Por Ángelo Gutiérrez Hernández
México vive tiempos complejos. Basta mirar alrededor para advertir un ambiente marcado por la polarización política, la violencia que aún lastima a muchas comunidades y una creciente incertidumbre económica que afecta a millones de familias.
En momentos así, la tentación de caer en el enojo, en el resentimiento o en la confrontación permanente parece cada vez más fuerte.
Sin embargo, el mensaje que acompaña estos días de Semana Santa nos recuerda que el camino para superar las crisis nunca ha sido el odio ni la división.
Soy un convencido, como hombre de fe, palabra y acción, que cuando la política pierde su dimensión ética, se convierte en una lucha por el poder sin sentido.
Pero cuando se inspira en valores humanistas, puede convertirse en un instrumento para construir comunidad, reconciliar diferencias y generar bienestar para las personas.
Desde su origen, el Partido Acción Nacional (PAN) nació precisamente con esa convicción.
Inspirado en el humanismo político, el PAN ha defendido la idea de que la dignidad de la persona humana debe ser el centro de todas las decisiones públicas. No se trata de una consigna retórica, sino de un principio que implica reconocer que detrás de cada política pública hay vidas, familias, historias y esperanzas.
Por eso, en el proceso de relanzamiento que vive hoy Acción Nacional, hemos insistido en recuperar con claridad los valores que le dieron origen: la defensa de la familia, la libertad y la patria. No como conceptos abstractos, sino como pilares para reconstruir el tejido social que hoy enfrenta múltiples fracturas.
Las familias mexicanas son el primer espacio donde se aprenden los valores de solidaridad, respeto y responsabilidad. Cuando la familia se debilita, la sociedad también lo hace. Por eso, fortalecer a las familias significa también fortalecer a México.
La libertad, por su parte, es el fundamento de toda democracia auténtica. Una sociedad libre es aquella donde las personas pueden expresarse, emprender, trabajar y participar en la vida pública sin miedo ni imposiciones. Defender la libertad implica también defender las instituciones, el estado de derecho y el pluralismo político.
Y la patria, finalmente, no es una bandera para dividir a los mexicanos entre buenos y malos. La patria es el hogar común que compartimos todos.
Cuidarla significa construir un país donde las oportunidades no dependan de la cercanía con el poder, sino del esfuerzo, el talento y la honestidad.
La Semana Santa nos recuerda que incluso en medio del dolor y de la injusticia siempre existe la posibilidad de la esperanza. Como señaló este domingo el obispo de Tlaxcala, Julio César Salcedo Aquino, en su homilía, cada persona carga sus propias cruces: enfermedades, problemas económicos, injusticias o sufrimientos.
Pero el mensaje central de estos días es que la cruz no es el final. Ese mensaje también puede trasladarse a la vida pública. México ha enfrentado momentos difíciles a lo largo de su historia y siempre ha encontrado la manera de salir adelante cuando la sociedad decide trabajar unida.
Lo que necesitamos hoy es menos confrontación estéril y más compromiso con la construcción del bien común.
En Acción Nacional creemos que la política debe servir para eso: para construir soluciones, para escuchar a la ciudadanía y para generar condiciones de desarrollo y paz.
En esta Semana Santa, más allá de las diferencias políticas o ideológicas, vale la pena recordar que el país necesita reconciliación, diálogo y responsabilidad.
Porque al final, como bien señala el mensaje del Evangelio, la última palabra no la tiene el odio.
La última palabra siempre la tendrá la esperanza.


























