Cloud Dancer y el espejismo global
Cada diciembre, Pantone anuncia el color del año como si encapsulara el espíritu global en un tono específico. Para 2026, la elección fue Cloud Dancer, un blanco etéreo y “calmado”, celebrado como símbolo de nuevos comienzos, claridad mental y serenidad en un mundo acelerado. Pero detrás de esa suavidad, hay un sistema cultural, económico e ideológico que rara vez se nombra. Porque elegir un color, celebrarlo y universalizarlo no es inocente: el color es poder.
Pantone no es un oráculo romántico del diseño; es una empresa especializada en medir, clasificar y estandarizar el color a nivel global. Su metodología combina análisis de consumo, monitoreo de tendencias visuales, estudios socioculturales y proyecciones de mercado. Con ese aparato técnico y simbólico, Pantone no solo predice lo que veremos: dicta qué vamos a desear, qué será considerado elegante y qué se percibirá como correcto en la cultura visual del mundo.
Cloud Dancer es presentado como un “lienzo limpio”, un blanco suave sobre el que se puede proyectar un nuevo comienzo. Pero la metáfora tiene filo: un color que pretende ser neutral siempre responde a una estética contextual. Y en este caso, reproduce una visión profundamente europea, conservadora y asociada a la idea contemporánea de orden, lujo y superioridad visual.
El poder del blanco: pureza, orden… y control
Leatrice Eiseman, directora ejecutiva de Pantone Color Institute, afirmó que Cloud Dancer “abre la mente a ideas frescas y fomenta una sensación de plenitud ligera y adaptable”. Pero esa misma idea revela algo incómodo: así nos quiere el sistema global de consumo: ligeros, moldeables, fáciles de ajustar a la tendencia siguiente. La narrativa misma del color (Cloud Dancer, la bailarina de nubes) recuerda el estereotipo tradicional de la feminidad: una mujer blanca, suave, etérea, moviéndose dentro de espacios domesticados.
Pantone incluso sugiere que este tono promueve calidez y conexión cuando se usa en vajillas o cerámicas, refuerza esa estética del hogar pulcro, cuidado, armónico. Una estética profundamente ligada al ideal femenino conservador de Occidente: puro, inocente, limpio, dócil. Cloud Dancer parece puro, pero está cargado de historia, clase, imaginario político y aspiraciones globales.
En contraste, la identidad visual latinoamericana y especialmente la mexicana se sostiene en la mezcla, la saturación, la textura y el contraste. Nuestra cultura no surgió del blanco; surgió del pigmento: del añil y la cochinilla, de los bordados, del maíz, de la talavera, de las flores, del papel picado, de los mercados donde cada tono significa vida.
Por eso resulta tan simbólico que en México este año viéramos un fenómeno preocupante: altares de Día de Muertos blanqueados, reducidos a una estética “aesthetic” que elimina los colores rituales; y actualmente tendencias navideñas minimalistas, dominadas por pinos blancos tipo pencil, altos y delgados, convertidos en objetos aspiracionales.
Adoptar estas estéticas blancas no es cualquier cosa: implica desplazar nuestras propias narrativas visuales para encajar en una idea global de pureza, orden y elegancia que no nació aquí.
La respuesta: maximalismo, mexicanismo y la reivindicación de lo saturado
Frente a este proceso de blanqueamiento simbólico, surgió un movimiento en redes que reivindica nuestra identidad cromática: el “maximalismo o mexicanismo”. Una propuesta que dice lo contrario a Pantone: que la exageración es belleza, que el color es historia, que lo lleno también es armonía, que la identidad no debe adelgazar para entrar en un molde global: es un gesto político y una resistencia estética.
¿De quién es, realmente, el color del año?
Pantone puede proponer un blanco que supuestamente representa paz universal en un contexto lleno de guerras. Pero en América Latina la vida no es blanca: es múltiple, contradictoria, saturada y viva.
Detrás de la suavidad de Cloud Dancer hay una estructura que intenta universalizar una estética que no nos pertenece, y que como toda narrativa dominante aspira a moldearnos.
Porque cuando una empresa global decide qué color simboliza “lo correcto”, “lo moderno” o “lo elegante”, no está describiendo: está dirigiendo. Y esa es la verdadera danza de poder detrás de la tendencia.



























