Por Enrique Padilla Sánchez

Hoy, en un momento de incertidumbre y desgaste institucional, ser defensor de México no es una consigna vacía ni un eslogan político: es una postura ética, una responsabilidad histórica y, sobre todo, un acto de valentía.

Ser defensor de México implica no normalizar el fracaso. Implica negarse a aceptar como destino lo que claramente es consecuencia de malas decisiones. Es entender que el silencio, en tiempos de crisis, también es complicidad.

Defender a México hoy es alzar la voz por la clase trabajadora que cada día enfrenta una realidad más dura, donde el esfuerzo ya no garantiza bienestar y donde el salario se diluye frente al aumento constante de los precios. Es reconocer que millones de familias viven al límite, haciendo malabares para sostener lo básico, mientras el discurso oficial insiste en una prosperidad que no se siente en la calle.

Ser defensor de México también es acompañar, con respeto y dignidad, a las madres buscadoras, quienes han sido obligadas a hacer el trabajo que le corresponde al Estado. Su lucha no solo es un grito de dolor, es una evidencia brutal de la indiferencia gubernamental. Defenderlas es exigir verdad, justicia y respuestas.

Es defender a los jóvenes que ven cómo sus aspiraciones se enfrentan a un mercado laboral precario, sin oportunidades reales de crecimiento. Es entender que el futuro de México no puede construirse sobre la resignación de una generación que ha sido ignorada.

Defender a México es hablar con claridad sobre el sistema de salud: hospitales saturados, desabasto de medicamentos y una atención que, lejos de mejorar, se ha deteriorado. No se trata de percepción, se trata de vidas. Y en ese terreno, fallar no es una opción.

Es también levantar la voz por el campo mexicano, por los pescadores, por quienes producen y sostienen gran parte del país, pero que hoy enfrentan abandono, falta de apoyos y políticas que no responden a su realidad. Defenderlos es reconocer su valor y garantizar condiciones justas.

Ser defensor de México implica no minimizar la inseguridad. Es reconocer que el miedo se ha vuelto cotidiano, que la violencia ha rebasado límites y que la estrategia actual no ha dado resultados. Defender a la gente es exigir paz, orden y una estrategia efectiva.

Es defender el medio ambiente frente a decisiones que comprometen el futuro de nuestras comunidades. Es entender que el desarrollo no puede estar peleado con la sostenibilidad, y que cuidar nuestros recursos naturales es también defender a las próximas generaciones.

Defender a México es no olvidar a quienes han sido relegados: madres que sostienen hogares sin respaldo, maestros que educan en condiciones adversas, personal de salud que trabaja al límite, científicos sin apoyo, artistas sin espacios y deportistas sin impulso. Es reconocer que un país fuerte se construye desde todos sus sectores.

También es defender a los pequeños y medianos empresarios, quienes generan empleo y dinamizan la economía, pero que hoy enfrentan incertidumbre, falta de incentivos y un entorno adverso para invertir y crecer.

Ser defensor de México, en esencia, es tener la honestidad de decir lo que muchos ya saben: México no está mejor. Y reconocerlo no es un acto de pesimismo, es el primer paso para cambiar el rumbo.

Porque defender a México no es destruir, es reconstruir. Es poner orden donde hay caos, recuperar instituciones donde hay debilitamiento, fortalecer la economía familiar, garantizar seguridad, salud y oportunidades reales.

Es, en suma, asumir que el país merece más.

Hoy más que nunca, México necesita ciudadanos valientes, críticos y comprometidos. Personas que no se conformen, que participen, que cuestionen y que actúen.

Porque el futuro no se espera, se construye.

Es momento de dar el paso, de alzar la voz y de defender lo que verdaderamente importa.

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