Tenía rato que había asaltado su último camión.
Fue cuando lo agarraron: un pasajero le jugó al héroe y le salió; se le fue encima mientras el asaltado lo desarmó para luego propinarle entre el grupo, una tunda que lo dejó al borde de la silla de ruedas.
Participaron todos los viajeros, que a camión repleto debieron ser casi cincuenta; las huellas del castigo le perduran después de cinco años.
El Bala, como se le conoce desde que se enlistó en la delincuencia, fue entregado a las autoridades hecho pedazos; un hilacho de cueros sangrientos que treparon en una camilla para lograr salvarle la vida, no sin antes permanecer dos meses como inquilino del hospital.
Fuera de su cuarto hicieron guardia los oficiales, día y noche hasta que el médico sentenció su alta y él salió en silla de ruedas; la recuperación vino más tarde, pero de ahí, directito al penal.
Entrando lo ficharon, le tomaron la foto de ley y en automático a la enfermería; le dieron a escoger: chip o inyección. Optó por la inyección: un piquetito detrás de la oreja derecha que lo dejó marcado, como las reses que nunca más pueden adjudicarse otro dueño.
Se reformó, sí, pero su condición de malandro le perseguirá hasta que cuatro o seis hombres fornidos carguen su caja para hacerle su fiesta de las golondrinas.
El centro comercial, atestado, como todos los domingos, en especial en esta víspera del año nuevo; las compras a todo lo que dan.
El Bala, que ahora prefiere que lo llamen por su nombre de pila: Jorge, se hace acompañar de su señora esposa, sus dos niñas púberes y el mocoso de dos años que todavía viaja en carriola.
Es domingo de plaza. Quincena. El lugar es un hervidero; Jorge y familia deciden entrar al estreno de La Mujer Maravilla V.
–Chamarra azul, en el pasillo cuatro, rumbo a los cines. Con mujer y tres niños.
–Copiado.
Los radios se alborotan y en las cámaras aparece en modo espectro, la mancha roja característica de los marcados, aquellos sujetos que luego de romper la ley, fueron atrapados y fichados corporalmente para ser detectados por estas cámaras que ya casi todos los comercios, empresas y calles utilizan.
Chip o inyección, es lo mismo: el primero detecta una pulsación eléctrica y el segundo una mancha roja que se distingue de las que producen calor por su intensidad y forma.
No hubo de otra, la iniciativa tuvo qué proponerla un ciudadano porque los diputados entre tanto bostezo ya no tenían modo de pensar.
–Si fichamos a los delincuentes, podemos protegernos mejor; si ellos quedan marcados y son visibles a las cámaras de comercios, empresas, aplicaciones de teléfono celular, esa es justo la manera de descubrirlos, de estar alertas ante lo evidente; el enemigo ya no será invisible.
Por supuesto la Comisión Nacional de Derechos Humanos se opuso porque violaba los derechos de quienes, reformados, ya no podrían continuar con su vida como ciudadanos normales; siempre señalados por el ojo detector.
Pero fue justo ese argumento el que se utilizó para consensar la iniciativa:
–Efectivamente, los primeros pagarán por el futuro. ¿A quién le va a gustar ser señalado aún después de haberse reformado? Esta será la manera en que los delincuentes pensarán dos veces antes de actuar.
En seis años, México pasó de ser uno de los países más peligrosos del mundo, al segundo país más seguro.
Jorge sale con su familia luego de la función; en el cielo nocturno aparecen las centellas anunciando un Feliz Año 2031.
F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías
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