El santuario donde los caballos vuelven a ser libres
En medio de los paisajes verdes del norte de Tlaxcala, un santuario se ha convertido en símbolo de esperanza para quienes creen en la vida digna de los animales. Cuacolandia, el refugio para caballos, yeguas, mulas y burros rescatados del maltrato, llegó hace unos meses al estado para comenzar una nueva etapa, pero su historia inició mucho antes, impulsada por el sueño de una mujer que decidió dedicar su vida a quienes no podían defenderse: Elena Larrea.
Cuacolandia nació como un proyecto personal de Elena Larrea, activista y defensora del bienestar animal, quien desde joven mostró una profunda sensibilidad hacia los equinos. En Aras, Puebla, comenzó su santuario con caballos rescatados de situaciones de abuso, abandono y explotación, con la intención de ofrecerles un espacio seguro y digno: “Los animales han sido explotados desde hace mucho tiempo, y ella solo quería ayudarlos”, recuerda Rubén Alexis López, administrador de Cuacolandia.
El proyecto creció y se trasladó posteriormente a Atlixco, donde se consolidó como uno de los santuarios más conocidos del país. Sin embargo, al no contar con un predio propio, el equipo buscó un espacio más adecuado, lo que finalmente los llevó a Tlaxcala, donde encontraron las condiciones ideales para continuar con la misión. Lamentablemente, Elena Larrea falleció en 2024 sin poder disfrutar plenamente de este nuevo hogar para los animales, pero su legado sigue vivo en cada caballo que camina libre por los prados del santuario.
Cuacolandia lleva poco tiempo en territorio tlaxcalteca, pero su presencia ya representa una alternativa de cuidado animal basada en respeto, rehabilitación y amor. Actualmente, el santuario alberga alrededor de 55 animales entre caballos, mulas y burros, en su mayoría rescatados, aunque también cuentan con algunos en pensión. Cada uno tiene una historia distinta, pero todos comparten un pasado marcado por la violencia, el abandono o la explotación laboral.
La rutina en Cuacolandia inicia desde muy temprano, los animales son sacados al sol para que puedan caminar libremente, mientras el equipo limpia sus camas y áreas de descanso. Después, son bañados, cepillados y alimentados tres veces al día con dietas personalizadas diseñadas por una médica veterinaria, quien ajusta la alimentación de acuerdo con el tamaño, estado de salud y necesidades de cada equino.
“El bienestar animal es nuestra prioridad. Cada caballo tiene su propio plan de alimentación y cuidados específicos”, explica López. Más allá de la atención física, el santuario también busca que los animales recuperen la confianza, ya que muchos llegan con secuelas emocionales derivadas del maltrato.
Contrario a lo que muchas personas piensan, Cuacolandia no tiene facultades legales para retirar animales directamente de sus propietarios. El proceso de rescate requiere denuncias formales ante las autoridades de bienestar animal y otras instancias competentes.
El equipo del santuario se encarga de acompañar los casos, visibilizar las denuncias y presionar para que las autoridades actúen. Una vez que se obtiene la autorización legal, los animales son trasladados al refugio con una guía que acredita su procedencia. Este modelo busca fortalecer la cultura de la denuncia y promover la responsabilidad institucional en materia de protección animal.
Entre los rescates más emblemáticos se encuentra el caso de Mila, una yegua que sufrió violencia extrema, incluyendo zoofilia y golpes. Su caso generó indignación social y movilizó a Elena Larrea para impulsar denuncias y reformas legales. Hoy, Mila vive en un espacio sano, libre y protegido, lejos del dolor que marcó su pasado, convirtiéndose en símbolo de la lucha contra el maltrato animal.
Elena Larrea no solo fundó un santuario; impulsó una conversación nacional sobre el respeto a los animales. Su activismo contribuyó a visibilizar la explotación de equinos y a promover reformas legales para sancionar prácticas como la zoofilia y el maltrato animal. Su vida estuvo marcada por la defensa de quienes no tienen voz, y aunque su partida fue inesperada, su sueño continúa creciendo en cada rescate, en cada voluntario y en cada donativo que mantiene vivo a Cuacolandia.
Actualmente Cuacolandia subsiste gracias a donativos, voluntariado y el apoyo de personas comprometidas con la causa animal. El equipo invita a la ciudadanía a sumarse, ya sea con aportaciones económicas, trabajo voluntario o difusión del proyecto, “Necesitamos que la gente conozca lo que hacemos, que denuncie el maltrato y que se sume a esta iniciativa”, enfatiza el administrador del santuario.
En Tlaxcala, Cuacolandia no solo representa un refugio para caballos; es un recordatorio de que la empatía puede transformar vidas. Cada animal que pisa el pasto del santuario es un testimonio de resiliencia, y cada persona que se suma a la causa, una extensión del sueño de Elena Larrea.
Porque en Cuacolandia, los caballos no trabajan, no cargan, no sufren: simplemente viven.



























