó, se volvió un acto técnico y muchas veces violento, la mujer dejó de ser protagonista para convertirse en paciente.

Partería en México

En este contexto, el reconocimiento institucional de la partería tradicional en México marca un momento histórico. Las parteras (también conocidas como matronas o comadronas) han adquirido sus conocimientos a través de la experiencia, la tradición oral y el acompañamiento entre mujeres, atienden no solo el parto, sino múltiples aspectos de la salud reproductiva. Durante décadas, su labor fue invisibilizada e incluso estigmatizada, pese a ser fundamental en comunidades indígenas, rurales y afromexicanas.

El 26 de marzo de 2024 entró en vigor la reforma a la Ley General de Salud que permite a las parteras tradicionales emitir certificados de nacimiento en México. De acuerdo con lo publicado en el Diario Oficial de la Federación, esta modificación reconoce formalmente su trabajo y establece que el certificado de nacimiento podrá ser expedido tanto por profesionales de la medicina como por parteras tradicionales y personas autorizadas por la autoridad sanitaria competente. Asimismo, se señala que la partería profesional requiere de títulos o certificados de especialización expedidos por autoridades educativas, diferenciando sin excluir a la partería tradicional de base comunitaria.

Este avance se refuerza con la publicación de la Norma Oficial Mexicana NOM-020-SSA-2025, mediante la cual el Estado mexicano reconoce por primera vez a la partería como parte del sistema nacional de salud. La norma avala tanto a parteras profesionales como a parteras tradicionales, sin exigir certificaciones que desconozcan su saber ancestral, y promueve un modelo de atención materna y neonatal de bajo riesgo, con enfoque intercultural, centrado en la persona y con perspectiva de género.

La normativa también propone la creación de casas de partería y unidades de parto de bajo riesgo, donde se garantice la atención integral y la colaboración respetuosa entre parteras y personal médico certificado. Además, establece el Registro Nacional de Partería (ReNaPa) como un mecanismo voluntario para identificar a quienes ejercen esta labor y facilitar su incorporación en la atención materna y neonatal, así como la emisión de certificados de nacimiento.

Con estas reformas, el Estado y el Sistema Nacional de Salud asumen la responsabilidad de garantizar el ejercicio libre y digno de la partería tradicional, prevenir la discriminación y erradicar la estigmatización histórica. Reconocer la partería tradicional no solo implica integrarla al sistema de salud, sino también valorar sus conocimientos como parte esencial de la medicina tradicional mexicana y de la identidad de los pueblos que, generación tras generación, han acompañado la vida desde su primer aliento.

Acompañar un parto es ser guardiana de vida”

María Minerva Netzahuatl Sandoval es originaria de San Sebastián de Tepalcatepec, Cholula Puebla, partera de linaje y tercera generación en su familia, su voz tiene la certeza de quien ha acompañado el nacimiento de miles de bebés: “Ser partera es ser guardiana de vida. La mujer, cuando está pariendo, necesita acompañamiento, respeto, empatía. Para que un parto llegue a buen término, la mujer no puede estar sola”, explica.

Minerva explicó que el acompañamiento comienza desde que la mujer se sabe embarazada, con entrevistas, seguimiento mensual, identificación del riesgo, preparación emocional y espiritual. “Cada parto es único —dice—. Hay mujeres que hacen un altar con cosas simbólicas, velas, inciensos. La conexión espiritual es fundamental. La mujer puede parir cuando tiene paz en su corazón y confianza en la vida”.

Minerva trabaja desde el respeto por los ritmos naturales del cuerpo: nada se acelera, nada se fuerza. El movimiento libre, el uso del rebozo, las compresas calientes, el baño de hierbas, la posibilidad de un parto en agua completamente certificado —ella se formó con Bárbara Harper, pionera en parto en agua— son parte de su práctica.

“El agua caliente es un gran aliado: disminuye el dolor, da calma, favorece el avance del parto. Pero siempre debe hacerse bajo condiciones seguras, con infraestructura adecuada. No es cualquier alberquita”.

En el parto acompañado por partera no hay relojes que presionan, ni luces que ciegan, ni órdenes. Hay observación profunda: la expresión del rostro, la temperatura del cuerpo, la línea púrpura que indica el avance, el lenguaje corporal.

Cuando el bebé nace, llega la hora dorada: lo primero es el pecho de la madre “El cuerpo de mamá es un termostato. Ese contacto inmediato disminuye el trauma del nacimiento. En un parto respetado los bebés casi no lloran; se calman al sentir el corazón de su madre”.

Respirar amor en lugar de miedo: esa es la revolución.

La partera refiere que después del nacimiento, llega el posparto: 42 días que también requieren acompañamiento. Baños de hierbas, tinas tibias, cierre de cadera con rebozo, reposo, escucha: El cuerpo que parió necesita ser honrado.

Las mujeres que dan a luz en hospitales, especialmente en el sistema público, casi nunca tienen la oportunidad de vivir su parto con calma ni de conectar con su cuerpo. No se trata de falta de voluntad del personal médico, sino de infraestructura y tiempos limitados: hay demasiadas mujeres pariendo al mismo tiempo y los espacios —como quirófanos y salas de labor— deben desocuparse rápido.

