No todo lo oculto es secreto: a veces es memoria arquitectónica.

En Tlaxco, basta con pararse frente a la imponente Parroquia de San Agustín para escuchar alguna historia. Que si hay túneles secretos construidos desde la Independencia, que si conectan con otros templos, que si por las noches se escuchan pasos. El misterio forma parte del encanto de este Pueblo Mágico, pero ¿qué hay de cierto detrás de estas versiones?

El coordinador del Centro Cultural Tlaxco, Gilberto García Hernández, lo dice con serenidad mientras se encuentra al interior del templo: “Mucha gente piensa que nuestra parroquia resguarda la entrada a túneles que fueron utilizados en la época de la Independencia o en la Revolución, pero no es así. Nosotros hemos entrado, hemos investigado y lo que resulta es un espacio para depósitos de sacerdotes fallecidos, un lugar de criptas lleno de historia”.

Lejos de pasadizos secretos, lo que existe detrás del retablo principal es un espacio destinado a criptas, donde la idea era tener un lugar para el descanso de sacerdotes que formaron parte de la historia local, sin embargo, hasta la actualidad no hay ningún cuerpo ahí, si en diferentes partes de la parroquia pero aquella cripta sigue vacía, se trata de un sitio solemne, no un laberinto clandestino.

Una iglesia con más de 300 años de historia

La parroquia, dedicada a San Agustín, comenzó su construcción en el siglo XVIII, tras elevarse a parroquia la pequeña ermita que existía desde 1604. El templo, de estilo barroco, resguarda retablos de madera laminados en oro de 14 quilates y nichos dedicados a distintas advocaciones marianas y santos.

En el altar principal destaca la figura de San Agustín de Hipona, patrono del municipio, acompañado en lo alto por Santa Mónica. Los retablos laterales uno dedicado a la Virgen de Guadalupe y otro a la Virgen de los Dolores, también guardan historias de incendios durante la Guerra de Independencia y posteriores reemplazos con piezas provenientes de antiguas haciendas.

Pero es justo en el altar principal donde se ubican unas pequeñas puertas que han detonado la imaginación colectiva… Durante años, muchos creyeron que esas puertas ocultaban el acceso a túneles subterráneos. Al abrirlas, sin embargo, la realidad es otra.

“Estas puertas fueron pensadas para que el retablo pudiera respirar”, explica García Hernández. Al estar fabricado completamente en madera, el retablo necesita ventilación para evitar que el material se expanda o contraiga y termine por dañarse. En su momento, esos espacios también funcionaron como nichos para colocar la custodia durante celebraciones como el Jueves Santo.

Con el paso del tiempo y tras restauraciones que modificaron vigas y accesos, la entrada se hizo más estrecha, lo que incrementó la sensación de misterio. Pero no hay escaleras descendentes ni corredores ocultos: hay arquitectura pensada para preservar el patrimonio.

Cuando el retablo principal fue colocado, parte de los muros quedaron cubiertos. Sin embargo, detrás de esa estructura aún sobreviven restos de pintura antigua: fragmentos en tonos amarillos y figuras apenas perceptibles que podrían tener cerca de 300 años.

Estos vestigios pictóricos que algunos visitantes han llegado a llamar “pinturas rupestres” por su apariencia envejecida y su ubicación escondida, no corresponden a arte prehispánico, sino a decoraciones coloniales que formaban parte del templo antes de las modificaciones y ampliaciones posteriores.

Los túneles no son la única leyenda del lugar, hay una historia que sigue estremeciendo a quienes la escuchan es la del llamado “Padre Conti”. La leyenda cuenta que el sacerdote confesaba a personas fallecidas para que sus almas pudieran descansar, e incluso que en alguna ocasión absolvió a alguien que ya llevaba días muerto. Lo que sí es comprobable es que en la parroquia descansa el padre Salvador Díaz Conti. El mito, como suele ocurrir, mezcla fe, tradición oral y la necesidad humana de explicar lo inexplicable.

Por otro lado, en la Capilla del Calvario, a unos pasos de la parroquia principal, se resguarda una de las imágenes más impactantes del municipio: el Cristo que, según la tradición oral, fue traído por una mula que “ya no quiso avanzar” y obligó a los pobladores a edificarle su templo. Una historia que se repite en distintas regiones de Tlaxcala, pero que aquí adquiere matices propios.

La urna que lo protege data de 1883 y conserva elementos originales, como cristales convexos elaborados acorde a la época. Pero lo que más llama la atención es el material de la escultura. A simple vista, el tono blanquecino ha dado pie a rumores. Hay quienes aseguran que está hecha de huesos humanos. Sin embargo, lo que se observa es marfil, es decir, hueso de animales de gran tamaño (como elefantes, ballenas u otros grandes mamíferos) material que era utilizado en el siglo XIX para este tipo de piezas religiosas.

No obstante, la historia no termina ahí…

De acuerdo con revisiones realizadas a la imagen original, se detectó que algunas partes específicas sí corresponden a restos humanos: cabello natural, uñas y costillas incorporadas a la figura. Este hallazgo ha reforzado el halo de misterio que rodea al Cristo del Calvario y ha alimentado la narrativa popular.

Por su valor histórico y por los materiales que la componen, la pieza original es resguardada con especial cuidado y su manipulación es limitada. Actualmente, existe una réplica que se utiliza con mayor frecuencia en celebraciones y representaciones, mientras que la imagen original permanece protegida para su conservación.

El misterio no termina en la iglesia… A unas calles, en el Centro Cultural Tlaxco, también se habla de túneles que conectarían con el templo, pero la realidad, nuevamente, es menos fantástica pero igual de interesante: se trata de respiraderos.

Debajo de los salones existen espacios que permiten la ventilación de la duela de madera. Estos huecos evitan que la humedad deteriore el material y forman parte de la estructura original del inmueble. No conectan con la parroquia ni conducen a pasadizos secretos:“No son túneles que se conectan; son simplemente respiraderos para mantener estas piezas arquitectónicas”, puntualiza el coordinador.

Las leyendas forman parte del patrimonio intangible de Tlaxco. Alimentan recorridos nocturnos, conversaciones familiares y la identidad colectiva. Pero distinguir entre mito e historia permite valorar aún más la riqueza real del lugar: su arquitectura barroca, sus retablos centenarios con laminados de oro, sus criptas y sus tradiciones vivas.

Porque a veces la verdad no necesita túneles ocultos para ser fascinante. Basta con abrir una puerta (literalmente) y dejar que el pasado respire.

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