¿Un Oscar se gana con marketing o con cine? hablemos de Marty Supreme

En plena temporada de premios, cuando la carrera rumbo al Oscar se vuelve casi tan intensa como las propias películas, Marty Supreme aparece como una de las producciones más comentadas —y cuestionadas— del año. Protagonizada por Timothée Chalamet y dirigida por Josh Safdie, la cinta no solo ha dado de qué hablar por su propuesta cinematográfica, sino por una campaña de marketing que parece no tener precedentes recientes.

Y es ahí donde surge la gran pregunta: ¿qué es lo que realmente lleva a una película —o a un actor— a la gloria del Oscar?, ¿una buena estrategia de promoción o una buena película?

Más allá del ruido mediático, Marty Supreme es, sin duda, una película sólida. Basta con observar la esencia de Safdie, quien mantiene una línea clara en su filmografía. Al igual que en Good Time y Uncut Gems, el espectador es arrastrado a un estado constante de ansiedad: gritos, estrés, decisiones impulsivas y protagonistas atrapados en su propio caos. No son historias iguales, pero sí universos que dialogan entre sí, y eso habla de un director con una identidad bien definida.

En ese universo, Timothée Chalamet construye a Marty: un personaje profundamente odioso, egocéntrico y desesperante. Y, paradójicamente, ahí radica uno de los mayores aciertos de la película. Detestar a un personaje no es un error narrativo; al contrario, es señal de que está bien escrito y mejor interpretado. Marty provoca algo en el espectador, incomoda, irrita, permanece.

Sin embargo, gran parte de la conversación pública no gira en torno a la narrativa o a la actuación, sino al imponente monstruo publicitario que rodea a Marty Supreme. La película se convirtió en un fenómeno global gracias a una estrategia que desbordó la pantalla.

La colaboración entre A24 y la marca Nahmias fue un golpe maestro: el nombre de la película se transformó en objeto de deseo. A eso se sumó la supuesta —y muy comentada— alianza musical entre Chalamet y el rapero EsDeeKid, una jugada que explotó rumores, fandoms y conversación digital. Todo hablaba de Marty Supreme. Todo.

Y aquí entra el dilema incómodo: ¿cuántas películas igualmente buenas se quedaron fuera de la conversación simplemente porque no contaron con el presupuesto o la estrategia para una campaña de esta magnitud? No porque fueran malas, sino porque no fueron visibles. La temporada de premios, una vez más, parece responder no solo al arte, sino al alcance.

En ese sentido, Marty Supreme podría estar marcando un antes y un después en la forma de promocionar el cine. Convertir una película en una experiencia integral —visual, musical, estética y mediática— parece ser la nueva fórmula. Y aunque resulte fascinante, también abre una discusión necesaria sobre equidad y acceso dentro de la industria.

A este panorama se suma otro factor que ensombrece la carrera al Oscar de Chalamet: los señalamientos que persiguen a los hermanos Safdie tras revelarse una escena delicada en Good Time relacionada con una menor de edad, un tema que nunca fue atendido de forma clara ni responsable. Aunque hoy trabajen por separado, el nombre Safdie sigue cargando ese cuestionamiento ético.

Resulta contradictorio observar cómo la Academia puede excluir a actrices como Cynthia Erivo o Ariana Grande de las nominaciones por considerar “turbia” su relación mediática, mientras otros escándalos de mayor gravedad parecen diluirse en el silencio. ¿Qué se castiga y qué se perdona en Hollywood? La vara moral, una vez más, parece moverse según la conveniencia.

En lo personal, celebro que Marty Supreme apueste por nuevas formas de difusión y que entienda el cine como una experiencia completa. La actuación de Timothée Chalamet es potente, arriesgada y memorable. Marty es un personaje que se detesta, y eso es un logro actoral indiscutible.

Pero el escándalo que rodea a su director no puede ni debe minimizarse. El marketing puede ser brillante y la película buena, pero la conversación ética y moral sigue siendo necesaria e incómoda.

Al final, quizá Marty Supreme no solo esté compitiendo por un Oscar, sino exponiendo —una vez más— las grietas de una industria que aún no decide si premia el talento, la visibilidad… o el silencio.

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