En hospitales privados ocurre algo similar cuando los médicos no están formados en parto humanizado: simplemente reproducen las prácticas que les enseñaron. “El parto necesita paciencia, respeto y confianza en el proceso. Y eso es justamente lo que las parteras podemos ofrecer”, explicó.

Es importante reconocer que el acceso a un parto acompañado y respetado sigue siendo desigual. Para muchas mujeres, contar con tiempo, información y recursos económicos que permitan elegir parteras, doulas o espacios alternativos no es una posibilidad real. Por ello, los hospitales (especialmente los públicos) son la principal y, en muchos casos, la única opción para parir. La saturación de los servicios, la falta de infraestructura adecuada y los tiempos limitados hacen que los nacimientos se desarrollen con prisa y poca intimidad, no por desinterés del personal médico, sino por un sistema que no alcanza a sostener la dimensión humana del proceso. Visibilizar estas prácticas no busca idealizar ni excluir, sino abrir la conversación sobre la urgencia de que el parto digno deje de ser un privilegio y se convierta en un derecho para todas las mujeres.

“Me morí y renací siendo otra”

Cuando Danitza Pérez Paredes supo que estaba embarazada, tuvo miedo, sorpresa, ilusión… y sobre todo una enorme necesidad de información. Su referencia era la de las películas: silla de ruedas, prisa, gritos, un hospital blanco y frío.

Su ginecóloga reforzó ese imaginario: “No te preocupes, con un poco de anestesia ni te va a doler”, le dijo sin preguntarle cómo quería parir. Pero algo en Danitza no encajaba… una entrevista que vio en redes le abrió otra posibilidad: el parto humanizado, el parto en agua, el acompañamiento de una doula: la semilla estaba plantada.

Conoció a Guadi, su doula, quien la preparó durante semanas: cuerpo, mente, pareja y el trabajo con sus emociones. “Ahí se abrió una ventana. Yo siempre digo que en el parto yo morí… pero también renací siendo otra”. La doula es una persona, generalmente mujer, que brinda apoyo emocional, físico y no clínico a futuras madres, padres y sus familias durante el embarazo, el parto y el posparto.

En su trabajo de parto, que fueron al rededor de 19 horas, su doula la acompañó con masajes, rebozo, aromaterapia, agua tibia, posiciones libres. “Era mi tribu. Mujeres acompañando a mujeres. Validándome. Recordándome que yo podía”.

Daniela aprendió que el parto no es una carrera contra el reloj:

“En los hospitales todo tiene que ser rápido, práctico, cómodo para el equipo médico. Pero el parto necesita tiempo. Necesita escucha. Necesita respeto”.

Habla también de la “hora dorada”, ese momento sagrado en el que el bebé, piel con piel, reconoce a su madre, huele, busca el pecho, se familiariza con la vida. Algo que en muchos hospitales se pierde por protocolos rígidos.

Después vino el posparto, un periodo del que casi nadie habla. “Fue durísimo. Muy oscuro al principio. El baño de hierbas, el cierre de cadera, honrar mi placenta… todo eso fue un abrazo a mi cuerpo”. Pero sobre todo, fue vital tener una tribu: amigas, familia, otras madres. “Acompañamiento, validación, sostén. Eso te salva”. Daniela resume algo que debería ser obvio pero no lo es: la decisión del parto es de la madre, no del médico, no del hospital, no del sistema.

Temazcal: calor, espíritu y renacer

Leticia Perales, chamana de Hueyitlamatini, explica que el temazcal no es un baño de vapor: es un vientre. Un espacio de renacimiento, pues antes de entrar, se pide permiso a la Madre Tierra: “Le pedimos que nos dé buen nacimiento, que cubra el temazcal con su fuerza y que nuestros ancestros espanten la mala energía”, dice.

Para facilitar el trabajo de parto, en su tradición se ofrece una bebida de ruda con chocolate: calor interno para que los dolores sean más eficientes y la expulsión sea más fluida. Dentro del temazcal, las plantas calientes: jarilla, capunín, pirul; cierran, calientan y fortalecen. Todo está pensado para que el cuerpo se abra y se cierre de manera armoniosa.

Tras el parto, el temazcal (baño de vapor prehispánico de origen mesoamericano, utilizado con fines curativos, rituales y espirituales) es también un refugio: el calor limpia, drena y libera, es un acompañamiento espiritual y físico: una forma ancestral de entender que parir no es solo un acto corporal, sino energético.

Volver a mirar a las parteras, volver a mirarnos a nosotras

“La maternidad es un regalo y un reto”: una confrontación con el cuerpo, con el miedo, y con la identidad. Y en este contexto existe aún un hilo que no se ha roto: el de las mujeres sanando a otras mujeres.

Hoy, parteras certificadas como Minerva combinan saberes ancestrales con formación profesional. Mujeres como Danitza están decidiendo informarse, cuestionar y elegir. Chamanas como Leticia recuerdan que parir es también un acto espiritual.

La maternidad no debería vivirse sola: el parto no debería ser una batalla.

Y quizá el camino para transformar la forma en que nacemos está justo ahí: en volver a mirar nuestro origen, en honrar la memoria que fue despreciada por la herencia eurocéntrica, en reconectar con aquello que siempre nos sostuvo: la comunidad femenina, la sabiduría del cuerpo y la certeza de que la vida merece un nacimiento amoroso.

 

«Para cambiar el mundo, hay que cambiar la forma de nacer»

-Michael Odent

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